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El sueño americano antes de Wal Mart

El libro 'Roadside America' muestra el trabajo antropológico del fotógrafo John Margolies: 30 años y 200.000 kilómetros en las carreteras americanas para testimoniar el diseño popular y la iconografía an

SARA BRITO


Pocas cosas hay más americanas que una carretera. ¿Las hamburguesas, quizás? Ni siquiera. Los caminos recogen la simbología de la frontera americana, del avance de los pioneros hacia el Oeste, de un espacio abierto inabarcable recorrido por una cicatriz de asfalto, de la leyenda de la libertad y el individualismo al volante.

El fotógrafo John Margolies es lo más parecido a un antropólogo de la carretera americana y su libro Roadside America (recién editado por Taschen en España), el estudio más completo sobre los arcenes de las carreteras del país, antes de que se convirtieran en autopistas a partir de los sesenta, antes de que los moteles fueran iguales, de que los restaurantes empezaran a ser franquicias idénticas y de que Marc Augé nos hablara de esos espacios desprovistos de identidad que llamó no-lugares.

"La gente habla de kitsch cuando no quiere pensar en lo que está viendo"

Previo al advenimiento de las corporaciones, Estados Unidos era un país de moms & pops, término utilizado para hablar de los pequeños negocios levantados al borde de los caminos por mamá y papá. Negocios familiares, germen del mito del emprendedor americano que, para atraer a los conductores, realizaban sus propios diseños de colores llamativos y factura amateur, de estética inocente y rotundo pragmatismo. "Lo que nos dicen esas fotos es cómo se desarrolló en EEUU el sistema capitalista en relación con la industria del automóvil. Es cierto, la gente era inocente, entusiasta. Las fotos hablan de individuos que querían ganarse la vida sin que hubiera una corporación de por medio", explica el fotógrafo desde su casa de Nueva York.

Margolies lleva 30 años fotografiando esa arquitectura de gusto poco convencional, los bizarros diseños de carteles de moteles, delis, gasolineras o tiendas al borde del camino.

¿Kitsch? El artista se ríe al otro lado de la línea telefónica. "Me da la sensación de que la gente, los intelectuales, hablan de kitsch cuando no quieren pararse a pensar sobre lo que están viendo". Hablemos por tanto de gusto poco convencional. "Mi opinión sobre el gusto es la siguiente: si a ti te gusta algo y a mí no, tú estás en lo correcto y yo también. El gusto está en el ojo del que ve, es totalmente relativo. Es la cultura del establishment la que se empeña en dividir las cosas en buen o mal gusto, en relevante o irrelevante. Creo que observar el diseño popular es importante. Y hacerlo sin condescendencia. Lo que yo fotografío es brillante, esos objetos están gritando por llamar la atención del que pasa".

"Creo que se debe observar el diseño popular sin condescendencia"

Casas-perro, restaurantes a pie de carretera con la forma de una taza de café, una enorme nuez hecha de cartón piedra en la puerta de una granja. La fotografía de Margolies muestra un mundo en desaparición, algo que EEUU ha perdido en el camino de la globalización: la singularidad y la creatividad individual. "Muchos de los lugares que he fotografiado han desaparecido a favor de Wal Marts y centros comerciales que son iguales de lugar a lugar. Los fotógrafos que hoy están haciendo algo parecido lo tienen más dificil".

No hay gente, ni coches en las fotos de Margolies. "Me parecía que si retrataba a las personas añadía un elemento de temporalidad". Por eso, a Margolies le gusta salir muy temprano por la mañana y fotografiar cuando apenas hay nadie en pie. Al fotógrafo, cuyo archivo acaba de pasar a formar parte de la Librería del Congreso que recoge los tesoros culturales de EE UU le interesan los iconos que nos hablan también de los individuos.

John Margolies es heredero de los fotógrafos que el Departamento de Agricultura de la era Roosevelt lanzó a las carreteras americanas para que retrataran la América de la Gran Depresión. De hecho, Margolies ha fotografiado los mismos lugares que Dorothea Lange y que Walker Evans sin saberlo. "Me reconozco dentro de esa tradición fotográfica, en el sentido de que somos fotógrafos que cogemos un coche y salimos a las carreteras a fotografiar el país, pero mi trabajo no ha sido nunca un encargo, llevo 30 años saliendo por mi cuenta", reconoce quien lleva recorridos cerca de 200.000 kilómetros.

La estirpe de artistas familiarizados con la cultura de la carretera americana es larga. Ahí están los también americanos Ed Ruscha, que ha trabajado con la iconografía pop de gasolineras y de la industria del cine, y Jeff Brouws, que confronta la originalidad del diseño popular americano con la uniformidad de los suburbios y los nuevos centros comerciales en series enfrentadas.

En otro sendero, pero también tirando de carretera y manta, el fotógrafo Timothy Archibald editó hace dos años un trabajo, Sex machines, que también recoge la singular creatividad individual nacida en los garajes de los suburbios o las zonas rurales americanas, llevada esta vez a aplicaciones más íntimas. Máquinas sexuales fabricadas con lo que se guarda en el garaje: desde una cortacésped a una batidora.

Para Margolies, su trabajo es testigo de lo que queda de cierto espíritu americano que la voluntad de homogeneización de la cultura corporativa está borrando de la carretera. "Ahora, con las autopistas, se puede ir de costa a costa, sin parase, sin ver nada. Se ha perdido la mística del camino y de la carretera".