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"El cine es mi única salvación"

Iván Zulueta rompe su silencio y habla con 'Público' desde San Sebastián

SARA BRITO

Iván Zulueta se asoma en batín por la puerta blanca del garaje de la enorme casa de Miraconcha, en San Sebastián. Son las 9 de la noche y el día está empezando para él. "Vamos a dar un paseo", dice, como concediéndose una escapada del caserón que lo retiene. Bebe una Coca-Cola, que enseguida deja a medias.

"Cuando crees que vas a salir no sales, sin saber por qué. Es como El ángel exterminador de Buñuel", dice. "Siempre he sabido que ésta iba a ser mi prisión, mi trampa". La heroína fue la otra, hoy es la metadona. "Sólo me deja sobrevivir, a ratos me siento como esperando a Godot", nos cuenta.

A veces dibuja los rincones de su casa que está por dejar de serlo, a su perro Bongo, que es el único que sube hasta la tercera planta donde en "un desorden tremendo" están sus colecciones de cromos, sus carteles, las miles de polaroids que hizo en los ochenta y parte de los noventa. Otras, explora ideas que podrían ser guiones y que no acaban de serlo.

"Me gustaría escribir a dos manos, con otra persona porque es más divertido y porque ahora me es muy difícil sentarme con el papel delante, ese blanco me asusta". Lo intentó con Antonio Ribelles en 1993 y no salió.

¿Qué le haría salir? "Filmar, me muero por rodar". Es lo que más desea y lo que no acaba de hacer. "El cine es mi única salvación". Lo repite una y otra vez como para acabar de creérselo. Lo dice hasta con rabia. "Me temo que estoy huyendo un poco. Hace demasiado tiempo que no siento un arrebato, que acabo algo y no digo ese ‘uy qué bien'. Estoy parado". Dice que estaría dispuesto a recibir un encargo, "pero uno que realmente me capturara". Hace tiempo "recibí uno desde Barcelona y lo abandoné, estaba lleno de tópicos". También Julio Medem se ha puesto a su disposición.

Los cromos de Iván

Al mismo tiempo que Iván mira unos cromos que le acaban de regalar, en Madrid, parte del equipo de Arrebato celebra en la sala X de Tirso de Molina la reedición por parte de Karma Films de Arrebato, junto al documental de Andrés Duque, Iván Z; el corto Leo es pardo y un documental, Arrebatos, que reconstruye el rodaje de la que llaman la película maldita del cine español.

Aquel rodaje duró dos semanas, cuando debían ser días, en un ambiente de caos entre Madrid y la finca La Mata de Jaime Chávarri de Salamanca. Durante el rodaje, Iván ni dormía. "Fue muy intenso, desordenado, teníamos mucha complicidad, éramos un grupo de amigos haciendo cine". Hace apenas dos meses que estos cómplices se reencontraron: él, Cecilia Roth, Eusebio Poncela, Marta Fernández Muro, el productor Augusto Martínez Torres... Fue en el festival de Málaga, donde Zulueta, en traje amarillo y más energía de la esperada, recibió ovaciones y hasta un premio honorífico. Y se cansó. Agotó algunos cartuchos que tenía guardados.

Ahora que Arrebato vuelve a estar en todas las bocas él dice que ni lo lleva. "Hay cierto pudor. Soy incapaz de verla, me causa dolor y no me lleva a nada. Además en su momento no cuajó, no gustó realmente. Me acostumbré a ese estado de cosas, así que nunca me lo creí de verdad. Ahora me dicen que es de culto y yo sólo me alegro de que sea interesante, eso es todo lo que quise hacer. Una película que te retuviera durante dos horas en la butaca". Alguna vez la ha vuelto a ver y fue "una inyección de energía", dice. "Recuerdo estar sólo allá arriba, y reírme mucho, troncharme, sobre todo, con los actores".

Tiene algo en la cabeza

Dice que está hilvanando, que tiene algo en alguna parte que le queda todavía por coser. Algo que parte de Vértigo (siempre Hitchcock) y que lo remite a los círculos, los mismos que se pueden rastrear en su obra desde los cortos en Super 8 y 16 milímetros, al capítulo televisivo Párpados o a la estructura circular de Arrebato.

A veces le pasa y a quién no. Le ocurrió que, pasado el tiempo, encontró una película que estaba ahí por encima de otras: "Me pasó con Nosferatu, no hace tanto. No me había dado cuenta de que Nosferatu es Arrebato". No ha dejado de ver películas, de visitar una y otra vez a Hitchcock. "Psicosis es la película de mi vida". Pero lo que ya no hace es ir al cine. "Me fastidia. Me recuerda a un amigo de la infancia, Enrique Ponte. Es alguien que me lleva a mis primeras experiencias en el cine, antes de ir a Madrid... Fuimos muy cómplices, como no he tenido a nadie más", recuerda. "El jueves, que no había clases por la tarde, nos íbamos al cine a ver los Cinemascope. Eso era cosa aparte. Esa era la verdadera magia. El nervio empezaba por el cartel, por la anticipación de lo que vendría la semana que viene". Zulueta era de los que aplaudía hasta en los créditos.

Todo se ha congelado

Pero el nervio por el cartel ha desaparecido, aquellos que hacía con ceras y lápiz. En ellos colaba la estética de los viejos afiches de películas que coleccionaba, los retratos que su madre pintaba -hoy decoran su casa- o el arte pop que conoció de primera mano en Nueva York, en 1964. "Los últimos que hice, unos diez, como el de Kubrick o Marlene Dietricht... no me dejaron satisfecho".

En Villa Aloha el tiempo está retenido, no pasa. "Todo es cuestión de tiempos y ausencias". Lo dice Iván Zulueta, que jugó a congelar el tiempo en un cromo, en un chute, en una cámara de cine. Que escribía la frase "Mientras tanto" sobre muchas de sus Polaroids. De las ausencias, la más dolorosa, la suya.

"¿Cuánto tiempo te podías pasar mirando este cromo? ¿Y ese otro? ¿Te acuerdas? Años, siglos... Imposible saberlo, estabas en plena fuga, arrebatado", le decía Will More a Eusebio Poncela en Arrebato. Con candor y con todo el sudor.