David Suárez: "Si los dramas no tienen límites la comedia tampoco debería tenerlos"
El humorista gallego sigue levantando ampollas —y a sus fans de sus butacas— con su espectáculo Humor blanco.
Madrid--Actualizado a
David Suárez (Santiago, 1992) presenta este viernes Humor blanco en el Teatro Fígaro de Madrid. Luego toca Burgos, Vitoria, València y Bilbao antes de regresar a la capital el 29 de noviembre. Su espectáculo levanta ampollas y también a los espectadores de sus butacas. Sabe a lo que va —lo sabe el público, lo sabe él— y no defrauda a sus fans —ojo, más abajo, con la descripción que hace de sus admiradores, quienes no dudan en tirar de la anilla aunque la granada les explote en la jeta—. Para desafiar los límites del humor, el cómico gallego cruza las líneas enemigas, rojas y azules, sin temor a perecer en el intento, consciente de que la tierra hostil es la red social y no la platea, entregada y zaherida.
¿Irritar, cabrear, indignar u ofender es rentable?
Parece ser que se puede hacer carrera de esto. La intención nunca es realmente ofender, sino hacer reír. A veces es divertido meter el dedo en la llaga o llevar al público a situaciones a las que no está acostumbrado, aunque nunca pretendo molestar, porque entonces el público se iría del show y la sala se quedaría vacía.
¿Quién fija los límites del humor: la ley, el agraviado, el público o usted?
En última instancia podría fijarlos la ley, pero poco puede decir sobre la imaginación, el único espacio que nos queda libre. Si a los dramas no les imponen límites, la comedia tampoco debería tenerlos, porque ambos son géneros de ficción. Sin embargo, no es así, por lo que abogo por que el humor esté sujeto a las mismas leyes.
La mira apunta a usted, cuando quizás algunos espectadores —quién sabe si también críticos o censores— albergan una risa interior que no manifiestan. ¿Doble moral?
Desconozco el motivo —quizás sea la tradición y herencia católica—, pero la comedia siempre se ve con ojos de sospecha, se entiende como un género menor y se le ponen más trabas, porque tiene un componente de júbilo y celebración del que carece el drama. Determinados temas no se pueden tratar porque se considera que estás riéndote de alguien, cuando a veces es simplemente otra herramienta para abordarlo, no para burlarte. No significa que frivolices, solo buscas una vía de escape.
Hablando de géneros menores, ¿la cultura de la cancelación es cultura?
No. La cultura de la cancelación es una serie de herramientas que siempre han existido —porque la historia es pendular— y que sirven para crear corrientes de pensamiento, beneficiosas para determinadas estructuras o grupos sociales, que mantienen a los biempensantes libres de cualquier posibilidad de pensamientos disruptivos o de generar algún tipo de de caos social. Las cazas de brujas tienen esa intención. No sirven de mucho, pero hacen el trabajo más divertido. En cambio, ahora estamos en un momento de transición en el que está dejando de ser así, por lo que sospecho que pronto va a ser menos divertido atravesar determinadas fronteras.
¿Acaso su humor es cultura?
Sí. No hay alta ni baja cultura: ambas lo son siempre que haya detrás una intención humana de expresión.
¿Le han asaltado las dudas antes de incluir en sus espectáculos algún chiste ofensivo?
Los cómicos dependemos mucho del público: si algo no es gracioso ni interesante y resulta aburrido o pesado, lo eliminamos del texto. Paradójicamente, eso hace nuestro trabajo menos creativo que el de un cineasta o un escritor, que confían en su voz y les da igual lo que opine el público. Los cómicos somos extremadamente dependientes y el género que más intenta conectar, a veces incluso de forma excesiva, con el público. Por eso resulta refrescante el cómico que intenta ir a contracorriente de su propio público.
Reformulo la pregunta: antes de que el chiste llegue al escenario, ¿nunca se ha cortado?
Si, por miedo a que no sea gracioso, no a que pueda ofender. Si sabes que va a herir la sensibilidad de alguien, te tienes que asegurar de que va a ser muy gracioso y de que, en caso de polémica, vas a sentirte orgulloso y a poder defenderlo en el futuro. Ahora bien, si el chiste es bestia pero no divertido, estás fracasando como cómico.
Usted fue acusado de un presunto delito de odio, aunque la Justicia lo absolvió. En cambio, Mongolia ha sido condenada a pagar 40.000 euros a Ortega Cano por una imagen satírica e inofensiva. Tras recurrir al Tribunal Supremo y al Constitucional, la revista ha tenido que llevar el caso a la Justicia europea. Año 2025, ¿la distopía era esto?
