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La obra que Miguel Narros no pudo estrenar

El director recupera 'Los negros', de Genet, tras prohibírsele su montaje en 1971

P. H. R.

La represión que padeció la novela Diario de un ladrón es comparable a la obra de teatro Los negros. Si para las novelas bastaba con un lector, la censura empleaba artillería pesada en el castigo contra el teatro. Miguel Narros sufrió la criba para representar la obra de Jean Genet. El 5 de noviembre de 1971 obtiene el resultado: prohibida, tal y como figura en el Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares. Precisamente, casi 40 años más tarde, Narros estrenó la obra el pasado noviembre en Asturias. Ahora la trae a Madrid, a los Teatros del Canal.

'Para los españoles, tan alejados del problema racial, lo que se habla en escena (pues la acción es mínima) no tiene el menor interés. La obra es pesadísima y lo será en grado sumo para el espectador, aumentando esta pesadez el hecho de que carezca de interpretaciones', apuntaba el primer censor. Y añade sus críticas a los 'pasajes fuertes' e 'irreverentes', y advierte llevar 'riguroso cuidado' con las danzas en grupo y vigilar acotaciones como la que se propone: 'Se levanta la falda y baila una danza obscena'.

Un tercer informe advierte de que podría estrenarse siempre y cuando se evitara 'una mayor claridad en la exposición de la tesis'. 'La obra tiene numerosas tachaduras hechas por el adaptador y caben hacerse otras más', sentencia y confirma la autocensura del momento. El texto estaba tan mancillado que se quedaba en nada sin las alusiones al ejército, al suicidio, a la imposición por las armas del ejército blanco en la colonización.

Pero Narros no fue el primer director incapaz de evitar la censura sobre esta obra. Trino Martínez, en 1963, recibe el primer varapalo de la Junta de Censura Teatral, compuesta por 12 miembros, tres de ellos reverendos. La obra iba a montarse en el Teatro Maravillas de Madrid, dentro del ciclo Teatro de hoy, entre el 18 de junio y el 30 de julio. Pero en el mes de septiembre previo ya se decide su prohibición. Este informe podría pasar como el argumento de una novela de Kafka, similar a El proceso.

Un tal padre Artola niega el montaje, otro de ellos pide que se 'retoque' el personaje del explorador: 'Hay que quitarle cuanto le clasifica como obispo misionero católico, de suerte que quede como representante de valores espirituales morales, vagamente religiosos'. Por si no fuera poco, añade que 'convendría suprimir algunas groserías del lenguaje'.

Sin embargo, la obra les confunde. Algunos se resisten a prohibirla y otros la defenestran a escenarios privados, a lo que entendían como 'teatro de cámara', siempre con cientos de tachaduras por delante. Uno de los vocales informa que 'salvo que se hiciesen modificaciones sustanciales a la obra voto por su prohibición'. Y en un guiño de arrepentimiento absoluto se lamenta: 'Y lo siento, porque la obra me parece estupenda, una obra magistral de las posibilidades actuales de un verdadero teatro poético'. Para la historia quedará el gesto de Víctor Aúz Castro, que se planta y escribe: 'Dada la índole de la obra, no veo inconveniente alguno en aprobarla'. Y marca dos supresiones, muy irónicas en dos páginas: 'Puta' y 'sexo'.