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La soledad era esto

La escritora y crítica literaria Olivia Laing publica 'La ciudad solitaria', un ensayo a medio camino entre la biografía, el memorándum y la crítica cultural en la que aborda la soledad y el aislamiento en la urbe a través del arte.

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Pasos de cebra y viandantes. Soledad a espuertas en la gran ciudad.-REUTERS

El asunto no es nuevo; lo apuntó un tal Epícteto hace casi dos mil años: “Pues no por estar un hombre solo se siente solitario; mientras que no por estar entre muchos deja de sentirse solitario”. Jueguecito retórico que avanzaba ya en la Antigüedad un mal que aqueja, también hoy, a cientos de millones de urbanitas. Hablamos de esa inefable sensación de aislamiento y de cómo la ciudad, además de proveer jarana, boinas contaminantes y festivales de cine, nos surte de soledad, pero no una de andar por casa, sino al por mayor, en palés.

“La experiencia sumamente desagradable y torturadora relacionada con una insuficiente satisfacción de la necesidad de intimidad humana”. Esta fue una de las primeras definiciones clínicas —aún vigente— que recibió ese sentimiento que no es depresión, ansiedad o pérdida, aunque tenga un poco de las tres. La cita, escrita en 1953, corre a cargo del psicoanalista Harry Stack Sullivan y su significante, no me negarán, podría quedar ilustrado a la perfección por uno de esos cuadros en los que Edward Hopper enclaustra al hombre moderno.

Esa arquitectura de la soledad que tan bien ilustró Hopper, da paso ahora a un nuevo espacio público, ese que revisamos cientos de veces al cabo del día y que tiene lugar en nuestras pantallas. La turbadora visión del pintor hecha de estatismo e incomunicación, ha dado lugar a un nuevo escenario en el que la soledad del aislado puede ser camuflada por identidades más apetecibles.

Ed. Capitán Swing

“Y mientras tanto, ¿qué?”, se pregunta Olivia Laing, autora de La ciudad solitaria. Aventuras en el arte de estar solo (Capitán Swing). “Mientras tanto las formas de vida en el planeta que habitamos disminuyen cada hora que pasa. Mientras tanto, los adolescentes se quitan la vida y dejan notas de suicidio en Tumblr, delante de un estremecedor fondo de sonrientes Hello Kittys”.

En efecto, el nuevo espacio público virtual nos provee de amigos o seguidores en las redes sociales pero el bicho sigue ahí. Como explicaba la propia Laing en un artículo reciente, “Facebook no cura necesariamente la soledad porque la cura no consiste en que te miren, sino en que te vean y te acepten por completo: tan feo, infeliz y extraño como radiante y perfectamente preparado para hacerte un selfie”. Se trata, como apuntaba en su día el bueno de Stack Sullivan, de intimidad.

De todo esto habla Laing en su ensayo, de todo esto y de la capacidad del arte para explicar y redimir al solitario. Warhol, Basquiat, Wojnarowicz, Sontag… Todos ellos sufrieron y crearon desde una soledad dictada por la urbe, Laing la sufrió en sus carnes, deambuló ebria por Nueva York en su busca y, finalmente, la contó.