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Reivindicando la novela de género desde la ironía

El poeta y narrador Juan Vico publica 'Los bosques imantados', una novela en la que entremezcla el engaño de las ciencias oscurantistas y la superstición con la búsqueda del sensacionalismo periodístico y el descubrimiento de un crimen inesperado.

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El escritor badalonés Juan Vico.- SUSANA POZO

BARCELONA.- Teniendo como referentes a Wilkie Colllins y a Edgar Allan Poe, el poeta y narrador Juan Vico (Badalona, 1975), tras conseguir en 2013 con la novela El teatro de la luz el Premio Fundación Monteleón y en 2014 con el libro de relatos, El claustro rojo, el Premio café 1916, publica en Seix Barral Los bosques imantados. Se trata de una narración breve ambientada en la Francia de provincias de 1870 disfrazada de novela policíaca: Víctor Blum, un periodista obsesionado por desvelar los engaños de la pseudociencia, acude como reportero a presenciar en el bosque de Samiel un eclipse que congregará a curiosos y devotos del ocultismo y en el que se anuncia la presencia de Locusto, un enigmático y reconocido ocultista. Sin embargo, lo que pretendía ser un reportaje pronto deriva en un texto en torno a un asesinato, siendo a la vez el punto de partida para una novela que transciende el género policíaco para convertirse en una reflexión sobre lo real y lo verosímil, acerca de lo que creemos y aquello que realmente es. Juan Vico propone una novela en la que se entremezcla el engaño de las ciencias oscurantistas y la superstición, la búsqueda del sensacionalismo periodístico y el descubrimiento de un crimen inesperado.

Reivindicas la novela negra en un momento en el que la novela negra recibe más de una crítica por su calidad literaria.

Yo nunca voy a decir a priori que un tipo de propuesta es mejor que otra, me parece absurdo, pero sí me gusta subrayar esa cierta dictadura de lo realista como sinónimo de literatura de calidad, al menos en España. Aquí parece que si no haces un libro con un sesgo marcadamente realista, estamos ante literatura de evasión. Es absurdo, pero hay que mirar a nuestra tradición y ver cuáles son los autores literarios —utilizando esta etiqueta tan actual— que no tengan un sesgo realista: hay muy pocos, tienes a Cunqueiro, a Perucho… En Hispanoamérica, sin embargo, tienen a Borges, que es un autor de literatura fantástica.

Entiendo que tiene que ver con qué autores y qué literatura conforman el canon de cada tradición literaria y tener a Borges en el centro del canon, evidentemente, condiciona

"Me molesta la dictadura del realismo en cuanto ideología"

Borges es el primero que reivindica la novela policíaca, pero no sólo porque le gusta, sino porque la reivindicación le sirve para atacar a la novela realista. Borges no soportaba que la novela se convirtiera en un tratado sociológico o en un ejercicio de análisis psicológico; detestaba la novela rusa, detestaba a Flaubert y prefería un autor como Wilkie Collins. En cuanto a mí, me molesta la dictadura del realismo en cuanto ideología: si no estás hablando de los problemas de tu época y con unos personajes construidos de forma naturalista, se te critica por estar haciendo una literatura que elude los problemas de tu tiempo y es simple entretenimiento. Se pueden hacer obras inteligentes e interesantes a través de un tipo de propuesta anticostumbrista. Te voy a poner un ejemplo: Gonçalo M. Tavares. Es un autor antinaturalista y anticostumbrista, sus personajes tienen poco desarrollo psicológico, son casi portadores de ideas, pero Tavares habla de cosas reales y no plantea sucesos que no puedan producirse. Este es el tipo de realismo que me interesa porque no depende de la mímesis de la realidad.

Hablas de literatura literaria en oposición a una literatura que, aparentemente, no lo es. ¿No crees que estamos pervirtiendo los términos?

En los años veinte y treinta, para Borges era muy fácil reivindicar la novela policiaca porque no se había reivindicado antes y porque era un gesto con mucha travesura. Hoy en día es muy difícil reivindicar ciertas cosas porque se ha abusado de mecanismos, algunos de ellos provenientes de la industria editorial. Es una lástima que a un cierto tipo de literatura se la asocie inmediatamente con literatura de consumo o de pobre elaboración cuando no tiene que ser así. Hay autores dentro de la novela de género que están haciendo obras literariamente más potentes que autores supuestamente literarios. Es el caso, por ejemplo, de Fred Vargas, un escritor de novela policiaca que tiene un estilo espléndido. Es cierto que hay mucha novela rutinaria, pero también la hay en la llamada novela literaria.

