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El eterno privilegio de la subversión

Las claves para entender la vida y obra de Ana María Matute, que ayer recibía feliz el Premio Cervantes

PEIO H. RIAÑO

La escritora Ana María Matute recibía ayer feliz y emocionada el Premio Cervantes. En su disurso defendió el poder de la imaginación y reivindicó la imaginación como fuente de vida. Su propia andadura por este mundo y sus libros reflejan esa visión.

Ana María Matute (Barcelona, 1925) tenía 11 años cuando empezó la Guerra Civil española. Su generación, los 'niños asombrados', como ella mismo la bautizó, aprendió a hacer cola para conseguir pan y patatas, y descubrió la muerte en los cuerpos asesinados y el terror bajo los bombardeos. Su literatura no puede reducirse a una sola idea fuerza, pero de entre las varias que tuvo, ese despertar adolescente resurge una y otra vez en su obra. Niña asombrada y quizá por eso también precoz, escribió su primera novela con 17 años, Pequeño teatro, con la que ganó el Premio Planeta 11 años después, en 1954, y con la segunda, Los Abel, escrita cuando tenía 19, ya había sido finalista del Nadal en 1947. Muchísimos años después, en 2008, deslumbró con Paraíso inhabitado, con la que regresó de nuevo a la guerra y a aquella niña que mira el extraño e inhóspito mundo de sus mayores.

Carmen Laforet ganó el primer Premio Nadal, en 1944, y con ello abrió un surco profundo por el que luego transitaron bastantes otras escritoras en la década siguiente. Entre ellas, Matute, que ahora se convierte en la tercera mujer en ganar el Premio Cervantes, pero que cuando ganó el Nadal, en 1959, con Primera memoria ya se le habían adelantado otras cuatro, Carmen Martín Gaite, entre ellas. Ellas y algunos de los mejores compañeros de esos años del medio siglo nutrieron la narrativa española con su realismo depurado. Pero al contrario que Laforet, como subrayan Jordi Gracia y Domingo Ródenas en su Historia de la literatura Española, Matute no defraudaría ninguna de las expectativas que esos premiados comienzos habían despertado.

Los Abel (1947), pero también Fiesta al Noroeste, con la que ganó el Premio de Novela Café Gijón en 1953, giran entorno a otro de los grandes temas de su narrativa: el cainismo. Y no sólo porque le sirva como metáfora para narrar la Guerra Civil. En su caso, el absurdo de la guerra se concretó familiarmente: dos de sus cuatro hermanos combatieron en el frente, cada uno en un bando distinto.

Cainismo, Guerra Civil o infancia, cualquiera de sus grandes temas se sitúan muchas veces en Artámila. Un territorio inventado y de verdad, pues en muchos aspectos Matute reconstruye el pueblo riojano donde pasó muchos veranos: Mansilla de La Sierra. Allí volvieron sus Historias de la Artámila (1961), pero también varios cuentos de El tiempo (1957), parte de Los hijos muertos (1958) y El río (1973). Junto a la novela, Matute ha cultivado la narrativa breve y el cuento, un género que ayer volvió a celebrar en su discurso. "Por fin en España se empieza a reconocer en el cuento la importancia que merece", dijo.

Ella misma lo dijo alguna vez: Olvidado Rey Gudú, aparecido en 1997, después de un largo silencio, es el libro de su vida. En él desplegó una desbordante imaginación, una prosa mágica con la que viajaba al siglo X, pero que nada tenía que ver con la evasión. Era, como siempre en su obra, una forma de extrañamiento ante el mundo y su crueldad, y una forma de recordar que sigue vigente el presente: progresa la técnica y la ciencia, pero el alma de los hombres no. Ese extrañamiento y esa distancia le habían brindado ya la posibilidad de volcarse en relatar toda la crueldad y el dolor y el odio que gusta de diseccionar a través de otro relato arcaizante, La torre Vigía, escrito en 1971 y situado en la Alta Edad Media. Su imaginación desbordante funde todas las épocas y todas las edades. En 2007, Pere Gimferrer escribió en un homenaje que su imaginación "encarnó, y encarna, la subversión que parecía un privilegio efímero y frágil de la adolescencia". El Premio Cervantes lo ha refrendado.