Público
Público

Un hijo de Wagner, Shakespeare y la Marvel

Kenneth Branagh analiza las claves de 'Thor', adaptación del cómic de Stan Lee

CARLOS PRIETO

Thor es el dios del trueno en la mitología nórdica y germánica. Su arma es un martillo arrojadizo. Y ordena y manda sobre asuntos tan variopintos como las cosechas, el clima, la guerra y la justicia. Thor es, de hecho, muchas cosas diferentes. Para empezar, es uno de los musculosos héroes masculinos del ciclo de óperas épicas El anillo del nibelungo, compuestas por Richard Wagner en el siglo XIX. Wagner marcó la pauta estética de los futuros retratos de este dios vikingo en los tebeos. Porque Thor es también una de las muchas legendarias criaturas de cómic (Spiderman, Hulk, Iron Man) salidas de la pluma de Stan Lee.

Los estudios Marvel y Paramount han sumado fuerzas ahora para que Thor, que se estrena el viernes en medio mundo, sea además la nueva película del director Kenneth Branagh (Belfast, 1960), conocido por sus adaptaciones de textos clásicos de William Shakespeare como Enrique V (1989), Mucho ruido y pocas nueves (1993) y Hamlet (1996). Bienvenidos, por tanto, a ese territorio resbaladizo donde la cultura popular se cruza con la alta cultura.

"A veces me sentía un poco abrumado con el tamaño de la película"

Branagh, por lo que contó durante su visita a Madrid para promocionar Thor, ha salido satisfecho de la experiencia de rodar una película mastodóntica donde los efectos especiales digitales juegan un papel fundamental: "La novedad me resultaba estimulante porque me gusta afrontar desafíos, aunque a veces me sentí un poco abrumado por el tamaño del proyecto. Recuerdo que el equipo de efectos visuales me decía: Tranquilo, no necesitas preocuparte por nada de esto, limítate a tu trabajo: historia, personajes y actuaciones'. Si estás seguro sobre la historia que quieres contar, tomarás buenas decisiones sobre los efectos visuales".

En el fondo, Branagh tenía motivos para no preocuparse. Al fin y al cabo, su película cuenta la historia de Thor (Chris Hemsworth), un arrogante guerrero que aspira a heredar el trono de su anciano padre (Anthony Hopkins). Siempre y cuando, claro, su hermano Loki (Tom Hiddleston), con una mezcla de crisis de identidad y ambición sin límites, no le arroje antes por unas escaleras para convertirse él en el monarca. Lo que, exagerando un poco, podría ser el argumento de una media docena de obras de... William Shakespeare. Todo vuelve a quedar en casa, pues.

"La historia de Thor es muy shakesperiana y muy marveliana"

"La historia habla sobre lo que significa ser un rey. Lo que significa tener el poder. La responsabilidad del mando. Es algo muy shakesperiano. Pero también es algo muy marveliano", resumió un salomónico Branagh, al que le interesaba sobre todo "la historia humana" que se escondía detrás de los dioses. "Para mí lo importante era desprenderme de todas las preocupaciones que fueran más allá de contar la historia y desarrollar los personajes. Y no perderme por el camino. Thor ha sido un filme personal, como todos los demás que he hecho. Si no hubiera sido así, hubiera abandonado antes de empezar a rodar", explicó el director, al que quizás aún no se le hayan olvidado los problemas que afrontó para sacar adelante su otra gran superproducción hollywodiense: la vapuleada por la crítica, ignorada por las masas y carísima Frankenstein (1994).

Con todo, Thor es sobre todo un proyecto de Marvel. Y decir Marvel es decir Stan Lee, que a sus 88 años sigue al pie del cañón. El gurú del cómic estadounidense aparece al menos tres veces en los créditos de Thor: como creador del personaje, como actor (hace un pequeño cameo) y como productor. Pero Branagh no se sintió intimidado por el mito viviente. "Stan Lee se mostró muy abierto. Le encanta la idea de que sus historias sigan vivas. Es como un adolescente repleto de energía. Me dio mucha confianza porque es de los que piensan que son las versiones las que mantienen con vida a sus personajes. Cada vez que Stan aparece por la Comic-Con de San Diego, se monta una especie de disturbio. Es como si fuera el mismísimo Jesucristo", contó Branagh sobre el fervor de los marveladictos, de los que depende en gran parte que el Thor cinematográfico sea un éxito y se convierta en una saga. Y el británico Kenneth Branagh lo sabe. Así que, durante la preparación del filme, decidió abandonar temporalmente sus relecturas de Shakespeare para "leer cada noche un cuento de mitología de la colección de Penguin y un cómic de la Marvel". Un alumno, pues, muy aplicado.

El cineasta leyó cientos de tebeos con el objeto de captar los "retos visuales y estéticos" del universo Thor. La clave era plasmar correctamente el reino de Asgard, cuyo aspecto visual en los tebeos va "de lo gótico a lo psicodélico, pasando por la recreación del espacio exterior" y que también parece influido por la "arquitectura de Ghery y Calatrava".

Sí, Gherry y Calatrava, han oído bien. Porque uno de los atractivos de Thor es la recreación digital de Asgard, que, en efecto, parece un Dubai edificado en exclusiva por esos amigos de las curvas imposibles llamados Ghery y Calatrava. Otra cosa, claro, sería dilucidar si la arquitectura adecuada para los dioses nibelungos lo es también para los humanos.