el gran error de mi vida
Ángeles Caso: "Mi gran error fue presentar el telediario"
Entrevista a la escritora sobre feminismo, cultura y periodismo.
-Actualizado a
Lo primero que casi me obliga a decir Ángeles Caso (Gijón, 1959) es que no es periodista ni quiere serlo. La han etiquetado así desde hace 40 años, cuando era una veinteañera recién salida de la Facultad de Geografía e Historia (especilizada en Arte) y por azares de la vida acabó presentando el telediario de TVE1 y el programa de entrevistas La tarde. Desde que huyó de las pantallas y la prensa (salvo artículos de opinión más bien centrados en la historia y el feminismo), ha escrito más de 20 libros, novelas, biografías, ensayos sobre mujeres olvidadas por el arte... Ha traducido a Choderlo de Laclos y Emily Brontë. Público la pilla preparando un artículo para National Geographic y cerrando una serie para la televisión regional sobre la historia de Asturias desde el neandertal hasta la época romana.
Te oí decir más de una vez que eres feminista desde muy joven, yo he querido entender que casi niña, ¿no?; que mujeres mayores que tú te dieron mucha caña en ese sentido. Tú vivías en Vetusta, en Oviedo, y allí incluso estudiaste la carrera. O sea, que te marchaste de Vetusta ya talludita.
23 años, yo creo. 24, sí.
Entonces el feminismo empezaba a nacer como movimiento antifranquista, pero sobre todo en grandes ciudades. Estaban las asociaciones de amas de casa y el Movimiento Democrático de Mujeres, muy vinculado al Partido Comunista. A mí me intriga saber cómo eran esas feministas de Vetusta que arengaban a la niña/adolescente Ángeles Caso. ¿Eran personajes queridos socialmente en Vetusta, despreciados, ocultos, beligerantes, cómo vestían, cómo hablaban, cómo amaban esas feministas de los años 60 y 70 en "la heroica ciudad que dormía la siesta"?
Yo tuve mucha suerte en mi vida, en muchas cosas. Y una fue que en plena adolescencia me puse a hacer danza contemporánea. Y coincidí con un grupo de gente mayor que yo. Era gente súper moderna, un poco precursores de lo que luego se llamó La Movida. Entre ellos, había un grupo de mujeres, casi todas lesbianas, muy activas en lo político y, especialmente, en el feminismo. Me dieron mucha caña. Yo había tenido mucha suerte con mi entorno familiar. Nos habían educado absolutamente igual al hermano y a las hermanas. Y creía que el mundo era así. Que ya estaba todo hecho respecto al feminismo. Y ellas me lo desmentían: "No es así, Ángeles". Me alentaron, me enseñaron, me descubrieron muchísimas cosas. A día de hoy siguen siendo mis amigas, mis maestras de feminismo.
O sea, que la heroica ciudad no dormía tanto la siesta.
Esta imagen que tú acabas de trasladarme de Vetusta no es la que yo tengo. Yo viví un Oviedo muy moderno, muy, muy moderno. De vida cultural, política, musical intensa. Y, además, con miras muy amplias. Lo mismo íbamos a la ópera que a conciertos de rock, oíamos lo último que se publicaba en música y nos íbamos a Londres a pillar cosas.
Aclárame eso de ir a Londres a pillar cosas, que se me han puesto los dientes largos.
No, no, no [ríe]. Pillar cosas culturales, musicales. Y a respirar el ambiente, aprender, venir con discos, con libros, ver películas… De ese grupo salió gente que luego ha sido muy conocida, como Emilio Sagi, un escenógrafo muy importante, o Nacho Navia Osorio, que como actor era Nacho Martínez, protagonista de Matador [y de varias otras películas de Pedro Almodóvar], que luego se fue, se murió enseguida. Éramos gente muy activa en lo cultural, en lo artístico, en lo intelectual. Nada que ver con la ranciedad de provincias. La heroica ciudad que dormía la siesta yo no la viví. Claro que esa ciudad existía, pero yo no me enteraba mucho.
¿No sentíais el rechazo de la burguesía bienpensante de aquella Vetusta?
Hacíamos gracia. Éramos los hijos díscolos de la burguesía local. Pero no dejábamos de ser gente bien educada. A lo mejor es que no me enteré, ¿sabes? Si había un rechazo, nunca me importó demasiado. Yo estaba a lo que estaba, a buscar maneras de expresarme creativamente, de desarrollarme intelectual y artísticamente. Lo demás me importaba poco. Y mi familia, en ese sentido, me acompañaba mucho. Todo estos son privilegios de los que no eres consciente en el momento. Te parece que así es la vida normal. Luego vas descubriendo que no, que no fue en absoluto una vida normal.
