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Manuel Jabois: "No hay revolución más urgente que el feminismo"

El escritor y periodista presenta 'Malaherba', un libro en el que indaga en la pérdida de la inocencia a través de la mirada de Tambu, un niño que se revuelve con lucidez y desconfianza ante la muerte y la intuición de un amor diferente.

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El escritor y periodista Manuel Jabois.- JAIRO VARGAS

Madurar no siempre es fácil. Implica por lo general un grado de violencia. El periodista Manuel Jabois (Sanxenxo, 1978) se remonta en Malaherba (Alfaguara) a ese estado primigenio previo a lo imprevisible. Un libro que indaga en la primera mirada, en esa pureza que todos en algún momento albergamos antes de que la vida se libere de eufemismos y todo salte por los aires. Lo hace a través de la mirada de un niño, Tambu, y de un periplo sin billete de vuelta que lo saca a trompicones de ese supuesto edén llamado infancia. 

Si bien las regresiones conviene dejárselas a los psicoanalistas, Jabois desmenuza con maestría el primer gran desajuste. Una avería que su protagonista trata sin suerte de remendar mientras se afana en nombrar lo que le duele. Malaherba convierte la ingenuidad en lucidez y valentía, a tientas, con la certeza de un deseo que nunca puede estar equivocado y de una herida que nos marca de por vida.

¿Somos toda la vida lo que fuimos en el patio del colegio?

No, no estoy de acuerdo con esa frase. Es evidente que marca un origen, pero creo en la evolución de las personas y en el hecho de que incluso las más afortunadas o las que mejor proyección son también susceptibles de ser dañadas o de hacer daño. El patio del colegio hace que muchos niños y niñas se tengan que hacer fuertes para protegerse y les enseña una lección que en la vida es fundamental, que es la desconfianza y la sospecha; blindarte para sobrevivir. Si eres diferente, que es lo que se suele castigar, te haces una buena coraza y partes con esa ventaja de cara a la madurez.

Nunca sentiremos con la intensidad de la niñez. Lo intentamos pero no hay manera, crecer es como convertirse en un lisiado emocional.

Creo que tiene ver con que el niño piensa mucho más con las emociones, se mueve más por instintos, sentimientos y emociones, que por esa capacidad racional que luego se adquiere. Digamos que parten de una emoción primigenia que con el tiempo irá acompañando a un pensamiento más evolucionado, un pensamiento que impide que esas emociones afloren, que las contiene.

Tambu, el protagonista de la novela, no deja de preguntarse si eso que siente o imagina será lo que se conoce como amor. ¿Son las palabras una cárcel o una liberación?  

Ambas. La infancia es como un laboratorio de pruebas, no sabes hasta dónde puede llegar la maldad o la bondad, intentas adivinar qué es el amor, a quién corresponden los afectos, cómo se desenvuelven... Las palabras tienen esa capacidad de engañar y los niños crecen rodeados de eufemismos. Las mascotas mueren y se van al cielo, nuestros familiares no son drogadictos si no que se encuentran mal o se van de viaje; todo se atempera y se acomoda a la visión ingenua del niño. 

Y llega un momento en el que todo se viene abajo...

Sí, la vida de repente le da una patada a todos esos eufemismos y llama a la puerta de tu casa sin solución de continuidad. El mundo se para y el niño comienza a descubrir todo lo que se le había disfrazado. Se produce entonces un choque brutal y no siempre es fácil asimilarlo. Tambu se comunica mediante la violencia, que no es más que la expresión de la frustración que siente.

No en vano su hogar se desmorona...

¿Y qué anhela un niño si no es seguridad? La primera escena del libro muestra una habitación limpia con unas sábanas recién compradas, una imagen que te hace pensar en un hogar. Cuando uno es niño las apariencias son también muy importantes, por eso Tambu, consciente de que ese hogar se está desvaneciendo, no duda en intentar aparentar que no es así, hasta que llega un momento en el que se cansa de fingir que las cosas no son como las está describiendo.

Aborda también los ochenta en este libro, una generación que apenas tuvo formación sexual... ¿Cómo gestionaba la culpa?

Yo me confesaba en Sanxenxo juntos con mis compañeros. La mayoría de ellos pasaban mucho del tema, pero yo estaba muy preocupado...

