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Entrevista a Aitor Arregi "En España vivimos atrincherados"

‘La trinchera infinita’, ganadora de los Premios a la Mejor Dirección, Guion y del Cine Vasco en San Sebastián, rinde homenaje a los ‘topos republicanos’ y reflexiona sobre “las trincheras y conflictos que se transforman, pero no se acaban”.

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Votos: 7

Una secuencia de 'La trinchera infinita'.

Manuel Cortés, alcalde de Mijas, estuvo treinta años encerrado en un pequeño espacio abierto en la pared de su casa, escondido de los franquistas, escapando a la muerte. Intentando salvar su vida, la sacrificó. Su experiencia, contada en la película documental 30 años de oscuridad (Manuel H. Martín, 2011) despertó en los directores Aitor Arregi, José Mari Goenaga y Jon Garaño la necesidad de contar la historia de los topos de la Guerra Civil.

La trinchera infinita, la película más premiada del Festival de San Sebastián –Mejor Dirección, Mejor Guion, Premio del Cine Vasco y Premio FIPRESCI–, es una ficción que rinde homenaje a todas las personas que tienen que esconderse para sobrevivir, desde la figura de Higinio, condenado a encerrarse en su propia casa, y, al mismo tiempo, una historia que apela a la actualidad por lo que resuena, muy especialmente estos días, de aquellas heridas abiertas en la Guerra Civil y la dictadura.

Antonio de la Torre y Belén Cuesta protagonizan este relato, escrito por Luis Berdejo y Goenaga, y en el que, como dice uno de sus directores, Aitor Arregi, a Público vieron “muchas posibilidades por sus conceptos sociopolíticos, cinematográficos... En lo cinematográfico, era una persona mirando a través de una rendija y eso daba mucho juego con el cine porque era como mirar algo que está acotado. Y luego está el tema del miedo, un miedo que poco a poco va mutando”.

En 30 años el miedo se mantiene, pero ¿de qué forma cambia?

Primero es el miedo físico y se va convirtiendo en un miedo más psicológico. A pesar de que la amenaza siempre existe, no es lo mismo en 1937 que en 1969. Cambia en lo inmediato de la amenaza.

En cierta forma, ustedes obligan al espectador a encerrarse con el protagonista.

Nos gustaba la forma en que un topo podía apelar al espectador. La figura del topo tiene un punto incómodo. ¿Es un héroe?, ¿es una víctima? El espectador no está acostumbrado a algo así, notas que la gente no sabe del todo situarse ante la decisión que tomaron estas personas.

Y ¿cómo apela a la actualidad la película?

Bueno, el miedo es un tema actual y es eterno, nunca pasará de moda. Todos tenemos miedo a algo, a un cambio, a una amenaza… Es universal. Nosotros no queríamos hacer una representación histórica, queríamos que el espectador filtrase lo que ve desde su punto de vista. Al terminar de hacer la película, vimos que había puntos en común con la situación política actual.

¿Como la exhumación de los restos de Franco?

Sí. En la película hay algunos carteles y uno es “Franco”, otro “desenterrar”. No ha sido buscado, cuando estábamos escribiendo en 2015 ni siquiera estaba presente el debate de los restos de Franco. Pero vimos que había vasos comunicantes entre la película y la realidad. Porque la película te habla de las trincheras que no terminan, de conflictos que se van transformando pero no acaban.

Pues la derecha no deja de repetir que no hay que mirar atrás…

Cerrar una puerta de modo antinatural lleva a eternizar de manera infinita las trincheras y los conflictos. Dicen que no hay que mirar atrás, pero porque ellos lo digan no se consigue cerrar nada.

Después de unos años trabajando en una historia así, ¿qué sensación tienen hoy en esta España tan enfrentada?

Por un lado, lo dicho, lo antinatural en el peor sentido, es como querer conducir sin retrovisor. Nadie es quién para decir que no hay que mirar atrás. Y menos para soltar esa coletilla insoportable de que no hay que mirar al pasado con los problemas que tenemos hoy. Por otro lado, da coraje la hipersensibilidad de algunos para unos temas y la falta total de sensibilidad para otros. Vivimos la época del titular impactante y punto. Todo lo que está pasando hoy en España demuestra que las heridas siguen supurando.

