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"Romero Murube no halló cómplices en Sevilla"

Álvaro Romero Bernal. Autor de 'Joaquín Romero Murube. El periodista en la calle'.

OLIVIA CARBALLAR

"Mi vocación es la de poeta, pero nadie lee mis libros”, escribió Joaquín Romero Murube (Los Palacios, 1904-Sevilla, 1969). Y lo siguiente: “La inmensa mayoría de los escritores parecen ángeles felices que habitan en la entelequia de un ensueño”. Y esto otro: “Existe algo más real e inmediato que es lo que de verdad llena la atención de la masa lectora: (...) la calle”. La conjugación de estas tres reflexiones resume la esencia del Murube articulista que ahora rescata en El periodista en la calle (Centro Andaluz del Libro) otro colega palaciego, Álvaro Romero Bernal: contar la realidad y contarla bien. No existe parentesco entre ellos a pesar de compartir apellido, pueblo y el talento para universalizar lo local en un mismo periódico, El Correo de Andalucía.

¿En qué falló Romero Murube para no destacar como uno más del 27?

No creo que haya que hablar de errores. Primero, porque el 27 no es sólo una generación de poetas, sino de intelectuales en el más amplio sentido de la palabra. Y segundo, porque, en buena medida, los factores que hacen que un escritor pase al canon de la Historia son factores externos a él.

¿Fue Sevilla su cárcel?

Sí. Primero se lo toma negativamente, cuando escribe a [Jorge] Guillén para que lo coloque en alguna universidad extranjera. Pero cuando en 1934, en plena II República, logra el puesto de conservador del Alcázar, su relación con Sevilla cambia significativamente. Ya encuentra un alminar desde el que mirar a su ciudad y se siente cómodo.

¿Hoy se sentiría cómodo?

Sevilla sigue un poco igual de ombliguista. Romero Murube reivindicaba una Sevilla para el mundo, una Sevilla en las universidades de los países escandinavos... Rehuía con fuerza la Sevilla de pandereta que habían intentado construirnos desde fuera, sobre todo desde Madrid y en el Romanticismo. Quizá no lo consiguió porque no contó con cómplices aquí. Hoy también lo tendría difícil. 

¿Si hubiera triunfado como escritor, habría recurrido a los periódicos?

Él reivindica la calle porque su vocación de escritor está ahí. Y creo que no se da tanta cuenta de ello al principio como al final. Yo no diría que no triunfó como escritor, claro que triunfó, desde su casa, su ciudad, y prueba de ello es que las miradas a sus escritos no cesan.

¿Hay hoy escritores de calle?

Sí, todavía sí. Los encuentro sobre todo en los corresponsales que han de patearse la calle, el mundo, para contar lo que ellos ven, no lo que un portavoz oficial les cuenta.

¿Cómo sobrevivió ‘Siete Romances’, su homenaje particular a Lorca, en pleno bando nacional?

Hay varias razones: fue una edición muy reducida y ese bando era muy torpe. Además, él no menciona a Lorca, salvo en la dedicatoria, “A ti, en Vizna [sic], cerca de la fuente grande...”, de tono tan lorquiano... En realidad los siete poemas eran muy lorquianos, pero lo más soprendente es que el Romance del crimen no lo escribió cuando asesinan a Lorca, sino en 1929. Rescató un poema que había publicado en Mediodía siete años antes de la guerra, que había titulado Los asesinos. La literatura tiene estos misterios; podríamos decir que la palabra se hace cómplice de los justos para ser profética...

Recoge en su libro la amistad con Lorca, Guillén... ¿Pero eran amigos de verdad?

Sobre Murube pesa la losa de que sobrevivió al franquismo, de que no lo mataron, de que no se tuvo que exiliar... Y eso en el discurso bienpensante de la literatura se paga caro. Cada uno vive la vida que le toca, pero creo que es más meritorio haberse movido con soltura durante tantas décadas en una dictadura que hablar alto y claro desde otro continente...

También sobrevive a la República...

Sí, cuando intentan echarlo de conservador del Alcázar, y eso se dice menos... En todos los casos mantiene su cargo y, sin necesidad de complicarse la vida, se la complica en los periódicos, denunciado todo lo que le da la gana.