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"Falta una película española sobre la corrupción"

Carlos Saura. Director. Su película ‘Io, Don Giovanni’, donde recrea el proceso  creativo de la ópera de Mozart, inauguró ayer el certamen malagueño

RUBÉN ROMERO

El veterano realizador Carlos Saura ha inaugurado el Festival de Cine de Málaga con Io, Don Giovanni, retrato de Lorenzo Da Ponte, autor del libreto de la ópera Don Juan de Mozart. Locuaz y sarcástico, bufanda al cuello y cámara digital en mano, Carlos Saura (Huesca, 1932) mantiene en los ojos la viveza de un adolescente. Acumulador de premios (Berlín, Cannes, Donosti), presentó en el certamen esta recreación de cómo Mozart y Da Ponte construyeron una obra maestra de la historia de la música.

Proyecto que se pensó irrealizable, el rodaje se ha alargado durante cuatro años. "No entiendo el cine sin riesgo", dice Saura, flanqueado por su productor, Andrés Vicente Gómez, quien, por Manolete, sabe lo duro de lidiar con según qué morlacos fílmicos.

Inaugura el Festival de Cine Español de Málaga con una película hablada en italiano y alemán. ¿Un poco raro?

En absoluto, yo soy español. Lo que pasa es que nos hemos acostumbrado al doblaje, que es lo que está matando el cine español desde hace muchísimos años. Tratan las películas norteamericanas como si fueran españolas. ¿Cómo voy a hacer una película en castellano sobre Don Giovanni cuando la obra y los que participaron en ella, desde Da Ponte a Mozart, hablaban italiano?

¿Tiene sentido, pues, seguir hablando de un cine nacional?

¿Estamos en Europa o en Groenlandia? Hoy, el cine sólo se entiende como una coproducción. Máxime cuando la hacemos con Italia, que queda cerca. Hacerla con Escandinavia habría sido más complicado, sobre todo por el volcán

La producción fue accidentada, ¿temió no poder rodar el filme?

Claro que sí. Nunca pensé que lo lograríamos. Ahora la presentamos cuando justo acabo de terminar el rodaje de Flamenco, flamenco. He rodado dos películas a la vez.

¿Para enfrentarse a Don Juan es importante tener cierta edad por eso de conocer bien a las mujeres?

A cualquier persona, tenga los años que tenga, si le gustan las mujeres le gustarán las mujeres; si los hombres, los hombres; si las cabras, las cabras. La fascinación por el sexo no es patrimonio de la edad. En mi caso, desde los seis años he estado enamorado de chicas y ahora me reprimo. Ya he cumplido: ¡tengo siete hijos!

La benjamina tiene 15 años. ¿Sirve a nivel creativo?

Tener tantos hijos me ha permitido no despegarme de las modas intergeneracionales. Me habría gustado no terminar de ser padre, pero, por un lado, las mujeres, y por otro la economía, han ido en contra de esa idea (risas).

Ha dicho que nunca ha sido un Don Juan.

Vamos a ver, explícate bien (risas). Dedicarse a acostarse con mujeres puede ser divertido una temporada, pero toda la vida es fatigoso. Ahora bien, el mito de Don Juan existe en cada uno de nosotros, igual que el de Carmen está en cada una de las mujeres. Se cruzan: Carmen lucha por su independencia, se acuesta con quien le da la gana, vive el presente y también es condenada. Hay mucho donjuanismo en el mundo. Yo traslado esa metáfora al poder: con el dinero pasa lo mismo, vas acumulando y de repente revientas y, como Don Juan, te vas al infierno.

Además de los retratos históricos y musicales, en su carrera, Los golfos (1959) por ejemplo, ha habido mucho retrato social. ¿Cree que existe hoy en España?

Falta una película sobre la corrupción que, por ejemplo, sí que se ha hecho en Italia. Nadie se decide a hacerla. Debe de haber mucho miedo.

¿Qué aportaron Mozart y Da Ponte a Don Juan?

Lo revolucionario fue su sentido del humor y que, aunque el mito persiste, Don Juan nunca se arrepiente. Se va al infierno por no hacerlo.

No ocurre con Da Ponte.

Mi interés principal en esta historia era cómo se crea una obra. Mostrar que las cosas no son tan espontáneas como parecen: requieren un trabajo, una relación, un compromiso entre las personas. La relación entre Da Ponte y Mozart fue una relación bonita, aunque eran muy diferentes, y la música de Mozart sobrepasa cualquier barrera.

Ha dirigido la Carmen, de Bizet cuatro veces, ahora reflexiona sobre Don Giovanni, ¿por qué le interesa tanto la ópera?

Porque es la cosa más artificiosa del mundo, donde se canta una historia de la que no te enteras de nada, y que muchas veces al que la escucha le importa un pepino. La primera vez que dirigí Carmen lo hice con mi hermano Antonio en Stuttgart. Él se encargó del vestuario y la escenografía, fue maravilloso. Representaban El holandés errante y salía un barco que casi tocaba a los espectadores.

Eso sí que era 3D.

Me recordaba al teatro de Rambal, al que de repente le daba por representar Miguel Strogoff, ¡y te lo creías! Porque caía nieve y llegabas a pensar que estabas en Rusia. Era increíble.