Entrevista a Pol Guasch"Escribir es muy cabrón porque uno puede acabar creyendo que la tierra es plana"
El autor catalán ilumina los ángulos ocultos de la vida de su padre, diez años después de su suicidio, en una obra en la que abandona la ficción para nutrirse de su biografía.

Marta García Miranda
Madrid--Actualizado a
Escribe que escribirle es como dirigirse a un amor que un día tuvo, como si esto que está haciendo fuera tan solo una carta de amor “con el deseo frustrado de recuperar el cuerpo, con el deseo de tocarlo y el desafío de atravesar el tiempo”. Y se pregunta: ¿Puedo volver a vivir contigo años que no compartimos? ¿Y si te convierto en personaje? ¿Y si transmuto mi infierno en una escenografía excesiva? ¿Y si, de repente, tu suicidio se convierte en literatura? Y es ahí, en esas líneas y en todas esas preguntas, donde Pol Guasch (Tarragona, 1997) sitúa el corazón de Reliquia (Anagrama), un libro que no es ni un ajuste de cuentas ni un homenaje ni una obra con vocación terapéutica o sanadora, sino una novela inscrita en el género memoir en la que Guasch ilumina los ángulos ocultos de la vida de su padre —“a nuestros muertos no los conoce nadie”— y reconstruye un adiós que nunca existió. “¿Quién sabe lo que esconde una reliquia?”, escribe Guasch en las páginas finales de un libro que intenta, desde su primera frase, responder a esa pregunta. Pero no solo.
Después de Napalm en el corazón y En las manos, el paraíso quema, situadas ambas en un universo de intimidad en torno al amor y los vínculos de amistad, Guasch coloca la familia en el centro de un libro que convierte el suicidio de su padre no solo en la constatación de una ausencia, sino en una escritura con la que busca, en el fondo, escribirse a sí mismo. Habla el autor de masculinidad, sexualidad y amistad, de los vínculos con sus hermanos, de ese infierno de palabras no dichas que es cualquier familia, de los relatos que perduran en el tiempo convertidos en condena, de la imposibilidad de comprender el pasado y de la herencia vital y literaria. En la cubierta del libro, una fotografía de su padre, joven y feliz: “Él tiene 24 años en esa foto, una imagen del viaje de bodas con mi madre en Mallorca, en 1992, y yo tengo 25 cuando estoy acabando el libro”, explica Pol Guasch a este diario.
¿Por qué decide escribir este libro?
Lo empecé a escribir en diciembre de 2022. En enero de 2023 hacía 10 años de la muerte de mi padre y recuerdo la sensación de no escoger demasiado. Volví en Navidad a casa de mi madre, en Tarragona, que es algo que siempre me cuesta mucho, y escribí el primer párrafo de la novela casi como un dietario. Yo no escribía diarios en ese momento y me pregunté ¿por qué me ha salido esto? El primer párrafo tiene casi un punto de reproche, aunque después ese tono desaparece, pero ahí estaba. Rápidamente, a las dos semanas, vi que ahí había algo. En plan, vale, ha nacido esto, hazle caso.
Superado ese inicio, ¿cuándo se da cuenta de que está escribiendo una novela sobre la muerte de su padre?
Creo que hubo mucha inconsciencia en eso y si lo hubiera pensado tres veces no lo hubiera hecho. En todo lo que he escrito siempre ha habido algún momento en que me he visto desde fuera y no me he gustado nada, he pensado qué estás haciendo, por qué haces esto. Es cuando ves la parte fea de la escritura, esa que pasa por otros canales y dices: ¿Qué intención real tienes? ¿Qué te estás escondiendo a ti mismo? No quise pensar mucho en por qué, burlaba la pregunta, iba hacia adelante sin querer mirar atrás y si hubiera parado un poco sé que no hubiera acabado el libro, que lo hubiera dejado a medias.
¿Qué ha querido hacer con esta novela?
Varias cosas. Quería crear un relato sobre algo que viví sin relato, vivir una cosa por primera vez a través de la escritura. Puede sonar un poco rimbombante e incluso pedante, pero también he querido escribir el libro que quería escribir, el libro por el que yo sentía que había empezado a escribir. No le quiero quitar valor a mis obras anteriores porque para mí son importantes, pero al terminar este libro noté un cansancio y una especie de tedio como si hubiera hecho tres maratones y dije, ah, vale, escribir es esto. También tenía ganas de escribir algo que dialogara con la literatura que admiro. Mis obras anteriores eran más locas, más inventadas, desde fuera la gente conectaba con un tipo de literatura de ficción especulativa e incluso de ciencia ficción que no es mi literatura, no es la que yo leo y con la que me he formado. Quería que mi escritura dialogara con mis referentes y con lo que a mí me había hecho vibrar como lector, esa gente que ha sabido construir una historia colectiva fuerte a partir de un material propio, biográfico. Didier Eribon ha sido alguien super importante para mí, también Maggie Nelson, Vivian Gornick e incluso Joan Didion. Recuerdo perfectamente todos los momentos en los que he leído a estos autores, cómo me han transformado y cómo he pensado que yo debería hacer algo así.
