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"Carlos ha pagado el precio de su fama"

Olivier Assayas. Director. Habla sobre su exitoso y controvertido biopic del terrorista más buscado del siglo XX, que se estrena el 15 de abril  

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El encuentro tiene lugar entre lánguidos melenudos, aspirantes a encarnar a los protagonistas de la próxima película de Olivier Assayas. El director francés dirige interminables sesiones de casting para encontrar a los jóvenes que figurarán en Après Mai, proyecto 'relativamente autobiográfico' sobre los días posteriores al Mayo del 68, cuando la decepción provocada por una revolución que nunca acabó de llegar provocó la aparición de organizaciones partidarias del combate sanguinario en nombre de los ideales marxistas.

En ese mismo tiempo trascurre también Carlos, la biografía del terrorista internacional más temido de sus días, que será proyectada esta semana en la Mostra de Valencia, antes de llegar a la cartelera el viernes siguiente. Un monumental proyecto de cinco horas de duración, pensado originalmente para la televisión, del que se estrena ahora una versión para el cine de algo menos de tres. El tiempo suficiente para recorrer la vida de este enigmático personaje, convertido en mito de su tiempo, al que el director francés se ha esforzado en quitar la máscara.

'Su notoriedad se debe a que la prensa lo adoptó como icono'

¿Cuál es su primer recuerdo de Carlos?

Me enteré de su existencia por la prensa, como todo el mundo. En 1975, cuando yo acababa de cumplir 20 años, Carlos se hizo conocido por asesinar a dos policías y a su propio delator, Michel Moukharbal, representante del Frente Popular de Liberación Palestina (FPLP) en Francia. Los hechos sucedieron a sólo unos metros de la Sorbona, donde yo estudiaba. Que sucediera a pocos metros del lugar donde pasaba la mayor parte de mi tiempo me perturbó. Además, resultaba un personaje rodeado de incógnitas. ¿Quién era ese hombre misterioso a quien perseguía el contraespionaje francés? ¿Y qué hacía un latinoamericano luchando por la liberación palestina?

En gran medida, son preguntas para las que hoy sigue sin haber respuesta.

'Carlos es casi un personaje shakesperiano, como Macbeth'

Contamos con ciertas precisiones, como que actuaba a las órdenes de Wadie Haddad, fundador del FPLP, que fue el primer teórico de la internacionalización de la lucha armada. Pero no sabemos qué impulsó a Carlos a elegir ese movimiento armado y no otra causa política, ni tampoco si estaba conectado con el KGB. Carlos es un personaje que juega conscientemente con esos enigmas, así como con su propia imagen. Meses más tarde, durante la toma de rehenes de la reunión de la OPEP, Carlos apareció disfrazado de Che Guevara, con boina incluida, pese a que no tenía nada que ver con él. Carlos no responde al arquetipo del pensador radical ni del filósofo revolucionario. Ni siquiera es un líder de la revolución, sino un tipo bastante primario. Su actuación por la causa que defiende es más física que teórica. Su papel es el mismo que el de un soldado o, mejor dicho, el de un mercenario, que es en lo que se acabaría convirtiendo.

¿Perteneció usted a la izquierda radical durante su juventud?

De joven estuve próximo al movimiento libertario, leí a George Orwell e idealicé los tiempos del POUM en España. Siempre he sido de izquierdas, aunque también profundamente antitotalitario. En ese sentido y en todos los demás, Carlos resultaba un personaje con el que no tenía nada que ver. Es evidente que poner bombas en lugares públicos me parecía mal entonces y me lo sigue pareciendo ahora. Mi posición es parecida a la de la izquierda francesa, que nunca tuvo vínculos con él, tal vez porque les resultaba políticamente ininteligible.

'Para él debe ser intolerable que alguien gane dinero con su imagen'

¿A qué atribuye su desmedida popularidad en todo el mundo?

Su notoriedad se debe, en gran medida, a que la prensa decidió adoptarle como icono. De entrada, porque Carlos hizo vender muchos periódicos, aunque no sólo por eso. Los grandes diarios conservadores, como Le Figaro, lo convirtieron en una especie de enemigo público. Fue presentado como un agente de-sestabilizador, subvencionado desde el extranjero e instalado en Francia para sembrar el pánico. Carlos permitió que la prensa validara la teoría de la conspiración que se encontraba en boca de todo burgués digno de su nombre, según la cual los grupos izquierdistas estaban manipulados por fuerzas en la sombra. Más tarde se descubriría que no estaban del todo equivocados.

La prensa convirtió su nombre como una marca e incluso alteró su nombre para que fuera más fácil de retener por el lector.

