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Matute le escribe un cuento al Cervantes

La escritora lee un alegato por la felicidad, la bondad y la infancia, al recoger el gran galardón de las letras hispánicas. "El que no inventa, no vive", dijo en un discurso sin retórica

PEIO H. RIAÑO

La mujer que no teme a la palabra felicidad llegó a Alcalá de Henares y desmontó todos los protocolos. Acabó con las imposturas y eliminó la retórica de los discursos con uno que hurgó en sus más tiernos recuerdos, hilado con su tenue voz de bruja buena. Sentada en su silla, que le lleva a todas partes, conducida por su hijo Juan Pablo, ofreció su infancia y su obra, sus dolores y sus alegrías, con el pudor justamente templado por la experiencia de quien dejó de tartamudear con los bombardeos de la Guerra Civil. Así dice que prefiere recordarlo.

El de ayer fue una pieza más de su trayectoria literaria, con un final mágico en el que llamó a la creencia de las fantasías de los escritores, "inventores". "Tras estas deshilvanadas palabras, ojalá haya logrado transmitirles algo de mi alegría, mi gratitud por la distinción que aquí me trae. Y me permito hacerles un ruego: si en algún momento tropiezan con una historia, o con alguna de las criaturas que transmiten mis libros, por favor créanselas. Créanselas porque me las he inventado", y se despidió entre ovación de aplausos tras una de las despedidas más dulces que se hayan recordado de los últimos 25 años.

"El que no inventa, no vive", dijo; cita que pasará como el titular de su vida

Ya había creado un discurso inolvidable en aquella deliciosa pieza titulada En el bosque, con el que entró a ocupar el asiento K de la Real Academia de la Lengua, en 1996. De aquel elogio de la fantasía a este canto a la imaginación ha pasado un Premio Cervantes por medio.

Semanas atrás amenazaba que escribiría algo cortito, porque la tarea obligada era algo parecido a una broma pesada. De Cervantes y Quijote decía que ya estaba todo dicho y no cumpliría con la tradición. Y lo hizo: apenas mencionó los gigantes, los molinos y a Dulcinea. "Inventó sensibilidad, inteligencia y acaso bondad el don más raro de este mundo- en una criatura carente de todos esos atributos", dijo sobre la magna obra.

No hubo referencias a Cervantes en su cuento, como a ningún otro escritor, salvo llamadas de atención anecdóticas sobre Carmen Laforet, Miguel Delibes, Josep Pla, Jaime Salinas o las palabras sobre los Hermanos Grimm, Lewis Carroll, Perrault, Andersen y Antonio Almodóvar en España, para señalar que la crueldad de sus cuentos de hadas no fueron escritos para niños: "Me estremece pensar y saber que se mutilan, bajo pretextos inanes de corrección política más o menos oportunos, y que unas manos depredadoras, imaginando tal vez que ser niño significa ser idiota, convierten verdaderas joyas literarias en relatos no sólo mortalmente aburridos, sino, además, necios".

Recordó la Guerra Civil y la muerte en toda su devastadora magnitud

Con esta elegancia, la dama de los pensamientos de plata recordaba al público (con más jóvenes de lo que es habitual en esta ceremonia) las amarguras a las que la censura franquista la sometió. La mayor sangría de todas la padeció con la obra semifinalista del Premio Nadal de 1949, Luciérnagas, que ayer recordó. La Dirección General de Propaganda la tumbó y en 1955 publicó una revisión, muy podada, titulada En esta tierra. Ella siempre ha renunciado a esta novela, y no está incluida ni en la edición de sus obras completas de 1971.

De Los niños tontos, la censura dijo, en 1956, que sus cuentos eran "verdaderas pesadillas", "de muy mal gusto", "tristes e incomprensibles para niños", "deprimentes y crueles", "inconvenientes por el mal ejemplo fácil de imitar"... con una conclusión tajante: "Por todo lo expuesto este libro es impropio de niños. Si se edita no podrá evitarse el que caiga en manos de ellos produciéndoles un daño tremendo. A los niños hay que tratarlos con más respeto. Rechazada su publicación totalmente", en mayúsculas.

El Archivo General de Administración, donde se guardan sus expedientes de censores, inauguró aprovechando el día una exposición con esos malditos papeles. Ayer, la Historia volvió a sentenciar los años más negros de este país con el galardón a la escritora que sintió apetito por lo inevitable, aceptó el dolor y se preguntó el porqué de la herida del ser humano.

Esa mujer pequeña, sabia y contenida, se atrevió a lo largo de su carrera, que arrancó antes de la mayoría de edad, con las palabras que no la protegían: "Aunque no haya escrito nunca una novela autobiográfica, estoy en sus páginas. Todo eran inventos, hasta que supe que en la literatura en grande como en la vida, se entra con dolor y lágrimas".

Recogió las palabras de san Juan, "el que no ama está muerto", y las aprovechó para montar el corazón de sus palabras: "El que no inventa, no vive", expresión que pasará como el titular de su vida y para todos sus lectores y seguidores. Están hechas la una para la otra, Matute y la literatura: "Es el faro salvador de muchas de mis tormentas", aseguró.

Entonces recordó los días atroces. "Yo había cumplido los 11 años cuando estalló la Guerra Civil española. Unos niños acostumbrados a no salir de casa si no era acompañados por sus padres o la niñera nos vimos haciendo interminables colas para conseguir pan o patatas". De ahí que ella misma definiera a su generación como la de los "niños asombrados". En ese momento su testimonio se volvió agridulce, como todo cuento. Mentó a la muerte, en toda su devastadora magnitud "a través de la visión, en undescampado, de un hombre asesinado".