Estuviste metida o coqueteando, no sé cómo decirlo, en política [en 2015 integró la candidatura para las municipales de Somos Oviedo, alianza entre Podemos, Equo y plataformas sociales, en un puesto en que era imposible salir elegida].
Por todo lo que viví en la adolescencia, y lo que me rodeaba también en mi propio entorno familiar, siempre tuve mucho interés no estrictamente por la política, que también, sino por las cuestiones sociales, que al final atraviesan el mundo político, evidentemente. Siempre tuve compromiso. Creo en determinadas causas. Me parece fundamental para tener una vida decente y humana. No puedo desligarme de todo eso. No quiero pasar por la vida como un ser que no ha mirado a los demás. Estoy siempre con los pies en el barro. Lo he estado toda mi vida, lo sigo estando y espero morirme en el barro. Quiero irme de aquí pensando que he hecho lo suficiente, aunque nunca sea suficiente, lo que ha estado a mi alcance, para dejar un mundo mejor a quienes vienen detrás. Hay tantísimas cosas por las que luchar, por las que levantar la voz, por las que dar el callo, por las que ser pesada...
¿En qué causa quisieras dar más el callo y ser más pesada?
Feminismo, feminismo.
Feminismo.
Hay más, pero todo lo que tiene que ver con la igualdad, con la consideración de la mujer es primordial. No solo como un ser con los mismos derechos, sino como un ser absolutamente igual al hombre en todos los sentidos. Me sigue pareciendo un tema clave. Me indignó mucho todo lo que se hizo contra la ley del solo sí es sí, ataques constantes por parte incluso de medios que parecían progresistas. El patriarcado tiene una historia tan larga en la humanidad que se cuela por todas las rendijas. Incluso sin que seamos muy conscientes. Hay que estar pendiente en cada momento de tu vida.
No solo los medios. Lo que hicieron los jueces contra esa ley fue salvaje.
Claro, claro. El problema es que llevamos milenios educándonos así, creyendo que las cosas son así y que son así por naturaleza. El patriarcado no deja de ser una construcción cultural y lo hemos asumido como la normalidad, como lo que dicta la naturaleza. Desmontar todo eso es muy, muy difícil. Incluso nosotras mismas, las que somos conscientes, las que estamos alerta, caemos a menudo en sus trampas. Pueden parecer cosas menores, pero son las que justifican culturalmente las barbaridades y atrocidades, la violencia, la dominación. Que ya sí son palabras mayores.
Para tu primera novela, elegiste la desmitificación de Sissi Emperatriz, que no era la princesita de las películas, sino una tía rebelde y antimonárquica. Sin embargo, tenías más cerca a Dolores Medio [Oviedo, 1911-1996, escritora, Premio Nadal en 1952], un personaje mucho más fascinante, yo creo, y cercano, y a quien siempre admiraste y después incluso publicaste. ¿Te está o te estaba esperando Dolores Medio?
Pues no lo sé. Yo la conocí de niña. Éramos vecinas de calle y formaba parte del entorno en el que se movía mi padre, mi familia, y la recuerdo perfectamente. Pero fíjate, no coincido contigo en pensar que la emperatriz Elizabeth no es fascinante. Fue una mujer rebelde permanentemente. Ser rebelde siendo mujer en el siglo XIX era muy difícil. Y siendo emperatriz, ni te cuento. Esa rebeldía de Elizabeth contra su papel como florero en una sociedad patriarcal, contra su papel como mujer sumisa y ejemplar, etcétera, me resulta fascinante. No, no se puede comparar con Dolores. Pero Dolores fue una mujer interesantísima también. Me siento muy unida mentalmente a esas mujeres del pasado que lucharon contra lo que había, contra lo que les imponían y que no se resignaron. Son mi larga dinastía de antepasadas, y me acompañan.
Toda tu obra está dedicada a rescatar del olvido a mujeres silenciadas, sobre todo en el arte. Y la primera vez que hablamos tú y yo, te cabreaste mucho conmigo porque te cité al historiador de arte Ernst Gombrich (Viena, 1909 -- Londres, 2001), y tú lo odias porque Gombrich desprecia todo el arte femenino. Yo ni siquiera me había dado cuenta. Yo, que me declaro feminazi. ¿Por qué los tíos seguimos siendo tan tontos?
No es un problema de tontería.
En mi caso, sí. Llevaba desde chaval leyendo a Gombrich sin enterarme.
