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Series de televisión 'Brave New World', una distopía sobre la felicidad impuesta y medicalizada con un envoltorio idílico

Alden Ehrenreich se mete en la piel de un donnadie capaz de revolucionar un sistema perfectamente diseñado con su sola existencia en una serie de ciencia ficción en la que conviene dejarse llevar.

El proragonista de 'Brave New World'.
El proragonista de 'Brave New World'.

En 1932 Aldous Huxley exploró en su novela Un mundo feliz qué ocurriría si se diese con la fórmu-la exacta para garantizar la paz y la felicidad. La propuesta, nada sencilla y compleja de llevar a la práctica, era la de suprimir tres tradiciones o pilares de la sociedad de entonces: monogamia, privacidad y familia. Ahora, casi nueve décadas después de aquella visión de un mundo distópico plagado de ciudadanos adictos a tomar pastillas para controlar sus emociones, Grant Morrison, Brian Taylor y David Wiener han visitado el universo de Huxley ofreciendo como resultado una serie que atrapa por su envoltorio futurista, por algunos de sus personajes y por la idea del extraño capaz de hacer saltar por los aires el sistema gracias a sus pocas ganas de ser uno más del rebaño.

En esta historia, primera serie original de Peacock que en España puede verse a través de Starzplay, hay dos mundos. Por un lado está el conocido como Nuevo Londres, una ciudad con tintes futuristas y muy de ciencia ficción en la que todo el mundo vive en una felicidad impuesta en la que cualquier evento perturbador, por pequeño que sea, se soluciona tomando una píldora (soma) que varía de color según el nivel de incomodidad generado. La sociedad se basa en las castas y los individuos están predeterminados al nacer. Se será beta, alfa, plus… Escalar posiciones no es posible.

Nada de eso parece importarles gracias al control de las emociones y al hecho de que se han abolido molestias para la armonía controlada en la que están sumergidos. La monogamia no existe y eso posibilita que el todos con todos sea una máxima universal hasta el punto de que si alguien tiene relaciones sexuales con la misma persona más veces de las consideradas aceptables puede ser llamado a consultas por sus superiores. Es lo que le pasa a la protagonista femenina, Lenina. El tema de la no privacidad se solventa con un implante ocular que hace que todos puedan acceder de manera virtual a la información personal ajena llegando incluso a colarse en su ojo y ver lo que otro ve. Sobre la familia, no hay madres, ni padres, ni hermanos. Ningún lazo. Ninguna atadura.

Así es Nuevo Londres, un mundo elevado donde abundan los tonos claros, el blanco, la luz –la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia es parte del decorado– y la pulcritud. Como contraposición a este orden social, el de los salvajes, convertido en una suerte de reserva o parque de atracciones temático en el que alfas y betas pueden pasar unas exóticas vacaciones sorprendiéndose ante ritos tan arcaicos y primarios como una boda, ir a un hospital y el inicio de las rebajas. Comportamientos todos ellos reprochables por quienes se sienten mejores y que son síntoma, a su modo de ver, de lo podrida y moribunda que estaba la sociedad anterior.

Desde su superioridad moral, los habitantes del nuevo orden consideran a sus lejanos vecinos como a una especie en peligro de extinción. Sin embargo, cuando Lenina Crowne (Jessica Brown Findlay) y el administrador Bernard Marx (Harry Lloyd) acuden a su tierra para disfrutar de unos días de desconexión y descanso, ocurre una tragedia que pone en riesgo sus vidas y cruza sus cami-nos con el de John (Alden Ehrenreich) y su madre Linda (Demi Moore).

La entrada en escena de John, el tipo que se encarga del atrezo en la parte del espectáculo dedicado a la monogamia, hace saltar toda la trama por los aires. Es el típico donnadie que en realidad es más especial de lo que tanto él como el resto podrían figurarse. Con su actitud y su destino escrito en la sangre hace que esa sociedad prediseñada se tambalee. Ehrenreich, quien fuera Han Solo en la nueva y joven versión del personaje, da el tipo. En su hábitat natural es alguien amargado con una existencia repetitiva y miserable. Tiene un trabajo rutinario y poco agradecido, está en medio de una relación que no va a ningún lado y su madre es una alcohólica que sigue soñando con que su padre regrese y les rescate. Cuando el guion le lleva a Nuevo Londres su silencio forzado y su mirada de desconcierto, condescendencia y hasta terror por lo absurdo y superficial que le parece todo refleja, posiblemente, la de muchos espectadores que no comulguen con el conformismo de los residen-tes.

Brave New World exprime la idea de distopía controladora en la que tras la belleza, el orden y la felicidad en realidad se esconde mucha miseria. Bastaría con que sus personajes dejasen de tomar píldoras de colores como si fuesen caramelos para darse cuenta de que el más lúcido de todos es el salvaje. No son conscientes de ello (o no quieren serlo), pero no dejan de ser ovejas de un rebaño teledirigido, sin capacidad de decisión. Creen que son libres porque no están sujetos a las ataduras de la familia o la monogamia cuando en realidad son esclavos de las decisiones de otros sobre su concepción.

Compuesta de nueve episodios en su primera temporada, los tres primeros ejercen como introducción y sirven para dibujar el universo en el que se ambientará la serie, trazar la personalidad de los tres principales protagonistas y una parte de su psique y, de paso, meter muchas escenas de sexo. En el cuarto (último facilitado por Starzplay a los medios antes del estreno) es cuando realmente despega la trama y coge impulso. Eso sí, una de las mejores escenas, de pura acción, llega antes, como el aliciente para seguir en el juego y promesa de lo que puede estar por venir. Porque Brave New World tiene algo que aviva el deseo de seguir dentro, aunque a veces pierda el tiempo. Solo hay que dejarse llevar.