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Mujeres con todas las letras

La recuperación de las obras de Clarice Lispector, Carson McCullers o Christa Wolf las sitúa a la altura de los grandes literatos del siglo XX. Siruela acaba de publicar un libro Lispector

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Ya se sabe que las escritoras del pasado siglo no lo tuvieron nada fácil. Pero no sólo por una sociedad literaria machista, que rebaja méritos a quién se sale de su papel. Había otro peligro mayor: la “literatura femenina”. Para las grandes narradoras del XX, experimentadoras de la palabra, escribir fue un ejercicio de lucidez personal y de exploración de los límites de la novela. El sexo de la escritora no era un punto de partida, sino un problema sin solución. ¿Quién cuenta las historias?

La brasileña Clarice Lispector (1920-1977) es un ejemplo claro de la prohibición sutil de que una mujer de clase alta, guapa, con hijos y un marido “importante”, dedique su vida a la literatura. A pesar del éxito de su primera novela, Cerca del corazón salvaje (1943), Lispector tuvo que escamotear la creación hasta que estuvo divorciada. Doblemente excluida de la literatura brasileña por su origen ucraniano y ser mujer, la característica de su prosa es la falta de identidad. Los relatos de Felicidad clandestina, la novela La hora de la estrella, magníficas obras sin tema y con personajes borrados.

Siruela acaba de publicar Correo femenino, una recopilación de sus escritos en revistas “femeninas”, desde la década de los 40 hasta su muerte. Es decir, un desahogo cuando le estaba vetada la literatura y un dinero propio. Siempre con seudónimo, estos artículos son lobos con piel de cordero. Textos “amables” con una ironía demoledora.

El caso McCullers

Decir que la norteamericana Carson McCullers (1917-1967) tuvo suerte es mentir, ya que su vida fue una permanente lucha contra la enfermedad. Pero la magistral narradora del Sur de la Balada del café triste, o del sobrepeso de amor y paranoia de los relatos Yo que he servido al rey de Finlandia, Un árbol, una roca, una nube o Transeúnte, pudo dedicarse a escribir como una novelista profesional.

La cosa empieza así: marido y mujer, ambos escritores, deciden turnarse. Uno escribe un libro y el otro trabaja, luego se intercambian los papeles. La primera en escribir fue Carson, El corazón es un cazador solitario, y los roles domésticos no volvieron a cambiarse... De la mano de Rodrigo Fresán se publica El aliento del cielo (Seix Barral), que reúne relatos, novelas breves y varios textos inéditos. Una de las cumbres de la literatura norteamericana.

Más al sur, en la Argentina de los años 30 que vio nacer literariamente a Borges y Bioy Casares, Silvina Ocampo fue uno de los detonantes de esta aventura intelectual. Hermana de la célebre Victoria Ocampo, Silvina fue amiga de Borges y mujer de Bioy.

¿Y qué más? Sus poemas y relatos, ensombrecidos por la popularidad de sus amigos, hacen convivir con aparente ingenuidad lo fantástico, lo cruel y el detalle imprevisto. Cuentos completos II (Emecé) llega a las librerías españolas con un par de años de retraso desde su publicación en Argentina y es la mejor oportunidad para descubrir la riqueza de su obra de madurez, como los relatos Hombres animales enredaderas o Y así sucesivamente.

Prosa demoledora

Por último, Con otra mirada (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores) es el título que la alemana Christa Wolf (1929) da a sus recientes relatos, escritos desde la caída del muro de Berlín hasta la de las Torres Gemelas. La autora de Noticias de Chista T. o Casandra, le aplica una prosa demoledora, mezcla de géneros y perspectivas, al desértico sueño de la “baja cultura” norteamericana. Unos ojos alemanes en Los Ángeles, ya se sabe: Thomas Mann, Brecht, Wim Wenders. Una mirada lúcida que desentraña la política de lo cotidiano. Vanguardia de hoy.

Novela sin género

¿Literatura femenina? Novela apátrida de su sexo y de su época. “Los seres humanos”, escribió Virginia Woolf, “no avanzan a lo largo del trayecto entero tomados de la mano. Cada uno alberga un bosque virgen; un campo nevado donde ni siquiera se conoce la huella de un ave. Ahí avanzamos solos, y así lo preferimos”.

Clarice Lispector, cerca del alarido eterno de la existencia

Clarice Lispector (1920-1977) llegó a Brasil desde su Ucrania natal con dos años. Escritora precoz, su primera novela la colocó en un lugar central de la vanguardia brasileña con apenas 24 años de edad. Pero tras otras novelas de similar calidad, una vida matrimonial de clase acomodada desplazó la creación literaria hacia “los ratos libres”: pequeños artículos, cartas... Una vez divorciada de su marido, retomó la escritura con nuevo brío, pero ahí no acabaron las desgracias para esta escritora. Una noche se quedó dormida con un cigarro encendido. La quemadura en el rostro acompañaría ya para siempre a su famosa belleza, mientras escribía los magistrales textos de ‘Felicidad clandestina’ o ‘La hora de la Estrella’. La pluma de Lispector se mueve en los límites del lenguaje, hasta el lugar donde las palabras ponen orden a la existencia, allá donde llegan. En voz propia: “La palabra tiene su terrible límite. Más allá de ese límite está el caos orgánico. Después del final de la palabra empieza el gran alarido eterno”.  

Carson McCullers, una luz desde el túnel de la enfermedad

Lila Carson Smith (1917-1967), Carson McCullers en la literatura, nació en el Sur de Estados Unidos, en una familia de clase media descendiente de los héroes confederados de la Guerra de Secesión. Niña prodigio del piano –como revela en su propio relato ‘Wunderkind’– abandonó la música para dedicarse a empleos precarios y, sobre todo, a escribir. ‘El corazón es un cazador solitario’, ‘Reflejos en un ojo dorado’ o los relatos de ‘La balada del café triste’ son algunas de estas obras iluminadoras que emergieron de una vida en perpetua lucha contra la enfermedad. Una insuficiencia respiratoria y problemas cardiovasculares fueron el día a día, su particular calvario, de esta escritora de la marginación. En cuatro novelas y un par de colecciones de relatos, McCullers retrató de forma incomparable la decadencia del Sur estadounidense a través de los protagonistas de esa marginación. Una voz incomprabale y necesaria de las letras estadounidenses del siglo XX.

Christa Wolf, la escritora que a muchos les gustaría ser

Poseedora de un lenguaje personal que roza la poesía, pero sin nada de azúcar, la pluma de la alemana Christa Wolf es áspera, cortante, extrema. Nacida en 1929 en el seno de una familia filonazi, emigró después de 1945 a la Alemania de Este. Desde entonces, poderes de toda clase y condición han querido ganarse su lucidez intelectual. ¿Prosoviética? ¿Feminista? Más bien incómoda. Para casi todos. Tras la caída del muro de Berlín, Christa Wolf se fue a vivir a EE UU, a Los Ángeles, donde ha continuado dando voz a los problemas de nuestro tiempo. La idea de la muerte ha sido uno de los ‘leitmotiv’ de la autora en los últimos años. “Cuando alguien muere, todo muere con él. Todo lo que ha experimentado, pensado... La muerte es algo inaceptable. Es posible que escribir sea lo único que puedes hacer para luchar contra la muerte”, ha expresado Wolf en una entrevista reciente. Una autora imprescindible.