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Björn Runge: "Los actores ¡discuten tanto todo! Es mejor colaborar con mujeres"

El director sueco ‘entrega’ el Nobel de Literatura en la ficción a un escritor machista y arrogante que ha aprovechado el talento de su mujer, a la que ahora desprecia. Glenn Close y Jonathan Pryce son los protagonistas de ‘La buena esposa’.

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'La buena esposa'.

La revelación de cientos de casos de acoso sexual en el mundo del arte y la cultura ha sido el último año un escándalo de proporciones mayúsculas. Ya era hora. A la vista únicamente de las denuncias que se han hecho públicas en Hollywood, es posible imaginar las cifras, demenciales, que debe contener la realidad de todo el planeta. La bomba más reciente ha estallado en Estocolmo, con la acusación por violación de Jean-Claude Arnault, miembro de la Academia Sueca, que en medio de una de sus peores crisis no ha podido conceder este año el Premio Nobel de Literatura.

Ernesto Sábato, que jamás consiguió el galardón, a pesar de haber estado propuesto varias veces para ello, escribió en Sobre héroes y tumbas: “No hay casualidades sino destinos. No se encuentra sino lo que se busca”. Así, no parece coincidencia que la nueva película del director de teatro y cineasta sueco Björn Runge, La buena esposa, sea la historia de la mujer de un escritor reconocido con el Nobel y que éste sea un machista soberbio que ahora, en la cumbre de su fama, desprecia todo el trabajo literario con el que le ha ayudado su compañera. Nada de coincidencia, aunque el filme se rodara antes del gran escándalo de la Academia.

Glenn Close y Jonathan Pryce son los protagonistas de este drama, una adaptación al cine de la novela de M. Wolitzer, con guion de Jane Anderson, que pasó en 2017 por el Festival de Cine de San Sebastián y que ahora, con el eco del movimiento #MeToo y de la ausencia de Nobel de Literatura, recibe un poderoso y nuevo impulso. Hablamos con el director sueco Björn Runge sobre este y otros asuntos:

El escándalo que ha rodeado al Premio Nobel de Literatura pone de máxima actualidad su película. ¿Se verá de otra manera?

Sí, hace que se vea la película con una mirada distinta. Hace dos años cuando rodamos, el movimiento #MeToo no existía ni tampoco la crisis en la Academia Sueca. Es extraño que coincida ahora con todo lo que está ocurriendo en el mundo. Y, desde luego, podría impactar sobre el estreno de la película.

¿Esta ‘actualidad’ ayudará más a las mujeres para que den un paso adelante?

Espero que sí. Hay una parte de esta historia que es intemporal, el personaje femenino es invisible sobre todo al principio de la película, es invisible incluso para sí misma, pero al final se ha hecho muy visible. Hay muchas personas, mujeres y hombres, que podrían reconocerse en ese personaje. Sobre todo, hay muchas mujeres que son invisibles hasta para ellas mismas.

He leído que a usted se le conoce como el director nórdico más feminista…

¡Gracias! Bueno, sí. Además me gusta mucho trabajar con actrices, es mucho más fácil. Cuando trabajas con hombres puedes chocar con el tema de los grandes egos. En Suecia, en el teatro, a veces tienes casi que amenazarles con cierta violencia porque ellos ¡discuten tanto sobre todo lo que hacen! A lo largo de los años me he dado cuenta de que en el teatro y el cine es mucho mejor colaborar con mujeres y los resultados impactan positivamente.

¿Mujeres y hombres tienen egos diferentes?

Son distintos. El hombre piensa mucho más en sí mismo y las mujeres piensan más en las personas que tienen alrededor y eso es muy bueno. Por otro lado, creo que hay algo bueno en el ego masculino, sobre todo en los jóvenes, porque da cierto empuje, pero al envejecer creo que muchos hombres deberían manejar su ego de forma más matizada. Es terrible conoce a un hombre poderoso, a un ‘hombre cultura’ por ejemplo, que solo habla de sí mismo, es lo peor.