¿Abrazó usted la fe?

Yo creo que la fe me abrazó a mí. Me hizo un abrazo del oso de cojones [ríe]. En mi casa se sigue sin hablar de sexo o drogas, son cosas que siempre estuvieron fuera, por supuesto que te alertan, pero que terminas descubriendo en otro lugar.

¿No cree que eso le da un toque furtivo al descubrimiento?

Sí, puede ser. También es verdad que hay cosas que por más que te las cuenten en casa, si no las pruebas o no las ves, no sabes realmente qué son. Hay ciertos asuntos que uno descubre por una especie de generación espontánea. Si te soy sincero, no sé en qué momento en mi colegio se empezó a hablar de pajas, pero el caso es que yo pensaba que había que meterse una puñetera paja por ahí... y me decía, dios pero esta puta gente está loca... [ríe]

Hasta que dio con la tecla...

Es curioso, cuando descubrí todo aquello no tenía pensamientos sexuales, no imaginaba nada, era pura biología...

¿Simple fricción?

Sí, no sé en qué momento le doté de contenido y entró la fantasía. Esto es algo que ocurre con el sexo y con otras muchas cosas como la muerte o las drogas, siempre están ahí pero no sabes qué son hasta que la amenaza de que sean verdad termina por imponerse.

En la novela, el protagonista, llegado el momento, no duda en proteger a su amigo. ¿Es esta una forma primigenia de amar?

Sí, creo que esa capacidad de cuidado está muy relacionada con el amor. Cuando ocurre algo así, cuando una determinada amistad es tan fuerte que de repente sientes la obligación de protegerle, creo que hablamos de amor. Pero, ¿cómo nace ese amor? Joder, nunca me lo había planteado...

Cierta literatura lo asocia a una suerte de revoloteo estomacal...

Puede ser. Hay una escena en el primer capítulo en la que Tambu juega con su amigo Elvis y fingen ser espadachines. En uno de los lances, acaba con él y mientras cae al suelo siente una gran alegría de saber que es una muerte fingida, que en realidad no se está muriendo. Creo que esa sensación evidencia que está naciendo algo en Tambu parecido al amor.

La masculinidad de los nacidos en los ochenta está en plena deconstrucción. ¿Cómo lidia con todos esos privilegios heredados?

Yo supongo que los privilegios se gestionan primero reconociendo que se tienen, luego detectándolos y renunciando a ellos, si uno es capaz de hacerlo, porque decirlo es sencillísimo. ¿Se renuncia totalmente? Ya te digo yo que no, entre otras cosas porque existen privilegios que ni tú mismo sabes que tienes. Con el feminismo está ocurriendo algo muy divertido y es que los hombres que empiezan a mirar el mundo de otra forma desde hace unos pocos años –personalmente llevo escribiendo en diarios desde los 19 años y hay cosas relacionadas con el feminismo de las que estoy orgulloso y otras que son para meterse debajo de una cama– son vistos con sospecha o burla por los que consideran no sólo que el mundo está muy bien cómo está, sino que como en el pasado, en ningún sitio.

Suelen ser los mismos que dicen que cada hombre es un mundo, que no existe la categoría hombre que englobe a todos, y cuando veinte feministas desmangadas gritan cuatro gilipolleces se aprestan a catalogar con ellas a todo el feminismo, un movimiento político de millones de personas. Y surge, en paralelo, una plataforma preciosa de reacción al feminismo como “contrapeso” porque, después de siglos y más siglos de machismo, seis años de feminismo necesitan una respuesta, algo que lo equilibre. Un sindios.

¿Se considera un aliado feminista?

No sé lo que es un aliado, no me he considerado aliado de nada ni de nadie. Yo soy periodista, escribo y opino de la actualidad, y a veces incluso tengo el privilegio, debido a los medios en los que trabajo, de marcar esa actualidad, y si presto especial atención a asuntos feministas es porque creo que no hay revolución más urgente que esa. Basta asomarse a los comentarios de cualquier noticia, desde un suceso hasta un partido del Mundial de fútbol mujeres, para saber esto, no hay que ser ningún visionario ni darse ningún mérito.

Manuel Jabois.- JAIRO VARGAS