¿Por eso muchos miran mal las películas sobre la Guerra Civil?

Cuando dicen “qué horror, una película más de la Guerra Civil”, solo demuestra que hay que hacer más películas de la Guerra Civil. No nos cansamos de las películas sobre la II Guerra Mundial, pero con la Guerra Civil pasa que es un periodo histórico incómodo para muchos. Es lo mismo que pasa con los huesos de Franco.

En el espacio tan pequeño en que vive el personaje hay traición, miedo, odios… ¿siguen existiendo en la España de hoy?

No sé si traición, pero el atrincheramiento en España es evidente. Vivimos atrincherados. Nos falta escucharnos más unos a otros. Nos sentimos muy cómodos en la trinchera señalando al otro como enemigo oficial. Subrayando al otro como enemigo, muchos se liberan a sí mismos, se limpian, trasladan el mal rollo, la incomodidad, al otro. El ser humano busca la comodidad sin cuestionarse sus convicciones. La gente en general no piensa de uno mismo que es malo, pero eso no te salva de no ser un hijo de la gran…

Belén Cuesta y Antonio de la Torre, en 'La trinchera infinita'.

En España, en la guerra y en el franquismo hubo muchos topos, pero ha habido y hay topos en todas las guerras…

El tema de la supervivencia y del miedo se da en todas las situaciones bélicas extremas. Nosotros nos documentamos más sobre los topos del pasado, pero es verdad lo que dices, mientras estamos tú y yo hablando, hay otras personas así, ahí están, existen y sobreviven a duras penas.

¿Cree que 'La trinchera infinita' puede hacer reflexionar sobre estas personas?

Desde luego, como creador intento que la historia recale en el público. A mí me gustaría que no existieran esas figuras, los topos, por eso desde la película apelamos a que se reconozca su existencia. Un topo que tiene que esconderse está anulando su ser, su yo, su forma de pensar, incluso su forma de sentir.

¿Las personas que tienen que esconder su forma de pensar, aún sin tener que ocultarse físicamente, son también topos?

Sí, no son solo topos los que se esconden físicamente. Hay mucho topo en nuestra sociedad, que no se atreven a opinar, a liberarse de cadenas que se han autoimpuesto. Son topos psicológicos. La idea de hacer esta película es también por esta gente que tiene miedo de expresarse y vivir en total libertad su auténtica forma de ser. La gente que no se atreve a salir del armario, los que tienen miedo político…

De eso ha habido mucho en el País Vasco…

La trinchera política hace que se generen topos incluso donde nadie cree que los hay. Por eso ahora nos viene mucha gente diciendo que se sienten muy cercanos a los personajes o que conocen a alguien así, con miedo, o que lo han vivido… Al final, el miedo siempre hace su trabajo.

En 'Handia' los personajes debían huir de su hogar para sobrevivir, aquí el personaje debe esconderse en su casa por lo mismo. ¿Es parte de alguna obsesión suya?

Solo hemos sido conscientes de esto en la última fase de la película, pero es verdad, las cabezas son las mismas y las obsesiones se repiten. La trinchera es un viaje interior también, un viaje que funcionaba en el plano físico en Handia y que funciona en un plano más atávico, interior, en La trinchera infinita.

Fernando Fernán Gómez ya hizo en 1986 ‘Mambrú se fue a la guerra’ sobre este tema…

Sí, podría ser la continuación satírica, tragicómica, de La trinchera infinita. Vimos la película y también Los girasoles ciegos y otras películas sobre topos en la fase de documentación.

La película tiene una intención sensorial, ¿se ha hecho mucho esfuerzo en la narrativa visual, en el sonido…?

Teníamos claro que la película debía ser la experiencia subjetiva del protagonista, como si casi nos encerrásemos con él en el zulo. No podíamos ver más allá de lo que ve él. Y en el caso del sonido era especial, porque ¿qué hay más subjetivo que el sonido? Cuando el personaje está encerrado en su casa, el sonido es envolvente, porque la amenaza viene de todos los lados.