¿Qué es un ‘hombre cultura’?

En Suecia llamamos el ‘hombre cultura’ a un hombre que gracias a su poder cultural da por hecho ciertos derechos. Al mismo tiempo que habla de alto valor de la vida cultural, falta al respeto a los demás, sobre todo a las mujeres jóvenes.

Volviendo al #MeToo, ¿cómo se ha vivido en Suecia?

Ha sido muy fuerte y muy poderoso. El otoño pasado yo estaba trabajando en el teatro y los actores desaparecían de un día para otro. En todas las reuniones surgían nombres de hombre que habían actuado mal con las mujeres. Me dio algo de miedo pensando en que podría convertirse en un movimiento de venganza sobre ciertos hombres.

¿Qué pasó?

Al final, incluso el director del teatro donde trabajaba fue acusado por actrices jóvenes de haberlas forzado a abortar. Terminó suicidándose y muchos de los que le acusaron terminaron llorando semanas después de su muerte.

¿Y usted qué pensó después de eso?

Apoyo lo que sale del movimiento #MeToo, porque ahora se ve cómo muchas personas se han estado ocultando tras el poder y usándolo de mala manera. Pero siento cierto temor ante un movimiento tan fuerte si se distorsiona. Esos que desaparecieron del teatro no me caían bien, pero como director trato con los individuos, aunque la comunicación creo que debe ser con el colectivo.

Suecia es, con Dinamarca, el país que se acerca más al 50% de participación de mujeres en el cine.

Sí, en Suecia, además, hay muchas mujeres en cargos directivos. Mi mejor jefe en el teatro ha sido una mujer. Mi productora es una mujer. Con esto se produce una transformación, las mujeres entrando y asumiendo responsabilidades de un modo muy positivo, sobre todo en Escandinavia.

Aquí en España estamos muy lejos…

No entiendo las estructuras que no permiten que la mujer no tenga una parte importante en lo que pasa en la sociedad. Es absurdo. Cuando yo empecé a trabajar, en los equipos había un 80% de hombres y la experiencia fue muy interesante, pero también fueron trabajos demasiado masculinos y las películas no fueron demasiado interesantes porque no eran el espejo de la sociedad que nos rodeaba. También, he de decir, que he trabajado con productoras mujeres malas. En el fondo se trata de una honestidad básica. En el equipo de esta película hay muchas mujeres, pero yo no planeé así, sencillamente busqué a las mejores personas para el proyecto. Glenn Close estaba muy orgullosa de eso.

Y ¿qué tal fue el trabajo con Glenn Close y Jonathan Pryce. Intérpretes tan grandes se llevan el gato al agua?

No podían hacer lo que quisieran, mi equipo y yo habíamos preparado todo muchísimo. Después de tres o cuatro día de rodaje, Glenn Close me dijo: “He visto que has puesto la cámara en el lugar adecuado. Hay tantos directores que no saben dónde ponerla”. Creo que entendió que yo mimaba su energía creativa y me soltó: “Me voy a fiar de tus instintos”. Al principio me estuvo probando. Una vez rodé una escena de dos formas distintas y ella me preguntó cuál era la diferencia. Le contesté que me parecía más triste en la primera toma y más enfadada en la segunda. Parece que le convenció la respuesta.

Su película habla de machismo dentro de una relación supuestamente de amor. ¿Qué es más importante, en su opinión, conservar ‘ese’ amor o liberarse del machismo?

Es muy difícil separar las emociones. Nunca he pensado esto. Si cojo como ejemplo mi caso, mi mujer es la montadora de la película y cuando yo estoy rodando y dirigiendo, ella está al servicio de la familia y de la película. Cuando ella empieza el montaje, yo estoy al servicio de ella y del proyecto. En ese caso no hablamos de amor, sino de respeto a las tareas profesionales. Entre los personajes de la película algo ha ido mal, porque mientras él recibe todos los elogios, ella ha estado trabajando en la sombra. No hay respeto y no tiene nada que ver con el amor.