¿Reliquia podría ser un punto de inflexión en su escritura? ¿Podría ser un lugar que habitar a partir de ahora, un tipo de escritura en el que quedarse?
Con este libro yo sentí como si hubiera tocado algo, como una luz. En la prosa, a la hora de escribir y de avanzar, sentí como si me hubiera puesto en el cuerpo una especie de ungüento y el aire me pasara más rápido. Creo que he encontrado un sitio, pero terminé de escribir el libro y sentí que, de repente, se apagaban las luces. Todavía estoy con las luces apagadas, no tengo ninguna idea, no he escrito nada, no sé por dónde empezar, no sé por dónde continuar, estoy absolutamente perdido pero tranquilo. Uno de los miedos de escribir sobre la propia vida es que se agote la fuente de la que nacen todas las historias y espero que no sea así porque una vida da para muchas cosas y hay mucho todavía por contar, pero me di cuenta de que la ficción te permite declinar ciertas cosas personales desde muchos sitios. Cuando cuentas tu propia vida, abres la presa, sale todo a bocajarro y, de repente, el pantano se queda seco. Con la ficción tengo la sensación de que puedes abrir la presa y cerrarla, puedes controlar los canales de forma más precisa, hay más protección.
“He condenado nuestra historia a la mirada de los otros”, escribe. Hablando de protección y exposición, ¿cómo está siendo tener que hablar del suicidio de su padre y no de la escritura sobre el suicidio de su padre?
Me acaban de preguntar si todavía quiero matarme, para que te hagas una idea.
Sin embargo, en el libro deja muy claro lo que está haciendo cuando se pregunta: “¿Y si te convierto en personaje? ¿Y si tu suicidio se convierte en literatura?”
Eso es clave porque la gente piensa que lee la verdad, pero yo digo que lo estoy convirtiendo en literatura. Todo lo que escribo ocurrió, pero es absurdo pensar que los miedos que expreso ahí son mis miedos, hacer ese paralelismo me parece algo tan fácil… A mí me daba apuro que se publicara el libro y se viera sólo como una especie de vómito personal, y me decía que tengo dos novelas que me avalan, que demuestran que sé hacer otras cosas, pero nosotros no tenemos una literatura con una tradición de memoir como en Francia o Estados Unidos, donde el lector, el periodista, la editorial y el sistema se acerquen a ese género desde el sitio que propone, que es la recreación de una vida. Vivian Gornick dice: “Yo no escribo para contar mi vida, escribo para utilizarla”. Y Annie Ernaux: “Vivo las cosas cuando las escribo y hasta que no escribo una cosa no la vivo de verdad”. Mi libro está en esas dos citas, no se trata de si me quiero matar o no, de si voy a heredar cosas de mi padre o no. No es un lamento autocompasivo, no quiere ser nada de eso.
¿Qué ha hecho en este libro que no hubiera probado antes?
Despojar el rodeo, no tener tanto miedo a la literalidad, no dar tantas vueltas para llegar a un sitio, ser más directo, más conciso, más preciso.
Pero en su libro admite que no sabe si está contando la historia de su padre o si solo gira a su alrededor, rodeándole, como si asumiera la imposibilidad absoluta de conocer al otro.
De mis novelas anteriores salí entendiendo que para contar una cosa no la tienes que decir, la tienes que rodear, y creo que eso es lo que hago aquí. Pero también hay menos miedo a decir las cosas. En las dos anteriores hice lo que me dio la gana, pero había más miedo como escritor a la imagen, a que me descubran, a que se rebelen, a romper la atmósfera… y aquí no tengo tanto.
En Reliquia habla del amor, la amistad, la sexualidad o la masculinidad… Habla de sí mismo, como si estuviera manteniendo un diálogo con su padre y le contara en quién se ha convertido tras su muerte.
Yo creo que lo peor de no tener un padre, sobre todo en los años que van de los 15 a los 25, es no tener la aprobación, lo que más te duele es no tener a alguien que te diga “ese es el camino”. La sensación de orfandad es eso, y eso te da también mucha libertad, pero recuerdo una imagen que me impactó muchísimo y fue la primera vez que me afeité. No está en el libro, pero el primer día que me pasé una cuchilla por la cara dije ¿esto cómo se hace? ¿Dónde está la persona que me va a contar cómo hacerlo? Recuerdo tener que buscar un tutorial en YouTube y decir, ah vale, esto significa no tener un padre. Y no era la intención principal del libro, pero tú lo estás viendo y está clarísimo que es como si yo estuviera pidiendo una aprobación. Hay un momento importante en Reliquia, cuando hablo de ese verso que escribió mi padre, “vivid la vida que yo no he sabido vivir”, que tiene algo de pasar un testigo. Tú escribiste y la única diferencia es que no lo publicaste y yo sí, pero dejaste una herencia, comunicaste ciertas cosas, mostraste arrepentimiento y, de algún modo, me pasaste el testigo de la escritura.
Creo que, en el fondo, en este libro está hablando de sí mismo.