Bueno, estamos en un momento diferente al de hace unos años, cuando efectivamente sucedían esas cosas, pese al discurso de los negacionistas de la cultura de la cancelación y al experimento fallido que hubo en Europa por parte de los Estados para ver cuánto podían legislar respecto a la libertad de expresión. Ahora se han calmado un poco las aguas, incluso entre la ciudadanía o en redes sociales como X, hasta el punto de que quienes intentan señalar y corregir a todo el mundo resultan ridículos. Por tanto, no han logrado convertirlo en una distopía, porque ni el Estado ha podido, ni nosotros, como sociedad, lo hemos querido.
Ahora mismo, ¿cuál es el mayor tema tabú en España?
El mismo de siempre: las autonomías. La gente se sigue enfadando mucho cuando te metes con su tierra, algo que tiene que ver con las inseguridades. Un neoyorquino no se enfada con un chiste porque cree que Nueva York es la mejor ciudad del mundo, pero métete tú con alguien de Teruel… De hecho, si un turolense se mosquea, quizás no esté tan convencido de que le gusta su ciudad, porque de lo contrario no se lo tomaría a mal. Y eso mismo pasa con la gente de otros lugares, porque algunos españoles siguen sintiéndose como un pueblo de gañanes de Europa. Incluso no aceptamos vacilarnos entre nosotros: un gallego con un valenciano, un aragonés con un vasco, etcétera.
El Ajuntament d'Elx canceló una actuación suya en enero por criticar la gestión de la DANA, aunque entonces aprovechó para criticar al PSOE por haberlo vetado tiempo atrás por un chiste en Twitter. "¿Sabéis lo que quiere decir esto? Que el PP y el PSOE sois la misma mierda", escribió. ¿Desconozco si también es querido a derecha e izquierda, o sea, por Vox y por Sumar o Podemos?
Ninguno de los dos bandos me ha hecho ningún gesto que me dé a entender que tiene debilidad por mí. Más bien al contrario, he tenido problemas con ambos. Me han censurado muchos alcaldes de derechas, pero también algún gobierno de izquierdas, lo que era menos esperable.
¿Cree que su público vota más a la izquierda, a la derecha o al extremo centro?
No puedo hablar por todos. Sin embargo, veo un rasgo en común: son bastante inteligentes. Eso no quiere decir nada bueno, porque me refiero al tipo de inteligencia característico de las personas un poco autistas. Esos compañeros de clase que jugaban al ajedrez, que llevaban un parche de color carne en el ojo y que eran muy listos, aunque a la vez un poco raros. O sea, gente un poco antisocial y que no busca un contenido vacío, por lo que procuro que mis textos sean más o menos densos. Gente que podrá ser de izquierdas o de derechas —pero ni megaprogres ni ultrafachas—, inteligente y que da un poco de miedo. Y luego tengo otro tipo de público: los tarados. No sé si te he respondido a la pregunta…
Entiendo que sí.
Pues eso, son un poco school shooters y gente loca que tiene un machete debajo de la mesa.
Tras aquel polémico mensaje en Twitter, fue despedido de Yu, no te pierdas nada, de Vodafone yu, aunque Andreu Buenafuente también lo echó de Late Motiv (Movistar+) por vacilarlo en directo. ¿Le teme más a un empresario audiovisual, a la autoridad política o a una marca?
No le tengo miedo a las marcas porque nunca he tenido el placer de que se me acercasen.
¿Pero quién tiene más poder para excluirlo, para cancelarlo o para dejarlo sin trabajo?
Yo pensaba que las empresas... En cambio, la gente ahora tiene un megáfono y lo que nos han demostrado los últimos diez años de entretenimiento es que las empresas temen tanto las quejas de cinco usuarios de X que son capaces de despedir a un colaborador por una polémica. Los políticos no me preocupan: si un alcalde te cancela, ya habrá otro gobernante o un sitio diferente donde actuar. Por lo tanto, quien te puede dejar sin trabajo son los poderes económicos y el público, que también tiene mucho que decir.
"Mi público no es megaprogre ni ultrafacha sino inteligente, antisocial y tarado: da un poco de miedo"
¿Es más efectivo meterse con los de abajo que con los de arriba?