Tienes que tener la mirada preparada para ver esas cosas. Nos han contado una historia, no solo la historia del arte, la historia de la humanidad, absolutamente androcéntrica, protagonizada por los varones. Fíjate, yo acabo de terminar una serie, sobre prehistoria de Asturias, en que se habla todo el tiempo del papel de las mujeres a lo largo de los milenios que preceden a la invasión de Roma. Ahora ya se trabaja también en ese campo con la prehistoria
De hecho, hace ya hace muchos años, leí un artículo tuyo que hablaba de pintura rupestre. Unos científicos, creo que británicos, habían demostrado que al menos la mitad de las pinturas estaban hechas por mujeres. Lo habían deducido por el trazo, por la singularidad de las manos.
La mitad de las manos eran de mujeres.
Las mujeres sois las diosas del arte anónimo.
Pero si yo te pregunto: ¿quién pintó las cuevas? Tú dices: pues un grupo de hombres. Automáticamente. Es como que la mujer lo único que ha hecho es parir, cuidar de los hijos y cuidar del hogar. Eso es mentira. Ese relato no es científico. Pero es el que todos hemos estudiado en los libros de texto, oído de nuestros profesores, leído en novelas, visto en el cine. Tienes que empezar a despertar y abrir los ojos para darte cuenta de dónde está el engaño. Una vez que abres los ojos y entiendes eso, ves las cosas de una manera muy distinta y detectas inmediatamente los engaños. Pero tienes que tener los ojos previamente abiertos.
Siempre se dice que cada retroceso histórico, a quien primero atropella con sus ruedas traseras, es a la mujer. El Congreso de Estados Unidos acaba de aprobar la ley Safe America Act, que afectará a casi 70 millones de mujeres que ya no usan el mismo apellido que aparece en sus certificados de nacimiento. Esas mujeres tendrán que hacer mucho papeleo para poder votar si su nombre actual no coincide exactamente con el que consta en su certificado. Parece que el neofascismo le tiene más miedo a las mujeres, al voto de las mujeres, que a cualquier otra cosa.
Es tremendo. En Estados Unidos hay un movimiento que empieza a tener mucha voz y mucho eco en favor de una familia, un voto. Es volver al concepto de la burguesía del siglo XIX. Arrancarle de nuevo, extirparle de nuevo los derechos de ciudadanía a las mujeres. Fue una lucha a lo largo de todo el XIX tremenda, de infinidad de mujeres del mundo occidental. No era solo una lucha por el voto. Era la lucha porque reconocieran que soy una ciudadana, un ser humano. Mírenme, estoy aquí. Después de dos siglos volvemos atrás. Es impresionante. Es impresionante que haya mujeres, las tradwives y otras, que se estén prestando a ese juego. Pero bueno, siempre ha habido muchas cómplices del patriarcado. Mujeres a las que dentro de ese sistema la vida les ha ido muy bien. Aquí se mezclan además cuestiones de clase, evidentemente. Yo vivo rodeada de mujeres jóvenes. Veo incluso a las más conservadoras, a las que votan a la derecha, tan llenas de sí mismas que yo no las concibo volviéndose a casa y entregando su derecho de ciudadanía a un varón, sea su padre, su marido, su hermano. Esto no va a ocurrir. Me parece imposible.
¿Incluso si mañana Vox entrara al gobierno con el PP? ¿Te parecen imposibles esos retrocesos aquí en España?
Imposibles. Creo que va a haber intentos, que van a intentar colarnos pequeñas cosas que apuntan hacia ahí. Pero no volverán a encerrar a las mujeres en el espacio doméstico y quitarles sus derechos como seres humanos. Esto va a provocar una reacción colectiva. Incluso de mujeres que, en un momento dado, les den su voto. Pero cuando vean determinadas cosas...
Casi me dices que la próxima revolución será una revolución de mujeres
No lo sé. Yo ya no hago profecías. Nosotras ya hemos hecho buena parte de la revolución. Pero no es solo eso. Se ha transformado también la mente de muchos hombres. Luego, a lo mejor, la práctica es otra cosa, pero al menos el espíritu ha cambiado. Hemos hecho una revolución que era inimaginable hace 70 años.
¿Cuál fue el gran error de tu vida?
Trabajar en televisión presentando el telediario. Me convirtió en una persona que yo no era. No soy periodista. Yo formaba parte de un círculo más artístico, creativo, intelectual. Siempre fui una persona con tendencia hippie. Iba sola al cine, al teatro, a los conciertos, a los museos. Y de repente todo el mundo me conocía por la calle. Ahora vivo en el campo, rodeada de vacas y ovejas, y es lo mío, y ando por los montes, y en bicicleta. Esa sí soy yo.

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