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Todos somos mutantes, pero Liz Taylor tuvo suerte

La última diva de Hollywood tenía doble fila de pestañas, un rasgo hoy asociado a un gen

JAVIER YANES

Roxanne Palmer no se ha visto en otra igual. Hace unos días, esta joven neoyorquina, periodista de ciencia en busca de empleo, publicó su primer artículo en el blog Brow Beat de Slate, la revista online del diario The Washington Post. Unos días después, la campanada de Palmer resuena con el eco de casi un millón de entradas en Google, muchas de ellas en grandes medios que ni siquiera citan la fuente original. La campanada suena así: Elizabeth Taylor era mutante.

El origen de la historia se remonta a la enésima biografía de la actriz que en 2006 publicó J. Randy Taraborrelli, un hagiógrafo habitual del star system que ha glosado a Marilyn Monroe, Michael Jackson o Madonna. En su libro Elizabeth, este autor narra cómo en 1932 un médico invitaba a los padres de una recién nacida a su despacho para comunicarles que su bebé tenía una "mutación". "Bueno, eso sonaba horrible [...]. Pero cuando explicó que sus ojos tenían doble hilera de pestañas, pensé, bueno, ahora no suena tan terrible en absoluto", escribía Taraborrelli citando a Sara, la madre de Taylor.

La distiquiasis se debe a un cambio en el gen llamado 'FOXC2'

Con ocasión de la reciente muerte de la actriz, Palmer recuperó el pasaje del libro y se preocupó de indagar esa extraña proclama. Efectivamente: la presencia de una segunda fila de pestañas existe. Los oftalmólogos lo denominan distiquiasis y saben que se transmite de forma autosómica dominante; en otras palabras, es un rasgo congénito que los hijos de padre o madre afectados heredan con una probabilidad del 50%. Según las leyes de la genética mendeliana, y si, como parece, ninguno de los progenitores de la actriz lo mostraba, entonces la mutación brotó en el genoma de la protagonista de Gigante. Asumiendo todo esto, la descripción de Liz Taylor como mutante es inobjetable.

Como hace notar Palmer en su artículo, desde hace tiempo los médicos saben que la distiquiasis aparece asociada al linfedema, que puede provocar inflamación de extremidades y problemas del sistema circulatorio. El defecto se localizó en el cromosoma 16 y en años recientes se ha mapeado en un gen llamado FOXC2. Pero si la diva pasó repetidamente por el quirófano, si fue operada del corazón y si finalmente falleció por fallo cardiaco, todo ello no basta para relacionarlo con el síndrome linfedema-distiquiasis.

Que se sepa, ni siquiera sufrió un crecimiento anormal de las pestañas hacia dentro, algo que puede dañar la córnea en la distiquiasis. Para ella fue una mejora cosmética que realzaba la magia de su mirada. Según escribió Taraborrelli, contaba el actor Roddy McDowall, protagonista en la cinta del debut de Taylor, Lassie Come Home: "En su primer día de rodaje, la miraron y dijeron: saquen a esa niña del plató; tiene demasiado maquillaje en los ojos [...]. Así que la sacaron y empezaron a frotarle los ojos con un paño húmedo para quitarle el maquillaje. ¿Y saben qué? Descubrieron que no llevaba. Tiene doble fila de pestañas. Vamos, ¿quién tiene pestañas dobles sino una chica que nació para la pantalla?".

Toda persona nace con entre 100 y 200 nuevas mutaciones en su ADN

¿Era la de Taylor una mutación beneficiosa? Los defensores del Diseño Inteligente, la versión remozada del creacionismo bíblico, alegan que tal cosa no puede existir porque el plan original es inmejorable. Para justificarse, mencionan el clásico ejemplo de mutación beneficiosa que conoce todo estudiante de primero de Biología: la anemia falciforme, una enfermedad grave que sin embargo protege de la malaria. "Si esto es beneficioso, que venga Dios y lo vea", alega una web creacionista.

Los principios de la selección natural no hablan de variaciones intrínsecamente buenas o malas, sino sólo frente a un medio concreto. Muchos científicos tienden a pensar que la mayoría de las mutaciones son neutrales, pero en cualquier caso su efecto dependerá del entorno. Si para un africano la piel oscura es una ventaja, un esquimal le encontrará poca utilidad. Y nadie visita al médico ni se somete a un análisis genético por encontrarse especialmente bien adaptado.

Muchas de nuestras diferencias se deben a que somos genéticamente únicos. Y además de las variantes que heredamos, cada persona nace con entre 100 y 200 nuevas mutaciones, según estimaba un estudio británico publicado en 2009 en Current Biology. "Todos somos mutantes", decían los científicos. Liz Taylor sólo tuvo suerte. Además de una mirada irrepetible que, dicho sea, la hizo más apta para sobrevivir en el ecosistema del cine.