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El laboratorio del Rey Sol

Exposición. Una muestra en Francia prueba la reconversión de los monarcas hacia el pensamiento empírico

ANDRÉS PÉREZ

No todas las monarquías de los siglos XVII y XVIII aceptaban que la ciencia era la mejor forma de saber. Muchas seguían creyendo en el crucifijo, los santos y la sangre azul. Pero los Borbones franceses, que reinaban sobre miles de cortesanos alojados en el inmenso Palacio de Versalles, sí confiaron. Y dieron desde ese castillo, convertido en gran laboratorio, un empuje definitivo a la ciencia que revolucionaría el mundo.

El Establecimiento Público del Castillo de Versalles expone, hasta el 27 de febrero próximo, una inmensa muestra, acompañada por filmes de vértigo en 360º, para reconstituir la aventura científica que protagonizaron aquellos reyes. Sale a la luz así el aspecto más desconocido de aquella realeza que brilló oscuramente en toda Europa por sus caprichos, sus excesos de lujo, su tiranía, y que acabó en buena parte guillotinada tras la Revolución francesa.

A partir de 1682 y hasta la Revolución de 1789, el Palacio de Versalles fue la sede oficial de la monarquía absoluta y, desde esa sede, fue tomando el control una por una de las diferentes academias de ciencias que, dispersas, se habían ido creando por el país que ya empezaba a parecerse, geográficamente y en términos de raciocinio y de inteligencia colectiva, al que hoy conocemos.

Para garantizar esa centralización que hoy se suele atribuir con demasiada prisa exclusivamente al jacobinismo revolucionario, la realeza tomó una decisión de magnitudes históricas. Concentró en el propio castillo experimentos, demostraciones, laboratorios, ingeniería y, por supuesto, todos los sabios que pilotaban esas ciencias. Los científicos, fundamentalmente astrónomos, cirujanos, botánicos, zoólogos, agrónomos e ingenieros, eran libres de proseguir sus propios trabajos, pero también estaban obligados a participar en el esfuerzo colectivo con el palacio como centro. Además, recibieron encargo oficial de formar a los príncipes herederos y otra prole masculina.

Los resultados de esa centralización se cuentan por centenares en la inmensa muestra, presentes físicamente o reconstituidos mediante imágenes virtuales incrustadas en las filmaciones del palacio, en alta definición.

Todo es sorprendente en esa caverna que remonta a los orígenes de la ciencia. Desde las intervenciones quirúrgicas a las que se sometieron Luis XIV y el hijo de Luis XV, hasta el inmenso jardín de plantas medicinales de Versalles, en el que los sabios de los reyes sistematizaron miles de años de saber de curanderas y druidas.

Dos de los proyectos que lograron realizar los monarcas gracias al trabajo de la comunidad científica pasaron a la historia gráfica de la ciencia y reflejan mejor que otros los avances realizados cuando todavía no existía la máquina de vapor ni el motor de combustión: se trata de la llamada máquina de Marly y el vuelo de Montgolfier.

La máquina de Marly simbolizó por sí sola la locura de poder de Luis XIV, el Rey Sol, una locura cimentada en la ciencia, sí, pero una ciencia que no disponía todavía ni de todo el poder de la máquina de vapor, ni del motor de explosión, ni, por supuesto del átomo.

Así, sin motores, ¿cómo satisfacer los deseos del Rey Sol de poder celebrar fiestas con inmensas fontanas proyectando agua a decenas de metros de altura? Y eso en un lugar, el Palacio de Versalles, que no tiene aporte natural de agua y que está en lo alto de una meseta que, aunque no es gigante, no es nada desdeñable.

Para lograrlo, los dos ingenieros convocados, Renne-quin Sualem y Arnold de Ville, optaron por subir el agua del Sena nada menos que a 165 metros de altura, a lo largo de 1.200 metros de rampa, hasta el acueducto que luego lo llevaba a los depósitos del palacio. Nada menos que 9.500 m3 eran así elevados para dos horas y media de espectáculo acuático.

¿Con qué aporte de energía? Simplemente la de la propia agua: los ingenieros inventaron un sistema basado en la técnica de las norias de primeros del siglo XVI, pero amplificado y gigantesco. Tres microestaciones de bombeo recibían tanto el agua por canalizar, como el empuje, proveniente del líquido que caía desde lo alto de catorce grandes norias de 12 metros de diámetro.

