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'The Deuce' en HBO ‘The Deuce’, la crónica del negocio del sexo en los setenta contada desde dentro

La primera temporada de ‘The Deuce’ es, del primer al último episodio, una serie marca de la casa David Simon (‘The Wire’) auspiciada por HBO, su gran aliada. Esta vez el experiodista reconvertido en guionista se adentra de lleno en el negocio en torno al sexo en los setenta en la zona de Times Square. Lo hace de manera concienzuda, sin prisa, pero con pluma firme.

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Votos: 3

Fotograma de la serie 'The Deuce' (2017) de David Simon. HBO

El primer episodio de The Deuce, el nuevo trabajo de David Simon y George Pelecanos, su colaborador habitual, está disponible desde hace unas semanas en HBO España, que a partir de hoy y cada lunes lanzará un nuevo capítulo hasta completar los ocho de la primera temporada. Una primera tanda ya vista que cumple con lo que se espera de una serie bajo el sello de David Simon. The Deuce tiene su propio biorritmo, se toma su tiempo para entrar en materia, perfila a conciencia sus personajes y entreteje todas y cada una de las tramas en un ambiente sórdido y de miseria económica y/o moral generalizada en el que muchos de sus protagonistas son auténticos perdedores intentando dejar de serlo.

The Deuce no es fácil de ver y requiere un ejercicio de paciencia y atención por encima de la media. Nada que no sepan quienes hayan visto cualquiera de las series anteriores de David Simon, creador de The Wire, Treme, Generation Kill y Show Me a Hero. Hace mucho este periodista que dejó el oficio asqueado por los derroteros que había tomado habló largo y tendido sobre su particular estilo narrativo, sobre su empeño por hacer series que no pueden enmarcarse en el ratio de predilección del espectador medio y que piden a quienes las ven un esfuerzo extra.

Las informaciones previas al estreno de The Deuce avanzaban que en esta ocasión y tras atreverse con sectores como la política, la educación, el periodismo, el sindicalismo o el ejército, Simon se adentraría de lleno en el mundo del porno. En esos años setenta en Nueva York, concretamente en la zona de Times Square, en los que el negocio estaba en pleno auge y logró su legalización. Sin embargo, la producción protagonizada por James Franco y Maggie Gyllenhaal es mucho más que eso. Es un retrato, una crónica, de un momento histórico y social concreto de una Nueva York poco glamurosa pero muy cinematográfica.

Esa en la que las mujeres eran explotadas por hombres que, bajo el escudo de ejercer de protectores, se aprovechaban de su cuerpo. Ellas se prostituían para sobrevivir y ellos alimentaban sus vicios y gustos caros a costa de sus ‘protegidas’. La escena del piloto en la que dos proxenetas buscan a su próxima adquisición entre las jóvenes recién llegadas del pueblo a la estación lo dice todo. Hombres que no respetan a las mujeres, que las creen de su propiedad y que consideran que son de usar y tirar. Un mundo complicado, el de la prostitución, en el que ellas sobreviven con el sueño roto de, algún día, poder dejarlo.

En el catálogo de prostitutas de The Deuce el personaje más rico y mejor aprovechado es el de Candy (Maggie Gyllenhaal). Ella es una madre soltera que se resiste a responder ante ningún chulo por mucho que la tienten. Debe tener más cuidado al elegir a sus clientes, dice en algún momento, pero es dueña de sí misma. Candy ejerce el oficio por necesidad sin dejar de ser una emprendedora en potencia. Cansada de su propia vida, es capaz de ver en el negocio del porno una salida a una situación económica y personal. Tiene ganas, iniciativa y persistencia. Sin duda, el de Candy es uno de los mejores personajes de The Deuce y huele a nominación para Gyllenhaal, quien construye un personaje desgarrado, hastiado, que logra mantener cierto halo de esperanza.

El ‘quid pro quo’ como filosofía de vida

Candy es una luchadora, no una heroína. En las series de Simon no hay de eso. Sus personajes están plagados de recovecos, de zonas oscuras y segundas intenciones y la mayoría se mueven por interés económico. La tónica dominante es no hacer nada a favor de otro si no se espera conseguir algo a cambio. Quid pro quo en estado puro. Ese policía que se arriesga a destapar la corrupción del cuerpo, ¿lo hace por limpiar la comisaría de agentes vendidos o por ligar con la periodista que quiere contar la historia de la prostitución en Nueva York? Y ella, ¿es tan ingenua como aparenta o solo es un arma de seducción para conseguir lo que necesita del policía en cuestión?