Yo creo que no se escribe para entender al otro, sino para entenderte a ti mismo. Es verdad que yo termino el libro y siento comprensión, siento algo que está bien sentir y es que las cosas no hubieran podido ser de otro modo. Sentir que las cosas fueron como tenían que ser da mucha paz, aunque sea una mentira. Pero ¿cómo vas a comprender a alguien? Escribir es muy cabrón porque uno puede acabar creyendo que la tierra es plana, la escritura es así de peligrosa, pero creo que con este libro, más que comprender a mi padre me comprendo a mí mismo. Al final, mi padre era una especie de excusa y eso viene muy marcado por el hecho de que yo escribo este libro diez años después de su muerte. Me da mucha pereza esa pregunta que incluso me ha hecho gente cercana sobre si este libro me ha ayudado a pasar página. Amigo, hace diez años que se murió mi padre, están las cosas muy bien colocadas. Yo tuve la suerte de que en mi familia se llevó muy bien, (la muerte de) mi padre no era un tabú, no estaba soterrado, yo no necesitaba ajustar cuentas, vengarme, no necesitaba desempolvar nada. Y entonces te das cuenta de que, al final, todo esto también es una manera de comprender mis últimos diez años. Más que sobre un padre, este libro es sobre un niño que pasa a ser adulto y eres la primera persona que me dice esto, nadie me lo había dicho después de leer el libro.
“La familia es una promesa rota”, escribe en este libro, y yo recuerdo que la última vez que hablamos, a propósito de su novela En las manos, el paraíso quema, ya tenía claro que esa familia que había estado empujando por salir y no salía en sus obras anteriores aquí iba a ocupar el centro.
Recuerdo muchísimo cuando lo hablamos y cuando antes te decía que he perdido un poco el miedo es porque creo que hay cosas que uno puede escribir inventando o evocando, como el amor o la amistad, pero creo que la familia estaba ahí, a punto de salir y no salía en mis dos novelas anteriores porque para mí es imposible hablar de la familia si no hablo de la mía. Me resulta imposible coger y hacer La picadura de abeja, de Paul Murray o Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa. No sé hacer eso. Yo, si hablo de la familia, no puedo inventar cosas. No puedo hablar de la familia si no te hablo de suicidio, de locura, de adopción, de sexualidad o de abandono. Tengo la sensación de que esa irrupción que dices ocurrió porque hablé de la mía, pero cómo me voy a inventar que una hija tiene anorexia o que un padre es alcohólico, por qué voy a huir, inventándome algo, si lo tengo aquí delante y me está diciendo mírame a los ojos.
En aquella novela anterior, sus personajes rompían su vínculo de amistad y uno de ellos se preguntaba: “¿Qué ángulo de mi cuerpo no veré ahora que ella ya no lo mira?”… Y creo que en este libro intenta iluminar ese ángulo de la vida de su padre que no pudo ver cuando era un crío.
Estoy muy de acuerdo, por eso hay una obsesión por mirar la vida de mi padre antes de que fuera padre, antes de que mis hermanos o yo existiéramos, y poder pensar en mi padre enamorado o enamorándose, por ejemplo. Pude acceder a los diarios de mi madre y hay una parte de la historia que yo reconstruyo gracias a ellos. También hay una obsesión por ver cómo te ven los demás, pero como no lo voy a ver nunca me lo imagino, me lo invento y lo escribo. Ver esos ángulos ocultos me da más comprensión que preguntarme por el porqué del suicidio, mucha más.
Habitando esos ángulos hay también un conejo que se le aparece cuando está terminando de escribir este libro o esa hora con la que se encuentra en su reloj tantas veces, las 17.31, como si fueran portales que le conectan con su padre.
Yo recuerdo estar en Estados Unidos, haciendo una residencia, y ver el conejo y no poder creérmelo o estar en el metro hace un par de semanas y mirar el reloj y que apareciese esa hora. Creo que la gente que hemos perdido a alguien cercano tenemos un ansia de crear un portal de comunicación y quizá la gente que no lo ha sentido lo vea como una estupidez, pero los vivos tenemos esta ansia de no dejar ir a los muertos, de convocarlos todo el rato y creer que todavía están con nosotros. Que los vivos insistamos en que los muertos están aquí me parece bonito. Te estoy invocando con este libro, estoy diciendo que no te has ido del todo y eso es un consuelo. El libro en sí mismo es un consuelo. Al final, esa herencia que yo tengo de ti, el hecho de que conduzca como tú y me mueva como tú, ¿es una herencia involuntaria o es que una parte de mí se resiste a dejarte ir? Eso lo pregunto en el libro y es algo que me obsesiona.
¿Cuál es, entonces, esa Reliquia que da título a la novela?
Esa palabra no es metáfora ni símbolo ni alegoría. Una reliquia es la sustitución física de quien no está, es lo que ocupa el lugar que antes ocupaba esa persona. ¿Qué es la reliquia, la historia de mi padre o el libro en sí? Me gustaba esa idea de, vale, lo que tú no eres, el lugar que tú has dejado, ahora está en esto, en este libro. Me gustaba esa imagen.

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