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César Aira: "Los alucinógenos los tengo incorporados de nacimiento”

El escritor argentino reflexiona sobre arte, compromiso literario y la figura del narrador. 

El argentino César Aira a su paso por Madrid.- EFE

JUAN LOSA

MADRID.- Cuenta César Aira (Coronel Pringles, 1949) que cuando a uno de sus vástagos le da por leer alguna de sus novelitas —apenas superan las cien páginas— la pregunta es recurrente: ¿qué estuviste fumando esta vez papá? No es para menos, sus textos hacen gala de una imaginativa proverbial desde la que proyecta salmones gigantes que hacen peligrar la humanidad, pirámides de Egipto que se multiplican hasta el infinito, mundos en los que ha desaparecido el Presente o en los que el escritor Carlos Fuentes ha sido clonado con la pretensión de dominarlos.

“Digamos que los alucinógenos los tengo incorporados de nacimiento”, concede el gran escritor argentino, autor de una vasta obra que con El santo alcanza la extravagante cifra de 80 en su nómina oficial de ficción, y con la que, por cierto, Literatura Random House inaugura su “biblioteca de autor” en España. Un corpus estrafalario que le ha servido para granjearse la devoción de un buen puñado de lectores —“una cofradía en la que son todos medio parecidos”—, y del beneplácito de la crítica, tanto de dentro como de fuera de la Argentina: “En Europa me contextualizan con la literatura argentina, con el Martín Fierro o con Una excursión a los indios ranqueles, en Argentina, en cambio, me relacionan con Raymond Roussel, Duchamp o Lautréamont”.

La obra de Aira queda desperdigada en un sinfín de pequeñas editoriales argentinas que el autor califica de “providenciales” en su trayectoria literaria. “Para ellas todo es gratis, no les cobro derechos ni anticipos, les regalo el libro, Argentina es mi arenero particular para jugar tranquilo. Hice un acuerdo con mi agente, él se ocupa del resto del mundo, donde, por cierto, sí que cobra, y cobra bien”.

"El autor reclama para su literatura el mismo tratamiento que tuvo en su día el mingitorio de Duchamp"

Ni testimonio ni evasión. Aira reclama para su literatura el mismo tratamiento que tuvo en su día el mingitorio de Duchamp. “Mi escritura no tiene una misión social o documental. Cuando empecé a publicar hubo una gran explosión de ese tipo de literatura porque había mucho que testimoniar; la dictadura, los exiliados, la guerra de las Malvinas… Justo ahí aparecieron mis libros, donde había unos indios estetas que fumaban opio y criaban faisanes”. Fue así, a golpe de ingenio y surrealismo como el bueno de Aira fue pergeñando una voz propia, una reputación y, también, una reivindicación, a saber; que la literatura es capaz de articular a todas las artes. “Fantaseé con la posibilidad ser músico o cineasta, pero no tuve buen oído y hacer cine en aquél momento era una quimera, de modo que opté por el cuaderno y la lapicera”.

Escribir por el simple placer de contar, un compromiso exclusivo con la literatura que el autor asume a medio camino entre la resignación y el sarcasmo: “Puede que alguien haya visto en mi literatura un gesto desafiante, una especie de qué me importa general, pero no se trata de eso, escribo lo que me gusta escribir y lo cierto es que tengo motivo para lamentarlo porque nunca me darán un premio, a fin de cuentas nunca se dan premios por lo buen escritor que es uno, sino por los derechos humanos, la ecología o la democracia, y poco de eso hay en mis libros”.

La banalización del escritor

Se lamenta Aira del fin de aquella estirpe de autores que se quemaron en su propio fuego. Referentes como Alejandra Pizarnik u Osvaldo Lamborghini son para el escritor reflejo de un mundo que ya no es, un mundo en el que el narrador, como figura social, fue perdiendo esa aura de malditismo que en su día le acompañó para convertirse en la escudería opinativa de algún medio de comunicación. “Creo que toda esa figura romántica del escritor se ha esfumado, los escritores ahora son gente común que opina de política en los medios, no entiendo como un chico joven que ve uno de esos escritores aburguesados diciendo banalidades en la televisión pueda decir yo quiero ser eso”.

Aira: "De un tiempo a esta parte ya no se dice que mis libros son buenos, se dice que son muchos”

Junto a los narradores atrincherados en las confortables barricadas mediáticas, Aira denuncia también la figura del joven escritor obsesionado con obtener el ansiado carnet de escritor, “pasaporte a congresos, viajes y cócteles”. “Solo hay un problema —añade con sorna—, el día que descubres alarmadísimo que para ser escritor hay que escribir, algunos hacen el esfuerzo y publican un libro cada diez años para tratar de mantener en vigencia en carnet”. Sobra decir que ese no es el caso de Aira, cuya laboriosidad ha sido referida ya al principio de este artículo. Una fecunda actividad literaria que le ha reportado una cierta hostilidad por parte de la crítica: “los hay que me ven casi como saboteador de la profesión, por eso insisten tanto en que soy prolífico. De un tiempo a esta parte ya no se dice que mis libros son buenos, se dice que son muchos”.

Quizá por ello el argentino ha decidido boicotear a sus lectores y no piensa publicar nada nuevo en un par de años. ¿Lo conseguirá? Tenemos ciertas reservas. “Llevo casi un año de abstención y me está resultando bien; no he parado de escribir”, zanja risueño.

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