Prostitutas, chulos, agentes, periodistas, mafiosos y un barman con un hermano gemelo adicto al juego. En medio de ese mundo oscuro y turbio, el personaje de Vincent Martino es el equivalente masculino al de Candy, por decirlo de alguna manera. Él, al igual que ella y aunque se crucen poco en la primera temporada, es un emprendedor que quiere salir del hoyo económico en el que se encuentra. En su caso recurre a la financiación de un mafioso de ascendencia italiana, claro, que le ofrece regentar su propio bar. El lote incluye también un burdel, algo que le hace entrar en colisión con su código ético.

'The Deuce' sigue la estela de 'The Wire' y las anteriores series de Simon en cuanto a tono, ritmo, composición y estilo

Porque, aunque la moral de Vincent puede ser más o menos cuestionable, lo cierto es que es de los pocos personajes que parece mostrar cierto respeto hacia las mujeres. Algo que no se prodiga mucho en The Deuce. James Franco es ese barman que planta a su infiel mujer cansado de un matrimonio que hacía aguas desde el inicio y que arrastra tras de sí las deudas de un hermano gemelo, Frankie, que es la cara opuesta de la moneda de los Martino. Dos personajes para un mismo actor que se encuentra con la difícil tarea de interpretar a dos gemelos que comparten numerosas escenas juntos y que sale más airoso como Vincent que como Frankie.

Ambos no dejan de ser retratos complejos que se van desarrollando a lo largo de los ocho episodios que componen la primera temporada. Algo muy habitual en las series de Simon, los personajes de dobles lecturas y múltiples dobleces. Reales, después de todo. Difíciles de entender y justificar en sus comportamientos, pero a los que se les acaba por comprender según sus propios códigos de actuación. The Deuce sigue la estela de The Wire y las anteriores series de este experiodista de Baltimore en cuanto a tono, ritmo, composición y estilo de crónica de sucesos en la que su creador recupera a muchos de los actores con los que ya ha trabajado.

Fotograma de la serie 'The Deuce' (2017) de David Simon. HBO

James Franco y Maggie Gyllenhaal son nuevos en este terreno farragoso y gratificante. Sin embargo, son muchas las caras conocidas de The Wire, Treme y Show Me a Hero que se ven rescatadas en estas crónicas de Times Square. Como esa aparición hacia final de temporada de Clarke Perters, el templado Lester de The Wire y el colorido Albert de Treme. O Dominique Fishback, Gbenga Akinnagbe, Cliff Smith/Method Man, Chris Bauer, Michael Kostroff y Lawrence Gililard Jr., quienes gozan de papeles de peso en The Deuce.

‘The Deuce’ hace gala de un biorritmo propio

El ritmo pausado de la narración hace que la serie se tome su tiempo para todo. Tanto para presentar a todos los personajes implicados (son muchos y complejos) como para adentrarse en la trama del porno, que no arranca hasta mediada la temporada. Los primeros capítulos sirven para contextualizar y entender cómo los implicados en ese mundo en auge llegan a él, las circunstancias que les empujan a ello y cómo para algunos se convierte en su tabla de salvación.

El poder y la fuerza de 'The Deuce' reside en la importancia de los diálogos y el valor de la palabra

Aún así, y siendo el eje central de la serie, lo cierto es que The Deuce más que en mundo del porno en sí –al menos en su primera temporada- se adentra en el negocio del sexo en general, tanto en la producción de películas como en la prostitución y los locales destinados específicamente para ello y en cuál es el funcionamiento de cada ámbito. Quiénes lo manejan. Cuáles son los beneficios. En definitiva, cómo se engrana una maquinaria que mueve mucho dinero. Sin olvidar, como se espera de una serie de Simon, cierto toque de crítica social. En este caso hacia el trato a la mujer, la persecución a los homosexuales y la corrupción de un sistema que mira hacia otro lado mientras no le salpique de lleno el problema.

En un mundo tan turbio y lleno de miserias como este los diálogos son su principal baza para hacer que todo encaje. Después de todo, en cualquier sector empresarial la clave está en la negociación de los términos en los que se producirá la transacción económica por el servicio prestado. Sea este callejero, en un estudio de rodaje amateur o en un bar. En The Deuce todo se cuece en torno a una mesa, una barra, un coche o en interiores en general en los que sus personajes permanecen estáticos, sin moverse demasiado. Los personajes de Simon aquí son completamente opuestos a los de Aaron Sorkin. Los primeros lo dicen casi todo en estado de reposo, mientras que los de Sorkin están en continuo movimiento. El poder y la fuerza de The Deuce reside en la importancia de los diálogos y el valor de la palabra para tejer las complejas tramas en las que se adentran una serie que se mantiene a la altura de lo que se podía esperar de ella.