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Pedagogía infantil en 140 caracteres (escatológicos)

Justin Halpern publica un libro con los consejos vitales de su padre que han revolucionado Twitter

CARLOS PRIETO

Desde el principio de los tiempos los creadores han teorizado hasta el desmayo sobre el mito de la inspiración. Pero, por increíble que parezca, quedaba algo por decir: las musas pueden aparecerse también en la caca de perro. "Mira el culo del perro. Por la dilatación del ojete puedes saber que está a punto de cagar. Mira, allá va". Y el chucho cagó. Y a un chaval llamado Justin Halpern (San Diego, 1980), tras escuchar las escatológicas palabras de su padre, se le iluminó la bombillita.

Esa noche, la del 3 de noviembre de 2009, colgó la frase paterna en su estado de Face-book. Al día siguiente volvió a hacer lo mismo con otro comentario de papá. Y al otro. De ahí saltó a Twitter "para llevar la cuenta de todas las locuras que soltaba" su progenitor. Y lo que empezó con forma de mierda de perro acabó, ¡ay!, convertido en imparable bola de nieve.

Hoy día la página @Shitmydadsays tiene casi dos millones de seguidores. Halpern ha escrito un libro, Las chorradas de mi padre (RBA), que se publica ahora en España tras convertirse en un best seller en EEUU. Y el guión de una telecomedia (Shit My Dad Says) para la CBS. Vale, suena todo a la clásica chorrada 2.0, y lo es, pero no es menos cierto que estos consejos paternos no tienen desperdicio.

"Desde que lo conozco mi padre ha sido un tipo brusco"

"Desde que lo conozco mi padre ha sido un tipo brusco. Ahora que soy adulto, trato a diario con personas que nunca dicen realmente lo que piensan", explica en el libro Halpern, que agradece la mezcla de "honestidad y locura" de su padre.

Samuel Halpern, que ahora tiene 74 años, es uno de esos hombres de raíces obreras hechos a sí mismos. Creció pobre, en una granja de Kentucky. Trabajó la tierra desde pequeño, pero acabó ganándose la vida en el exigente campo de la medicina nuclear. Alguien, pues, con la suficiente autoridad moral para mandar al demonio a su hijo si se pasa de quejica.

Los consejos a su retoño comenzaron en 1984. Al calor, ¡cómo no!, de otro zurullo. Samuel enseñaba a su hijo a usar el váter cuando le espetó esto: "Tienes cuatro años. Tienes que cagar en el váter. Y no se trata de una de esas negociaciones en las que hay un tira y afloja y llegamos a un término medio. En esta, tú acabas cagando en el váter".

Con un sentido común a mitad de camino entre el hombre de campo y el macarra de barrio, Samuel parecía tener salidas para todas las situaciones domésticas. Si los amigos de su hijo estaban a punto de llegar a casa y él estaba en cueros, bramaba. "Esta es mi casa. Voy vestido cuando quiero y desnudo cuando me da la gana. El hecho de que tus amigos estén a punto de llegar es irrelevante, así que me importa una mierda".

"Tienes cuatro años. Tienes que cagar en el váter"

Y esta fue sólo una de las múltiples recetas pedagógicas adaptadas a todas las fases de crecimiento del chaval. Con un tono algo brusco, eso sí, como si en lugar de dirigirse a su retoño estuviera tarifando con un quinqui en las calles del Bronx. Como aquel día que el pequeño Justin le enseñó una construcción del LEGO y papá optó por bajarle los humos: "Oye, mira, no quiero coartar tu creatividad pero eso que has construido es un montón de mierda". O cuando Justin le dijo que quería tener un perro: "¿Y quién se va a encargar de él? ¿Tú? Hijo, ayer llegaste a casa con las manos manchadas de mierda. Caca de humanos. No sé a qué pudo deberse, pero que alguien aparezca con mierda en las manos quiere decir que quizás eso de la responsabilidad no va con él". Por no hablar de esa inolvidable noche en la que el chaval pidió una chocolatina mientras papá veía La lista de Schindler en la tele. "¿Qué coño quieres? ¿Una chocolatina? Están metiendo a la gente en una puta cámara de gas ¿y tú quieres unos M&M´s?".

También le explicó con claridad meridiana a Justin hasta qué hora podía salir los sábados ("Me importa una mierda la hora a la que llegues a casa. Pero no me despiertes"), cuál era la manera correcta de echarse gel fijador por primera vez ("No tiene mala pinta, pero huele raro. A ver, no estoy seguro es como mezclar alcohol puro y qué decirte mierda") o qué impresión le había causado su primera novia: "Pensaba que tendría las tetas más grandes. Te soy sincero. No es que sea mejor o peor, pero pensaba que las tendría más grandes".

Pero no se engañen. Las chorradas de mi padre es algo más que una enumeración de paridas de Twitter. Es una memoria sobre lo desternillante que puede llegar a ser la comunicación paterno-filial. O cómo la sinceridad brutal puede convertirse en un arma pedagógica entre entrañable e hilarante.