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El síndrome de Diógenes erótico

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Pamuk autor y personaje, no narrador escribe un folletín, como collar de perlas, que se asienta en la urgencia de Kemal por demostrar que su vida no fue ni desgraciada ni malgastada, pese al sesgo dramático hiperbólico y muy divertido de su pasión por la bella Füsum, misteriosa, frustrada, desvirgada y pobre.

A diferencia de la extensión de las ondas que produce la proustiana magdalena lanzada contra la superficie de la laguna, el procedimiento utilizado en este libro de más de 600 páginas es la dispersión: los objetos se multiplican para construir el recuerdo sensual de una historia de amor. La pasión de un excéntrico refleja los usos eróticos y la sociología sentimental de un Estambul cuyas clases altas en los setenta miraban obsesivamente hacia la Europa más civilizada queriendo y sin poder asumir el derribo de tabúes.

En el museo de Pamuk hay: un bolso falso. Fetiche de los usos amorosos falsificados de los turcos ricos, de su modernidad impostada y de sus indelebles prejuicios culturales y de clase. La interculturalidad es imposible; el mestizaje, inevitable.

Un pendiente de Füsum. Un objeto inaprensible, lo que Kemal pierde, lo que nunca encuentra, como la propia Füsum. Este novelón rinde homenaje al desencuentro crónico de los enamorados de la novela bizantina.

El procedimiento utilizado en este libro es la dispersión

La mano ortopédica de Rahmi Efendi. La constatación de otro Estambul a cuyos obreros se les han comido las manos las máquinas de los que celebran sus convites en el Hilton.

Imagen del anuncio de analgésico. La localización anatómica del sufrimiento amoroso refleja la somatización de Kemal como contrapunto de su cleptomanía: robar desde las colillas de Füsum hasta sus dibujos de pájaros o los perros de porcelana, la parafernalia kitsch, que se coloca sobre el televisor. El espíritu es sobre todouna cuestión de materia.

Un cartel publicitario de refresco. El omnipresente cartel desde el que una belleza germánica es ojo de Dios para los estambulitas; como el icono de aquella Anita Ekberg que enloquecía a un hombrecillo vestido de negro en una película de Fellini; como las gafas del doctor Eckleburg en el elegiaco Gran Gatsby...

Una copa de raki. Los personajes no paran de beber y fumar en una borrachera permanente que, al margen de modas higienistas, es lo mismo que la felicidad y el amor.

Rinde homenaje al desencuentro crónico de los enamorados

Los relojes. Dan cuenta de las 1593 veces que Kemal va a cenar a casa de Füsum y comparte mesa con sus padres y con el marido de su amada; los relojes congelan paradójicamente el hábitat de esa intimidad que Kemal adora; se produce un efecto ángel exterminador tan claustrofóbico como hilarante: Kemal nunca encuentra el momento de volver a casa.

Un juego doméstico de lotería. La lotería de las nocheviejas simboliza lo que se vive con inocencia y se recuerda con acrimonia, el amor mismo.

Un afiche de una película. Las películas del cine turco de los setenta hablaban del amor sin sinceridad, reflejando y proyectando una ideología erótica que condena al sufrimiento.

Un pasaporte con visados. Evoca la represión y el aislamiento de la Turquía posterior a los golpes militares que marcaron la Historia del país entre 1960 y 1980.

Cuando los catedráticos de Estética cuestionan el valor de la vanguardia cada vez que se encierra entre los muros del museo, Pamuk vivifica con optimismo el carácter necrófilo, erótico y tanático, de las colecciones, su poder duplicador de los ausentes, los amores que exhiben con orgullo hasta sus vergüenzas y sus basurillas, la pequeña obscenidad que habita en el ojo ajeno. Cuando se transforma el concepto de biblioteca, libro y cultura tradicional, Pamuk rescata el valor de los relatos y de las lecturas lineales, de una forma de pensar que, si se extinguiera, nos borraría la memoria y nos dejaría indefensos.