Además del preciado elemento para las fontanas de festividades y fastos, la máquina de Marly suministraba 6.000 metros cúbicos por día para los miles de cortesanos alojados en palacio. Funcionó, con interrupciones, hasta 1817, eso sí, para alimentar con agua a la población civil, gracias a la Revolución. Incluso fue puesta de nuevo en servicio en el Segundo Imperio, a partir de 1852, y funcionó hasta 1963, gracias a un sistema de rendimiento mejorado. Los intentos de introducir una máquina de vapor para el bombeo demostraron ser menos eficaces que la energía del agua. La demostración quedó así hecha de que una trayectoria diferente para la ciencia era posible si decidía seguir jugando con los elementos y no recurrir a la humareda y la explosión. Gracias a la locura, científica, de un rey.

Si la máquina de Marly es prácticamente desconocida hoy a nadie le interesa valorizar una técnica puramente hidráulica, no así el experimento de Montgolfier. El 19 de septiembre de 1783, los hermanos Etienne y Joseph de Montgolfier proceden a uno de los actos favoritos del rey y de la corte. Obtienen autorización de mostrar al monarca y a toda la élite el resultado de sus experiencias. Cogen una oveja, un pato y un gallo y los encierran en un canasto atado a un globo relleno de aire caliente. El trasto sube a 500 metros de altitud ante los pasmados ojos de la corte y, tras un vuelo de ocho minutos y unos cuatro kilómetros, aterriza en la vecina Vaucresson.

Los Montgolfier regresan con los bichos vivos y en perfecto estado de salud aunque, eso sí, con un buen susto en el caso de los dos no voladores, el gallo y la oveja. El éxito es gigantesco y, de inmediato, el rey invita a Etienne de Montogolfier a sus apartamentos. Luis XVI está exultante: ha demostrado la grandeza de Francia ante los representantes de las naciones europeas, presentes para la firma del Tratado de París e impresionados. El globo, el Montgolfier, se convierte en símbolo del genio francés. El 21 de noviembre siguiente, el primer humano vuela a bordo del canasto.

Mil historias y objetos, retratados físicamente o en filmes de realidad virtual alucinantes figuran en el catálogo de la exposición. De la que se sale, no obstante, con una duda. ¿Tanto despliegue de medios para celebrar una gloria pasada y monárquica de un país decadente en materia de innovación? Es la primera tentación: pensar en esa decadencia.

Pero en 2009, por primera vez en la historia, Francia colocó a su centro de investigación CNRS en la lista del top ten mundial de depositarios de patentes de innovaciones científicas, elaborada cada año por la revista especializada Intellectual Property Today. Un CNRS, organismo centralizado, muchas veces criticado, ya que es heredero de la tradición centralizadora y estatista impulsada primero por el Rey Sol, proseguida por los jacobinos, y reforzada por el Consejo Nacional de la Resistencia en 1944.

El 11 de septiembre de 1770 llegó al zoo privado del rey el llamado "Rinoceronte de Luis XV". Vivió 22 años, sin duda odiando las miradas estúpidas de los cortesanos y añorando su hábitat. Tras morir, el misterioso Félix Vicq d'Azyr practicó la que se considera la primera taxidermia moderna de una animal grande. Necesitó tanto producto tóxico que el propio d'Azyr falleció poco después.

Una de las maravillas que albergó el castillo fue la llamada "tocadora de tympanon", un autómata de 1784 que se supone representa a María Antonieta y que ocultaba su maquinaria bajo un corpiño muy sexy. Es sin duda uno de los primeros ginoides, antecesores del robot, de los que luego hicieron furor en toda Europa.

En 1669, el ingeniero François Villette presenta al Rey Sol su ‘Espejo Ardiente'. En la corte, al principio se desdeña, porque muchos dicen haber visto ya hornos solares que concentran los rayos para producir calor. Pero Villette los deja pasmados: es el primer espejo ‘ardiente' que calcina y vitrifica piedras y ladrillos y funde metales casi instantáneamente. Sólo con sol. 

Los filmes de la exposición son en sí una innovación técnica, para la que hizo falta concebir una cámara y un dispositivo de postproducción específicos.

La tecnología empleada es la llamada "totavisión". Consiste en una cámara que lleva ocho captores de alta definición, en círculo a 360º. Las lentes que alimentan de imágenes a cada uno de ellos llevan un juego de espejos que envían segmentos de las imágenes hacia las dos otras lentes, con lo que se construye una sola imagen. El problema fue la posproducción, puesto que el peso informático es seis veces mayor que la alta definición, por lo que fue necesaria una elevada potencia de cálculo. Sobre esas imágenes se han incrustado reconstituciones virtuales de lo ocurrido en los siglos XVII y XVIII.

"El castillo en sí es ciencia por todos sus rincones. Nos dijimos que, si debíamos meter todo eso en un filme, el filme debía ser una experimentación en la punta de la técnica actual", dice el equipo.