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Cine contra el discurso del odio de Trump

Jonás Cuarón revela en su segunda película, ‘Desierto’, la angustia y el terror que viven miles de personas en su intento de cruzar la frontera desde México para llegar a EE.UU.

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Votos: 4

Protagonizada por Gael García Bernal, 'Desierto' es la historia de una cacería humana en el desierto de Sonora

@begonapina

MADRID.- “No quiero desaparecer”. Es el lamento desesperado de un joven padre mexicano, deportado desde EE.UU. y separado de su familia por llevar sin luz un faro de su camioneta. Está en medio del desierto de Sonora, más de 300.000 kilómetros de sol abrasador, temperaturas de hasta 50 grados, escorpiones letales, víboras, coyotes, buitres al acecho para comerse los cuerpos de los que caen. Y un demente salvaje y asesino que espera, junto a un perro entrenado para matar, la llegada de inmigrantes –“extranjeros ilegales”, en palabras de Trump- para terminar con ellos. “¡Esta es mi tierra!”.

Realidad y ficción. Los más de 10.000 muertos que han caído desde 1993 intentando llegar a EE.UU. por la frontera con México están ahora representados en el cine en Desierto, la nueva película de Jonás Cuarón, producida por su padre, el cineasta Alfonso Cuarón, y con la que ha ganado el Premio FIPRESCI de la Crítica en el Festival de Toronto.

Un grupo de personas pretende cruzar la frontera hacia una vida mejor en EE.UU. Una avería en el camión que les lleva les obliga a intentar la travesía por el desierto por una de las zonas más peligrosas y en medio de una ola de calor. Casi al inicio de su viaje, aparece Sam. Fusil de francotirador, camioneta moderna, bandera sureña, botella de whisky y un imponente y fiero pastor alemán, Tracker, adiestrado para despedazar en segundos a los ‘intrusos’. Comienza la cacería del hombre.

Durante 94 minutos, el rastreador obcecado y cruel, interpretado por Jeffrey Dean Morgan, persigue a los miembros de este grupo, liderado por Moisés, a quien da vida Gael García Bernal, en una notable interpretación. La aventura se convierte en una lucha a muerte por sobrevivir. Todo es amenaza, no hay ayuda. El tiempo juega en su contra, tal vez no haya suficiente agua y las posibilidades de morir de sed, una de las formas más horribles de perecer, aumentan. Un disparo, el ataque del sabueso o de algún otro animal, el agotamiento, el terror. Cualquier cosa puede terminar con ellos.

Jonás Cuarón revela en su segunda película, ‘Desierto’, la angustia y el terror que viven miles de personas en su intento de cruzar la frontera desde México para llegar a EE.UU

62 millones de cómplices

No hay más. La película de Jonás Cuarón, que no arriesga con una historia demasiado profunda –de hecho, es quizá más simple de lo deseado-, funciona como ejercicio de tensión, el director consigue transmitir al espectador la angustia constante de la huida de los mexicanos. Hay, además, un magnífico trabajo de sonido, en un filme donde la banda sonora de Yoann Lemoine, con percusión y sonidos electrónicos, no interfiere el ritmo ni la intensidad de las escenas. Las respiraciones cada vez más fatigosas de los personajes, los jadeos salvajes del perro… solo se interrumpen por el sonido de las serpientes de cascabel y el seco ruido de los disparos.

El personaje de Sam, el yanqui asesino, sirve de espejo a los más de 62 millones de estadounidenses que en las elecciones del 8 de noviembre ratificaron su complicidad con la política migratoria de Trump y su infame proyecto de expulsar del país a tres millones de personas, construir una valla a lo largo de los 3.000 kilómetros de la frontera y, en el colmo del despropósito, hacer pagar por ella a México.

Millonarios sin conciencia y sus secuaces

“México nos envía a la gente que tiene muchos problemas, que trae drogas, crimen, que son violadores”, gritó en una de sus intervenciones durante la campaña el tipo que ha pedido “el bloqueo completo y total a la entrada de musulmanes en EEUU”, que quiere restablecer el método de tortura del ahogamiento simulado para los sospechosos de terrorismo y que insulta gravemente a las mujeres. Es un discurso del odio contra el que se ha levantado el cine.

Aunque la película de Cuarón no vaya más allá, aunque no hable de los polleros, los ‘coyotes’, las bandas de tráfico de personas que matan a mujeres y hombres en su viaje hacia Estados Unidos para vender sus órganos o explotarlos sexualmente; aunque no mencione las violaciones y secuestros a manos de miembros de la policía mexicana; aunque no muestre la realidad de la Patrulla Fronteriza, a la que se ha acusado de asesinato, violación de niñas…; aunque los miles de milicianos y rancheros que patrullan la frontera armados hasta los dientes estén representados solo por un enloquecido criminal… Desierto se sostiene como denuncia de todo ello y, mucho más importante, como alarido de espanto ante el horror de tantas personas que solo quieren escapar de la miseria, la corrupción o la violencia de sus países.

Es la realidad hoy de refugiados y emigrantes, a los que los ‘patriotas de bandera e himno nacional con la mano en el corazón’ llaman perversamente “ilegales”. Ser ‘ilegal’ en este siglo no es, entonces, prostituir, torturar, violar, asesinar, es vivir dominado por codiciosos millonarios sin conciencia y por sus secuaces, individuos que cocean con saña los Derechos Humanos.