Hay que apuntar a ambos, pero como ya hay suficientes cómicos metiéndose con los de arriba, me resulta divertido también golpear a los de abajo. No porque crea que haya que meterse con las minorías —de hecho, muchas veces mi comedia busca más bien lo contrario—, sino por replicar al buenismo, porque no todos somos maravillosos, iguales y estupendos. Me muevo en un entorno de izquierdas, universitario, de clase media alta que sale por Malasaña y es un poco intelectualoide. Por eso me hace gracia hacerles un corte de mangas. Tradicionalmente, la comedia tendría que defender al obrero y estar en contra del establishment —y, por supuesto, muchas veces lo estoy—, pero como no formo parte de ese ambiente, sino de un mundo más creativo donde la gente da mucho asco, me parece importante reírme también de ellos.
Al margen de Albert Rivera, ¿quién da más juego: Pedro Sánchez, Alberto Núñez Feijóo, Yolanda Díaz o Alvise Pérez?
Todos. Son los Power Rangers, cada uno con su superpoder. Tenemos una clase política que da bastante vergüenza y que da de comer a muchos cómicos. Sin embargo, no me interesa la comedia política, aunque los compañeros que se dedican a ese tipo de humor cada día lo tienen más fácil.
Apela a los espectadores para justificar que se pasa de frenada, como si su subida de tono dependiese de ellos. Es decir, establece una suerte de pacto con el público para ver hasta dónde llega su tolerancia.
Sí. Seguramente sea un gesto cobarde, pero mi presencia en el escenario está legitimada por gente que quiere escuchar y reírse de cosas terroríficas o que busca restarle importancia a sus problemas poniéndolos sobre la mesa. Todos estamos cansados de ser correctos las 24 horas del día y tenemos ganas de exteriorizar sentimientos reprimidos porque son políticamente incorrectos: la rabia, la envidia, el enfado… Mientras haya una audiencia autoconsciente de lo que es el racismo y todas estas cosas, está bien que haya válvulas de escape. Así, el espectador —aunque sea comprometido, tolerante, cívico y bueno— puede jugar a ser malo en la ficción. En la vida real tenemos que ser buenos y en la ficción podemos permitirnos lo que queramos. De lo contrario, acabamos creando sociedades reprimidas. La imaginación en el humor —como en las películas de terror o en las series de docucrímenes— cumple una función: esterilizar esos sentimientos y no materializarlos en la vida real.
Y en esa vida real, ¿cómo es usted cuando se baja del escenario?
Intento ser lo opuesto a lo que parezco en el escenario. Ahora bien, si escojo determinados chistes porque me hacen reír, significa que en parte también soy esa persona. Hay que demandar los actos buenos y censurar los malvados, algo con lo que estará de acuerdo todo el mundo. Sin embargo, no creo que las palabras, los chistes o los insultos tengan que suponer un problema. Debemos intentar ser una buena persona, aunque en la imaginación seamos un saco de mierda. Por ello, trato de ser un buen tío, pese a que luego escriba cosas horribles, porque si no pudiese hacerlo me pegaría un tiro.
¿Cree que se ha quedado un poco solo como humorista destroyer?
Puede ser, no lo sé. Al llegar una edad, todos los cómicos se moderan, y me incluyo. No porque le veas las orejas al lobo, sino porque me resulta menos interesante el shock y porque me resulta más entretenido colar transgresiones sin que nadie se dé cuenta. Prefiero las reflexiones interesantes a las frases impactantes, aunque nos sirvan para desafiar los límites. O sea, te apetece más tener un grupo de punk con veinte años que con cuarenta. O hacer cine gore de joven que de mayor. Si solo basas tu carrera en el humor negro, al final tiene menos chicha. A veces puedes usarlo como herramienta, pero si sigue siendo el eje central tiene menos recorrido.
Por otra parte, muchos compañeros jóvenes dejan de hacer humor negro poque se dan cuenta enseguida de que es una apuesta que requiere más tiempo que otras —porque les va a costar más— y que no te garantiza vivir de tu trabajo. Yo fui muy pesado, tuve mucha fe y lo peleé mucho. Eso sí, es un camino muy largo y los humoristas lo saben, de ahí que muchos no estén dispuestos a pasarlas putas y a que los cancelen. Por eso hacen chistes oscuros solo un par de años y, en cuanto se les presenta la oportunidad, se meten a guionistas y cambian de registro. Entiendo y respeto esa decisión, porque comer es importante. Sin embargo, a mí es lo que me gusta hacer y no contemplo otra opción.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.