Así es. Carlos nunca fue su verdadero nombre en clave, sino Johnny. Carlos Martínez era el nombre de una de las decenas de pasaportes falsos con los que contaba. Los diarios dejaron caer el apellido para que fuera más fácil de identificar. Y luego la prensa británica se inventó lo de El Chacal tras encontrar una copia de la novela de Frederick Forsyth en uno de los pisos que había ocupado. Gracias a la atención mediática, Carlos se convirtió en una especie de estrella del terrorismo internacional, aunque ese estatus acabó perjudicándole. Carlos está hoy condenado a cadena perpetua, mientras que otros personajes que han hecho cosas mucho más graves están libres. Esto demuestra que Carlos ha pagado el precio de su fama, de ese estatus de icono mediático del terrorismo internacional.

¿Tras cuatro años trabajando en su película, temía que el personaje le acabara despertando cierta simpatía?

Carlos nunca me ha suscitado ninguna simpatía, aunque sí un inmenso interés. Lo que he querido es derribar el mito y desenmascarar al personaje, comprender su dinámica interna y lograr entender su destino excepcional. Me interesaba inscribir lo que puede haber de monstruoso en él en la lógica humana. Carlos me parece un personaje shakesperiano, como Macbeth, que nos fascina sin que sintamos ninguna simpatía con él. Voy a parecer tan megalómano como Carlos, pero mi modelo al escribir el guión fueron las obras históricas de Shakespeare. Quería que tuviera el mismo aplomo.

Sin embargo, su visión del personaje no es especialmente original: le tacha de desequilibrado, de narcisista y de misógino.

Todo eso es fruto de mi convicción, de mi investigación sobre el personaje. Todos los que frecuentaron a Carlos confirman sus delirios. En especial, su exmujer, Magdalena Kopp, que escribió un libro en forma de ajuste de cuentas todavía más duro que mi película. También me interesaba la adoración obsesiva que sentía por su propio físico, así como el malestar que sintió al hacerse mayor y coger bastante peso. Antes de que le detuvieran en Sudán, le estaban practicando una liposucción en el hospital.

Rodó en siete lenguas diferentes, con 120 actores internacionales, sin una sola estrella y en cinemascope. ¿No le dijeron que era un suicidio comercial?

Claro. De hecho, me daba mucho miedo rodar esta película. Era muy arriesgado, por su complejidad, su duración y su extraño formato, que la convierte en un proyecto casi experimental. No confiaba nada en los productores y estaba seguro de que nunca aceptarían mi manera de hacer. Así que decidí imponer varias condiciones muy violentas por ejemplo, rodar en las lenguas originales y sin estrellas y me dije que, si no las aceptaban, rechazaría la película. La sorpresa es que dijeron que sí a todo.

Dice que encontrar al actor Edgar Ramírez fue casi un milagro.

Procede de la misma región de Venezuela, tiene su mismo apellido, habla cinco idiomas y es hijo de diplomático, así que ha vivido por todo el mundo y tiene una gran cultura política. Y encima se parece razonablemente a Carlos. En un momento dado, los productores quisieron imponer a un actor más conocido, como Javier Bardem, que me gusta mucho, pero a quien le sobran por lo menos quince años. O a Gael García Bernal, a quien también admiro, pero que no hubiera resultado creíble. Hubiera sido dañino para la película contar con ellos. No quería que sucediera como en el Che de Steven Soderbergh, en el que es imposible creerse a Benicio del Toro en el papel.

¿Y la música, formada por bandas de la new wave de los setenta y ochenta?

Quise utilizar música instrumental más clásica, pero el montaje rechazaba todo intento de comentario emocional a las imágenes. Probé mil cosas y sólo funcionaba con los ritmos de batería de ese período. Aunque dudo mucho que Carlos haya escuchado en su vida un disco de New Order o de Wire [risas].

¿Sabe lo que dijo Carlos cuando vio la película?

Sé que la vio y que no le gustó nada. Pero me da completamente igual lo que piense. De hecho, entiendo su reacción. Si alguien rodara una película sobre mí, estoy seguro de que la encontraría atroz, aunque estuviera rodada por el mejor cineasta del mundo. Carlos debe encontrar intolerable que haya gente que gane dinero con su imagen.

Su actual esposa y abogada dice que le pareció 'propaganda antipalestina'.

¡Qué tontería! Si fuera propaganda, querría decir que hay un proyecto político detrás, lo que no es cierto en absoluto. No hay nada en la película respecto a la causa palestina que aparezca deformado. Pero no era eso lo que me daba miedo, sino que me acusaran de humanizar demasiado al personaje o, todavía peor, de darle una importancia que no tuvo. Creo que he logrado evitarlo, aunque reconozco haber construido una leyenda alrededor de Carlos bastante más seductora que la realidad.