Matute había puesto presión al acto. Decía que le tenía miedo, que ella leyendo... Y todo fue por los caminos que había previsto y que se había reservado, como excepcional cuentista, buscando el golpe de efecto. El Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares se puso a sus pies: "Ha sido un canto de amor a la literatura, un discurso desacomplejado. Ha sido muy ella: sigue utilizando la literatura para defenderse de los mayores. Como hemos visto, tiene la capacidad del encantamiento", reconocía el poeta Luis Muñoz al hablar de las palabras de la autora de Los Abel. Por su parte, Darío Villanueva, reconocía un discurso de "alta literatura, auténtico y descriptivo, tal y como es ella".

Hubo felicidad, bondad y magia entre imposturas y chaqués. Fue un cuento sincero que homenajeó a la infancia: "Sólo tenía un amigo, mi muñeco Gorogó, que, naturalmente, más tarde incorporé a una de las novelas con las que me siento más identificada, Primera memoria". Aquel muñeco de trapo que le trajo su padre a los 5 años, sigue con ella. "Lo llevo a todos mis viajes, y le sigo contando lo que no puedo contar a nadie. Hoy también me espera en el hotel", dice.

Hace muchos inviernos que Ana María Matute dejó de temblar. Valiente, como la calificó en su discurso la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, para reconocer los sinsabores y las alegrías de su vida, para asegurar que llegó a la editorial Destino con una libreta de posguerra, de tapas de hule negro, con una novela escrita a mano a los 17 años. Por entonces firmaba Ana María con unas emes larguísimas, casi eles que apuntaban al infinito. Hoy, las emes de Matute han tocado el cielo de los inventores.

Niña asombrada y precoz

Ana María Matute (Barcelona, 1925) tenía 11 años cuando empezó la Guerra Civil española. Su generación, los ‘niños asombrados', como ella mismo la bautizó, aprendió a hacer cola para conseguir pan y patatas, y descubrió la muerte en los cuerpos asesinados y el terror bajo los bombardeos. Su literatura no puede reducirse a una sola idea fuerza, pero de entre las varias que tuvo, ese despertar adolescente resurge una y otra vez en su obra. Niña asombrada y quizá por eso también precoz, escribió su primera novela con 17 años, ‘Pequeño teatro', con la que ganó el Premio Planeta 11 años después, en 1954, y con la segunda, ‘Los Abel', escrita cuando tenía 19, ya había sido finalista del Nadal en 1947. Muchísimos años después, en 2008, deslumbró con ‘Paraíso inhabitado', con la que regresó de nuevo a la guerra y a aquella niña que mira el extraño e inhóspito mundo de sus mayores.

Escritoras

Carmen Laforet ganó el primer Premio Nadal, en 1944, y con ello abrió un surco profundo por el que luego transitaron bastantes otras escritoras en la década siguiente. Entre ellas, Matute, que ahora se convierte en la tercera mujer en ganar el Premio Cervantes, pero que cuando ganó el Nadal, en 1959, con ‘Primera memoria' ya se le habían adelantado otras cuatro, Carmen Martín Gaite, entre ellas. Ellas y algunos de los mejores compañeros de esos años del medio siglo nutrieron la narrativa española con su realismo depurado. Pero al contrario que Laforet, como subrayan Jordi Gracia y Domingo Ródenas en su ‘Historia de la literatura Española', Matute no defraudaría ninguna de las expectativas que esos premiados comienzos habían despertado.

Cainismo

‘Los Abel' (1947), pero también ‘Fiesta al Noroeste', con la que ganó el Premio de Novela Café Gijón en 1953, giran entorno a otro de los grandes temas de su narrativa: el cainismo. Y no sólo porque le sirva como metáfora para narrar la Guerra Civil. En su caso, el absurdo de la guerra se concretó familiarmente: dos de sus cuatro hermanos combatieron en el frente, cada uno en un bando distinto.

Artámila

Cainismo, Guerra Civil o infancia, cualquiera de sus grandes temas se sitúan muchas veces en Artámila. Un territorio inventado y de verdad, pues en muchos aspectos Matute reconstruye el pueblo riojano donde pasó muchos veranos: Mansilla de La Sierra. Allí volvieron sus ‘Historias de la Artámila' (1961), pero también varios cuentos de ‘El tiempo' (1957), parte de ‘Los hijos muertos' (1958) y ‘El río' (1973). Junto a la novela, Matute ha cultivado la narrativa breve y el cuento, un género que ayer volvió a celebrar en su discurso. "Por fin en España se empieza a reconocer en el cuento la importancia que merece", dijo.

Imaginación

Ella misma lo dijo alguna vez: ‘Olvidado Rey Gudú', aparecido en 1997, después de un largo silencio, es el libro de su vida. En él desplegó una desbordante imaginación, una prosa mágica con la que viajaba al siglo X, pero que nada tenía que ver con la evasión. Era, como siempre en su obra, una forma de extrañamiento ante el mundo y su crueldad, y una forma de recordar que sigue vigente el presente: progresa la técnica y la ciencia, pero el alma de los hombres no. Ese extrañamiento y esa distancia le habían brindado ya la posibilidad de volcarse en relatar toda la crueldad y el dolor y el odio que gusta de diseccionar a través de otro relato arcaizante, ‘La torre Vigía', escrito en 1971 y situado en la Alta Edad Media. Su imaginación desbordante funde todas las épocas y todas las edades. En 2007, Pere Gimferrer escribió en un homenaje que su imaginación "encarnó, y encarna, la subversión que parecía un privilegio efímero y frágil de la adolescencia". El Premio Cervantes lo ha refrendado.