Si el “cómo” es lo relevante y no el género en sí mismo, en tu caso, ese “cómo” es la ironía.

Efectivamente, en mi novela hay una mirada irónica y es una mirada absolutamente pretendida, aunque, al mismo tiempo, tenía muy claro que no quería convertir Los bosques imantados en una parodia. Quería que fuera un homenaje sentido, pero con un desvío irónico, puesto que estamos en el siglo XXI y no podemos tener la misma perspectiva que entonces.

Es, sobre todo, la ironía la que me hace pensar en el Mendoza de La verdad sobre el caso Savolta o La cripta embrujada y que obliga al lector a mirar con cierta desconfianza al protagonista

Está muy bien esta conexión que haces puesto que a mí me interesaba mucho trabajar la cuestión del tono, que es algo que se suele dejar de lado en favor de la estructura o de la construcción de personajes, pero creo que el tono es muy importante, aunque es muy difícil de definir. En cuanto a esta novela, para poder encontrar el tono, tenía en mente El baile de los vampiros de Polanski, una película que nada tiene que ver con mi novela pero de la que me interesa el tono; a medio camino entre el homenaje al cine de terror clásico y la parodia. Yo no he querido plantear un contraste tan salvaje, pero esta combinación me seducía muchísimo

Resulta complicado definir tu novela con una etiqueta. Cierto es que hay un misterio, pero lo que menos importa es el caso policíaco. Por el contrario, el contexto histórico en el que la ciencia se enfrenta a la pseudociencia y la magia parece adquirir predominancia en la novela.

El siglo XIX me atrae mucho porque es el primer momento en el cual la ciencia y la religión se separan. Una vez que ya no se tiene la religión a mano o como referencia única, el hombre o toma la ciencia como una nueva religión o tiene que inventarse otras formas de espiritualidad. Es por esto que nace en aquella época el espiritismo y la pseudociencia empieza a coger un auge que llega hasta nuestros días, desde el horóscopo hasta las medicinas alternativas. Y el mesmerismo es el primer movimiento global de una especie de terapia peregrina, sin ningún fundamento científico, pero que tenía mucho éxito pues la gente creía en ello

Construyes una novela aparentemente policíaca o, por lo menos, donde se plantea la resolución de un misterio, pero decides substituir la figura del detective con la del periodista, a quien conviertes en protagonista

Una vez que ya no se tiene la religión a mano, el hombre o toma la ciencia como una nueva religión o tiene que inventarse otras formas de espiritualidad

En 1870 la institución policial todavía no era muy madura, había gendarmes en las zonas rurales, pero no había una institución consolidada como la habría más tarde. Yo lo que tenía muy claro es que no quería tener como protagonista a un investigador riguroso, me interesaba que quien estuviera “investigando” no fuera un policía. Y el tema de elegir un periodista viene de la lectura de las memorias de Houdin, Confidencias de un prestidigitador, sobre la que descubrí el rumor de que, en verdad, no la escribió el ilusionista francés, sino que corre a cargo de un periodista. Decidí entonces que tenía que escribir una novela sobre el periodista que había escrito las memorias de Houdin, que al final adquirió un papel secundario, pero esencial en tanto que es el mentor de Víctor, el protagonista.

Además, la figura del periodista te permite abordar temas como la búsqueda de la exclusiva, los límites del periodismo, el morbo informativo…

En 1870 el periodismo de masas estaba creciendo con fuerza y es la época del sensacionalismo; existían, evidentemente, periódicos de todo tipo y de diferentes sesgos, como los que menciono. En Los bosques imantados quería indagar en ese aspecto sensacionalista que nació en una época en la que la gente estaba hambrienta de noticias y, en concreto, de noticias escabrosas, de historias. Un tiempo en el que lo importante era dar carnaza al gran público sin importar el rigor; la historia del folletín y el periodismo de crímenes se sitúan en el mismo nivel y el estatuto ficcional es el mismo, ya sea en la prensa o en la narrativa ficcional. El periodismo, así, se acerca a la ficción: en torno a los hechos reales, presenta un marco ficcional a través de la exageración de detalles, circunstancias o, incluso, inventando hechos que sirven a teñir la noticia de sensacionalismo. Y mi intención es, a partir de aquí, cuestionar qué es real y qué no es real o, mejor dicho, qué es lo que realmente sucede y qué es aquello que nosotros creemos que sucede.

