Público
Público

Día Mundial del Tabaco Con permiso de las autoridades sanitarias, cuando fumar era un placer (en el cine)

Con motivo del Día Mundial del Tabaco, repasamos momentos de pasión, erotismo, seducción, cólera, placer… que han dejado en el cine un pitillo canalla, una intencionada cerilla, un poderoso cigarro o una desafiante calada.

Publicidad
Media: 5
Votos: 3

El tabaco en el cine.

-"¿Fumas?" "Si, de vez en cuando, por si me mata". Lo decía Javier Bardem en Mar adentro donde interpretaba a Ramón Sampedro. Sí, fumar mata, daña los pulmones, reduce la fertilidad, es malo para la salud… pero ha dado momentos ¡tan grandes en el cine! Pasión, erotismo, seducción, cólera, placer… encender un cigarrillo podía ser muchas cosas. Ahora, atendiendo a las autoridades sanitarias y en perfecta sintonía con la simpleza arrogante y lo insípido de este mundo, en el cine solo fuman los desesperados, la chusma y los villanos.

Fumar hoy es un gesto desafiante. Pero el cine es arte, es desafío. No era nada inocente que Catherine Tramell (Sharon Stone) fumara como fumaba en Instinto básico. "Está prohibido fumar en el edificio señorita Tramell". "Y ¿qué va a hacer, arrestarme por fumar?" Por cierto que lo mismo debió pensar Catherine Deneuve hace unos años cuando en medio de una rueda de prensa en un hotel madrileño se encendió tranquilamente un cigarrillo y aspiró una larga y profunda calada. ¿O es que alguien iba a detener a una genuina estrella del cine?

“¿Le molesta que no fume?”

A la musa francesa le importaba un pimiento lo que pensaran de ella. En realidad lo único que quería era un pitillo. Y se lo fumó hasta el filtro. Y hasta el final estuvo fumando el inmenso Groucho Marx, inseparable de su puro, al que se aficionó con quince años. Entonces ya trabajaba en un vodevil y fumar fue uno de los consejos que le había dado su padre. "Si se te olvidan las líneas, lo que tienes que hacer es meterte el puro en la boca y sacarlo cuando recuperes la memoria".

Groucho y su puro parecían solo uno y a todo el mundo le gustaba

Groucho y su puro parecían solo uno y a todo el mundo le gustaba. Por eso fue una decepción cuando aclaró en televisión, en el programa You Bet Your Life, que el cigarro iba con él a todas partes, pero no habían nacido juntos. "A mí también me gusta mucho mi puro, pero de vez en cuando me lo saco de la boca". Provocador excepcional, muchos años antes, al comienzo de los 30, cuando no fumar era sospechoso y se permitía en los hospitales y los ascensores, Groucho ya había dado la nota con el tabaco. Fue en El conflicto de los Marx. El capitán J.T. Spaulding, a su vuelta de África, en la cena de gala de la señora Rittenhouse, preguntaba: "¿Le molesta que no fume?".

Marlene Dietrich, retadora 

A Margaret Dumont no le molestaba aquello ni nada de lo que hiciera Groucho Marx, siempre embelesada con él, pero a los millones de amantes del cine les hubiera disgustado mucho si el genial comediante hubiera salido del 'lado oscuro'. Hubiera sido una tragedia y tan inexplicable como si por culpa del tabaco ahora no pudiéramos ver a Clint Eastwood –en un primerísimo plano rodado por Sergio Leone- ladeando la cabeza y entrecerrando los ojos, como si estuviera ajustando el tiro, mientras da una calada a su puro.

Hubiera sido tan injusto como si, por mantener los buenos hábitos también en la ficción, se nos privara de la escena de Robert de Niro, diabólico, fumándose un puro en la sala de cine en El cabo del miedo, o de Marlene Dietrich, retadora, con un cigarro delante de la cámara y de millones de personas que muy pocas veces habían visto antes a una mujer fumando en público… y con pantalones.

Ni un solo gesto pueril

En el cine las mejores y los mejores fumaban. Lauren Bacall y Humphrey Bogart se seducen y se miran a los ojos mientras uno acerca la cerilla al otro. Paul Newman deja que el pitillo cuelgue indolente de sus labios. Marlon Brando, en camiseta fumando, apoyado en una nevera, huele a sexo arrabalero. Robert Mitchum fumando cualquier cosa, tabaco, marihuana, cigarros puros o en una pipa. John Wayne haciendo arder una cerilla, prendiendo un pitillo, al que da una calada y arroja al suelo con la resolución del tipo que en esos pocos segundos ha tomado la gran decisión de la película.

En la actualidad, los únicos cigarrillos que podemos ver en el cine son los que se fuma la chusma

Rita Hayworth en Gilda, pendenciera, con una boquilla larguísima; James Dean, en cualquier secuencia; los personajes de Ozu, tan humanos, fumando mientras beben sake; Uma Thurman asomando tras una nube de humo; Sara Montiel, esperando "al hombre que ella quiere", Charlton Heston, Orson Welles, Al Pacino-Tony Montana, con el cigarro habano de la opulencia… Ni una sola de estas caladas, ni uno solo de estos gestos es pueril. En el cine las cerillas vuelan hacia el suelo en medio de una tormenta de ira, de la promesa de un placer, de una decisión que es definitiva… Y Norma Desmond (Gloria Swanson) envía a Joe Gillis (William Holden) a por tabaco. Nada es gratuito.

Y así hasta hace unos años en que casi los únicos cigarros que se dejan ver en el cine son los de los malvados, los de tipejos despreciables, gentuza canalla y morralla… Menos mal que todavía podemos sumergirnos en las letales y densas nubes de humor –por supuesto y por salud, de ficción- de las incorrectísimas Patty y Selma Bouvier de la comunidad de Springfield, aunque besarlas sea como "besar a un cenicero divino".