Al Pacino, del Bronx al cielo
El 25 de abril cumple 85 años. Incansable, tras dejar para la historia del cine algunas interpretaciones inolvidables, sigue trabajando.

Madrid-
"Tenía los orígenes menos adecuados. Tuve la vida menos adecuada. ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Qué puedo decir?". Al Pacino, intenso, excesivo, entregado, genial, uno de los mejores, de los grandes, sigue. 85 años y acaba de rodar unas cuantas películas. El niño del sur del Bronx, obsesionado con Marlon Brando, que con 18 años ya estaba decidido a convertirse en actor, es incansable.
"Nunca fui el más alto, ni el más guapo, ni el favorito… pero aprendí a convertir mis heridas en fuego", ha dicho en alguna ocasión. Metro sesenta y ocho de estatura, y un físico que no destacaba especialmente, es verdad, pero se equivocó en lo tercero, sí fue el favorito, fue la terca y feliz apuesta de Francis Ford Coppola para El padrino, la película, "una lotería" en palabras del propio actor, que le lanzó a lo más alto.
El actor post-Brando
Al Pacino, explosivo, de una intensidad ardiente, finalmente consiguió que se le reconociera como el heredero del 'método', el actor post-Brando… Se lo ha ganado a pulso con unas cuantas interpretaciones legendarias. Para siempre, ya será el desesperado Sonny Wortzik de Tarde de perros, el despiadado y poderoso Michael Corleone de El Padrino, el excesivo y salvaje Tony Montana de Scarface, el veterano soldado de la mafia Ben 'Letfie' de Donnie Brasco, el corrupto Jimmy Hoffa de El irlandés, el audaz periodista de El dilema o Ricky Roma, el mejor y el más manipulador de los vendedores de Glengarry Glen Ross.
Todos vinieron después de la primera película de la trilogía de Coppola, en 1972. "Recuerdo caminar con los bolsillos vacíos, improvisando monólogos frente a vitrinas, rogando que alguien me viera. Nadie me miraba. Pero insistí. Y un día, aquel 'chico invisible' recibió la llamada para interpretar en El Padrino. Esa película cambió mi vida… y también la historia del cine", explicó refiriéndose al éxito que conquistó desde muy joven.
Del Actor's Studio a Shakerpeare
Criado prácticamente en la calle, fumador de cigarrillos y marihuana, amigo de drogadictos y rateros, buscándose la vida en mil y un trabajos, supo siempre que quería actuar, pero también muy pronto comprendió que tendría que estudiar. Una academia que no tenía ningún prestigio le dio las primeras herramientas para tener cierto nivel, el suficiente para ingresar en el Herbert Berghol Studio y, sobre todo, para conocer a su gran maestro, Charlie Laughton. Terminó su formación en el Actor’s Studio que le había rechazado tiempo antes. "Algunos actores interpretan personajes. Al Pacino se transforma en ellos", dijo años después su fundador Lee Strasberg.
Apasionado del teatro, siempre ha confesado sentirse un poco un intruso en el cine y, sin embargo, o tal vez por ello, quiso compartir en la pantalla grande su amor por la escena y se lanzó a la dirección. En 1996 rodó la película documental Looking for Richard, un entusiasta y sorprendente trabajo de investigación y de verdadero amor por Shakespeare, que le animó a seguir tras las cámaras unas cuantas veces más.
Extravagancias
Imparable, Pacino ha sido enorme y ridículo. Exagerado, casi una caricatura gozando del descontrol, ha hecho algunas interpretaciones memorables por su extravagancia. A menudo se ha excusado diciendo que aceptaba películas malas "para hacerlas mediocres", pero en realidad, la mayoría de ellas han sido trabajos alimenticios. "Es como dijo Bob (Robert De Niro): A veces te ofrecen dinero para hacer algo inadecuado. Y te convences de hacerlo. Y en algún lugar dentro de ti, sabes que esa cosa va a ser una chatarra".
Es uno de los intérpretes más galardonados de la historia
Ninguno de esos disparates resta el talento descomunal de este actor instintivo, vehemente, gigante. Uno de los intérpretes más galardonados de la historia, merecedor de los tres grandes premios -Oscar, Tony y Emmy- conocidos como la Triple Corona de la Actuación. Ninguno de esos desatinos desgasta ni un poco la gloria de sus personajes míticos. Ninguno de esos despropósitos convencerá de que otro hubiera podido hacer mejor lo que él hizo, superar la gravedad de esa voz rota, la emoción de su desconcertante mirada, la conmoción de contemplar cómo un simple actor desaparece para dejar ver al hombre herido, al poderoso, al pobre tipo honrado, al demente criminal…
"De vez en cuando leo noticias de que he muerto", comentaba en una reciente entrevista con E!News, donde confesaba que aquello le divertía. Al Pacino, octogenario, sí estuvo a punto de morir en la pandemia. Una fiebre altísima, casi perdió el pulso y, de repente, abrió los ojos y vio a seis paramédicos en su sala de estar. Que sigamos escuchando por muchos años más lo que entonces él oyó decir a aquellas personas: "Ha vuelto, está aquí".


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