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El embate de Polanski a la corrección política

Tras su detención y arresto domiciliario, el cineasta polaco regresa el viernes con la adaptación de la exitosa obra teatral de Yasmina Reza

 

ÁLEX VICENTE

Fue durante los meses que pasó en arresto domiciliario a los que se refiere, con pérfido sentido del humor, como 'mi año sabático' cuando Roman Polanski escribió el guión de su nueva película. Eran circunstancias inhabituales, pero tampoco mucho más que haber montado su anterior proyecto sobre la mesa de la cárcel, donde el resto de presos pelaban las cebollas para la cena. En ese extraño contexto se materializó Un dios salvaje, la adaptación de la exitosa obra teatral de Yasmina Reza, escrita a cuatro manos con la dramaturga francesa desde el chalet que Polanski posee en Gstaad, convertido en su cárcel dorada durante siete meses del año pasado.

Polanski escribió el guión en los meses que duró su arresto domiciliario En la obra teatral, dos parejas se encuentran en un apartamento burgués tras la brutal pelea de sus hijos en un jardín público. Uno de los niños ha acabado con unos cuantos dientes de menos y los padres intentan acordar que el 'culpable' se excuse ante su 'víctima'. Pero sus buenas intenciones, envueltas en un resplandeciente discurso de tolerancia y pedagogía, acabarán dando rienda suelta al salvajismo puro. Estos cuatro adultos, que se enorgullecen de llevar a sus hijos al museo para 'compensar el déficit escolar por la materia', acaban enzarzados en un juego de masacre alrededor de tulipanes importados de Holanda y un puñado de coffee table books. Entre civilización y barbarie, acabarán eligiendo lo segundo.

Deliberadamente cínica respecto a los imperativos sociales y ambientada en el huis clos irrespirable de un piso familiar, convertido en único escenario de este duelo a cuatro bandas, la obra de Reza parecía tenerlo todo para gustar a Polanski, cuya filmografía ya estaba repleta de ferocidades travestidas y apartamentos maléficos. El director polaco, afincado en Francia desde 1978, se acercó al proyecto al sentirse seducido por 'la denuncia de lo políticamente correcto' del texto original.

'Los personajes revelan su verdadera naturaleza. Es decir, son personas capaces de sentir odio y egoísmo, pero todo esto aparece cubierto por el barniz de la clase media, que tan civilizada se cree. Pienso que todos somos así, aunque con alguna excepción. Yo tengo menos barniz', afirmó Polanski en octubre. Lo hizo durante la única entrevista que ha concedido en los últimos tiempos, acordada a un presentador de telediario suizo, Darius Rocherin. Era su primera vez ante las cámaras desde su detención. No es ningún secreto que el cineasta tiene alergia a toda exposición mediática, en especial desde el acoso que sucedió al asesinato de su esposa Sharon Tate en 1969.

'Puede que esté hecho de un material más duro', ha dicho el director

Por Rocherin, Polanski decidió hacer una excepción. Durante los meses que había durado su arresto domiciliario, el periodista había visitado en varias ocasiones al cineasta, con quien había compartido su dulce polaco predilecto, la tarta de semillas de amapola. Polanski accedió a concederle unos minutos de entrevista, pero sólo 'algo breve para el telediario'. Llegado el momento, el cineasta se sinceró durante más de una hora, incluso sobre supuestos temas tabú. 'Desde sus primeras palabras, sentí que a Polanski le apetecía hacer confidencias. Puede que fuera una manera de cerrar el círculo', explica Rocherin. Polanski volvía a Zúrich para recoger el premio honorífico que, dos años atrás, no tuvo la oportunidad de retirar. Su inesperada detención en el aeropuerto vino seguida de la amenaza de ser entregado a la Justicia estadounidense, que sigue esperando procesar al cineasta de 78 años por haber abusado sexualmente de una menor en 1977.

Es sólo uno de los capítulos de una vida marcada, en sus propias palabras, 'tanto por la suerte como por la desgracia', a lo largo de la cual 'el humor se ha entremezclado con lo trágico'. Donde no detectó humor alguno fue en el ghetto de Cracovia, donde descubriría la muerte a los 7 años. Igual que le sucedería a Sharon Tate casi tres décadas más tarde, su propia madre moriría embarazada tras ser deportada a Auschwitz. Su padre, por su parte, logró sobrevivir a Mathausen. 'Descubrí la muerte siendo muy joven. Igual que el cirujano está acostumbrado al vientre abierto, yo lo estoy a la muerte', afirmó Polanski. Sin embargo, tras cada tropiezo, siempre ha conseguido rehacer su vida. 'Me pregunto cómo lo he conseguido. Puede que esté hecho de un material más duro. Conmigo se podrían fabricar clavos', añadió el cineasta.

'Igual que el cirujano está acostumbrado al vientre abierto, yo lo estoy a la muerte'

Es bien sabido que Polanski no puede pisar suelo estadounidense, por lo que su nueva película fue rodada durante el invierno pasado en un estudio a las afueras de París, construido bajo la supervisión de Dean Tavoularis, el mítico escenógrafo de Francis Ford Coppola en El Padrino y Apocalypse Now. Sin embargo, en un giro recurrente en una filmografía marcada por el exilio forzado, Polanski apostó por ambientarla en Nueva York y rodarla en inglés y con un puñado de estrellas en los papeles protagonistas. 'El espíritu de la obra me pareció más estadounidense que francés', ha justificado el director. La Rive Gauche de París es sustituida en la película por un rincón acomodado de Brooklyn.

Polanski decidió no conservar a ninguno de los intérpretes que habían protagonizado el exitoso montaje en Broadway y ofreció los papeles femeninos a Jodie Foster y Kate Winslet. La primera se mete en la piel de Penelope, una africanista aficionada a denunciar genocidios subsaharianos, pero que no duda en recurrir a la violencia verbal (y física) cuando es necesario. Lo mismo sucede con Nancy, a quien interpreta Winslet: una madre de familia perfectamente respetable hasta que las circunstancias la obligan a defender a su cachorro. Está casada con Alan, un sardónico abogado pegado a su Blackberry, encarnado por el austriaco Christoph Waltz, ganador del Oscar por su oficial nazi en Malditos bastardos. John C. Reilly prueba un registro cómico distinto metiéndose en el papel de Michael, el marido aparentemente bonachón del personaje de Foster, que esconde un negro poso de cinismo.

La película adapta con fidelidad la obra, pero le añade un epílogo inventado especialmente para la ocasión. Tras 80 minutos de escarnio y crueldad, Polanski apuesta por concluir la función con un destello de esperanza. 'La obra teatral acababa de forma más oscura. La voluntad de alterar el texto surgió de Roman, que quiso dar un mensaje positivo a las nuevas generaciones', desveló Reza en la pasada Mostra de Venecia, donde la película fue aplaudida a rabiar. Los que tenían a Polanski por incorregible misántropo deberán reconsiderar sus posturas.

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