La ficción en tanto que escenificación de lo real se interpone entre la ciencia, que correspondería a lo real, y la pseudociencia, que correspondería al engaño

La novela se construye a partir de tres polaridades. Por un lado está la ciencia, que se define por una finalidad benéfica para el individuo, por el otro, la pseudociencia, que tiene por objetivo el engaño, y en medio están las ficciones y los relatos intermedios, como son el teatro, la literatura, el ilusionismo… todos ellos engaños pactados. El público se deja embaucar por ellos porque sabe que son artificios.

La pseudociencia es presentada como un engaño que tiene un gran éxito, ¿podría considerarse como un fenómeno similar al de la autoayuda hoy?

"Si hay algo que no llevo muy bien de la literatura es la solemnidad: me gusta mucho la literatura que se toma en serio a ella misma, pero que no necesita ser seria en todo momento"

Efectivamente, la pseudociencia sería un equivalente de lo que es hoy la autoayuda, que podríamos pensar como una derivación, no sé si a modo de sofisticación o de degradación, de la pseudociencia. En paralelo a la oposición entre ciencia y pseudociencia encontramos a Víctor y al profesor de ciencias retirado. Víctor es alguien que es muy crítico con la pseudociencia, quiere desentrañar todos sus engaños, mientras que el profesor se ha dado cuenta de que es muy difícil mesurar el alma humana y admite, aunque vaya en contra de sus convicciones, que hay cosas que se escapan al entendimiento. Admite que hay métodos que, sin ningún fundamento científico, curan o, por lo hemos, han conseguido que los pacientes se crean curados. La discusión entre el profesor y Víctor es la misma que existe hoy día con respecto a la homeopatía: se erradica del sistema de sanidad pública, se considera que no se basa en métodos científicos, pero hay gente que se cura con ella, ni que sea gracias a un efecto placebo.

Es decir que poco importa lo que es real o no, sino que lo relevante es aquello que se cree como real

Exacto, esto es precisamente lo que le enseña Houdin a Víctor: importa más la verosimilitud del relato que la realidad de lo que se está mostrando. Víctor es un gran lector de Julio Verne, que es el prototipo exacto de un autor que ofrece una ficción absolutamente fantasiosa con visos de realidad. Verne es un personaje muy moderno en el sentido de que es un autor de masas, que ahora se empieza a reivindicar, no tanto por su excelencia literaria, sino por el peso que tiene en la educación sentimental de muchas generaciones. Más allá de su valor literario, aunque no es un autor para desdeñar, como icono popular, tiene un peso muy importante.

Para alguien que publica por primera vez en una editorial como Seix Barral, ¿qué supone que Eduardo Mendoza diga que lo que se publica es “una birria”?

La frase de Mendoza me hace mucha gracia, porque si hay algo que no llevo muy bien de la literatura es la solemnidad: me gusta mucho la literatura que se toma en serio a ella misma, pero que no necesita ser seria en todo momento, es decir, no me gusta la idea de hablar al lector en nombre de la literatura desde un pedestal y Mendoza, precisamente, no habla desde un pedestal. Por esto y más allá de todas las implicaciones que pueda tener la frase, me parece muy sano, muy divertido, incluso motivador, este tipo de declaraciones. Creo que siempre hay que ser críticos, pero me gusta la idea de poder leer literatura de entretenimiento y, a la vez, alta poesía. Como autor me interesa lo que puede derivar de esta mezcla de lecturas: yo tengo pocos prejuicios a la hora de escribir, pero lo que no soporto es la novela escrita como excusa teórica. La teoría es para los críticos y los estudiosos literarios, el narrador lo que debe hacer es narrar.

Un lector puede ser lo que quieres, pero ¿no crees que hay que saber lo que se lee y no caer en el “todo es igual”?

Evidentemente, pero la mezcla es fantástica. Piensa en Roberto Arlt, tenía unas lecturas absolutamente diversas, desde alta literatura hasta folletines sobre ocultismo. Por no hablar de que fue un autor completamente desprestigiado en su momento y ahora reivindicamos. Pienso también en César Aira, un autor que admite escribir sin ninguna preocupación estilística, pero cuyo discurso entra dentro de una intención claramente provocadora. Me parece fascinante lo que hace.

No hace falta dar nombres, pero citas a grandes autores y no mencionas a ningún best seller, es decir, al mencionarlos haces una criba

Sí, claro, porque no se puede decir que todo es igual de bueno, en absoluto. Lo que digo es que existe buena y mala literatura y esta no va asociada a un género o a un estilo, aunque haya géneros y estilos que tengan más prestigio