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Benicàssim, el tótem festivalero

El FIB o la cita indispensable del verano para los treintañeros indies

VÍCTOR LENORE

Arrancó en 1995 con menos de diez grupos por día. Fue un modesto intento de acercar a España el pop indie y hace tiempo que se ha convertido en una prestigiosa marca internacional que nada tiene que envidiar a los festivales europeos. Una prueba de ello es la cantidad de público de estos países que compra entradas para el FIB. Por supuesto, la playa influye, pero también un cartel variado y con mucho nivel.

Creciendo paso a paso, el FIB (Festival Internacional de Benicàssim) acumula muchos méritos. Primero demostró que un sector de público español pedía una música distinta a la de las rancias radiofórmulas. Luego relajó tensiones entre rockeros y cluberos: noches históricas de Orbital o Chemical Brothers pusieron a todos a bailar juntos. El festival  siempre se mostró orgulloso de sus credenciales indies, pero realmente creció artísticamente cuando abrió su cartel a clásicos universales como Brian Wilson (Beach Boys) o Alex Chilton. Invitar a Kiko Veneno en 2007 o a Enrique Morente este año son otros signos  de la apertura de miras.  

Todavía tiene algo pendiente. Sobre todo integrar a estrellas de la música negra (lo mismo le pasa al Summercase y otros). En su favor podemos decir que ya se detecta un propósito de enmienda: este año Gnarls Barkley son cabeza de cartel y José Morán (codirector del festival) ha adelantado que en el futuro podría haber artistas de hip hop. Además de un festival, es una tradición. Forma parte de su mapa emocional: sólo hay que ver la cantidad de parejitas que se hacen fotos subidas al puente metálico poniendo el escenario grande como telón de fondo en lugar de a la Torre Eiffel.

El FIB es toda una experiencia, con su camping, playas, aislamiento de cuatro días y llegar entero al lunes para enfrentarse al inevitable bajón.  La organización idolatra a los artistas. Leonard Cohen  canceló este año su aparición y lucharon con éxito para  que volviera al. También ganaron la pugna por My Bloody Valentine, la reunión más codiciada del verano. Además, prestan especial atención a  la clase media, esos artistas de culto que gustan mucho a unos pocos.