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Lo que no sabíamos de Robert Doisneau

Una exposición en París propone una lectura alternativa de la obra del fotógrafo

ALEX VICENTE

Robert Doisneau pasó la mayor parte de su existencia disparando imágenes demasiado perfectas para ser reales, con las que se ganó la vida en el difícil contexto de la posguerra, donde cualquier excusa debía ser buena para evadirse. Con su insistente reproducción de escenas costumbristas, enmarcadas por una geometría excesivamente simétrica, Doisneau logró predefinir la imagen de la capital francesa en el extranjero, siempre tan sujeta a ensoñaciones nostálgicas y descoloridas. Sus imágenes parisienses terminaron convertidas en carne de cañón para tiendas de souvenirs, lo que ha perjudicado su apreciación entre críticos y conservadores.

Pero en la obra de Doisneau no todo fueron amantes callejeros, paseantes curiosos de divertidos fox terriers y niños dotados para hacer monerías mirando a cámara. En los laterales de su producción se descubren imágenes más interesantes, sombrías y cercanas al mundo obrero, al que este fotógrafo con físico de galán hollywoodiense no pertenecía, pero parecía admirar. "Se hizo conocido por sus imágenes pintorescas, pero la obra de Doisneau es infinitamente más compleja", defiende Agnès Sire, directora de la Fundación Cartier-Bresson de París, que ayer inauguró una muestra que indaga en esta dimensión paralela en la producción del fotógrafo.

Sire se pasó meses navegando entre los archivos de Doisneau en su antigua casa familiar y seleccionó el centenar de imágenes que ahora recoge esta exposición. Entre otras cosas, la muestra reproduce el paisajismo industrial del extrarradio parisiense, que Doisneau desarrolló al principio de su carrera, así como una larga serie de retratos populares que guardan poca relación con sus fotografías más conocidas.

Entre otras cosas, Doisneau fotografió los bailes populares, las vedettes de pechos desnudos, las prostitutas de las callejuelas parisinas, los borrachos de mandíbula desencajada y los trabajadores del matadero manchados de sangre bovina.

Todas sus imágenes más arquetípicas han quedado sistemáticamente excluidas de la selección, donde el remilgo brilla por su ausencia, en nombre de una nueva interpretación de su obra. Con una sola excepción: El acordeonista de la rue Mouffetard, que en medio de esta nueva lectura parece adoptar rasgos más tristes de los conocidos.

El título de la muestra, Del oficio a la obra, se refiere a la separación con la que el fotógrafo distinguió los encargos para prensa y publicidad de su auténtica vocación artística. Significativamente, a Doisneau siempre le gustó más el retrato del acordeonista callejero que su imagen más célebre, El beso del Hôtel de Ville, que terminaría reconociendo que era un posado.

La prueba es que, cuando fue publicada por primera vez en 1950, quedó relegada a un rincón de la segunda página del reportaje sobre el amor juvenil en la capital francesa de la revista Life. "No es una imagen fea, pero tampoco resulta interesante", comentaría en los ochenta, detectando en ella "un lado falsamente tierno y sentimental".