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El triste final de la "virgen roja", la precoz feminista víctima del delirio de su madre

Hildegart Rodríguez Carballeira murió con apenas 19 años tras ser acribillada a tiros por su propia madre. La joven prodigio, que había sido concebida y educada para convertirse en una suerte de libertadora del proletariado y del sexo femenino, desarrolló una intensa actividad política hasta que sus anhelos de independencia tuvieron consecuencias funestas.

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Aurora Rodríguez y su hija Hildegart.

Estaba llamada a convertirse en “la mujer del futuro”. Una educación minuciosa la convertiría en una feminista precoz capaz de emancipar a la mujer española en tiempos, por cierto, más que revueltos. Nacida en 1914, Hildegart Rodríguez era fruto de un experimento urdido por su madre, Aurora Rodríguez, quien se empeñó, con obstinación legendaria, en traer al mundo a la una suerte de libertadora del proletariado y del sexo femenino. Una heroína moderna que acabaría, de una vez por todas, con el atávico sometimiento de la mujer en nuestro país.

La señora Rodríguez, proveniente de una ilustre familia ferrolana, puso en marcha para ello todo un proyecto paranoide que fue pergeñando desde su más tierna adolescencia. Consciente del patriarcado imperante y de cómo éste había lastrado su porvenir intelectual, quiso saldar cuentas con su tiempo y su país engendrando un “modelo de mujer del futuro”. La historia de estas dos mujeres, de final infausto, la cuenta parcialmente ficcionada el escritor y traductor austríaco Erich Hackl en Los motivos de Aurora (Hoja de Lata), completando las elusiones históricas a base de oficio e investigación.

"Quiso saldar cuentas con su tiempo y su país engendrando un 'modelo de mujer del futuro'"

Vaya por delante que el experimento, como era de prever, no salió bien. Es más, se cerró de forma abrupta la mañana del 9 de junio de 1933 cuando la progenitora tuvo a bien descerrajar sobre el cuerpo de la joven (19 años) cuatro disparos a bocajarro –tres en la cabeza y uno directo al corazón– con una pistola comprada en el Rastro. Terminaba así la delirante empresa de la señora Aurora, una insólita obra de ingeniería de tintes frankensteinianos desbaratada a las primeras de cambio debido a las tensiones madre e hija y a la incapacidad de ésta a la hora de cumplir con la misión que le había sido encomendada.

Por el camino nos queda, y así lo relata Hackl en el libro, la concepción de una superdotada. Con el plan definido, Aurora solo necesitaba de un “colaborador fisiológico” que le proporcionara el gameto de la discordia. Publicitó su anhelo gestante en diferentes periódicos ferrolanos detallando las especificidades que buscaba en su contraparte masculina y respondió al anuncio un sacerdote de la Marina. El clérigo al parecer cumplió con los requerimientos y, tras un encuentro carnal de índole puramente funcional, la futura adalid del feminismo fue concebida.

Tras el alumbramiento, vinieron años de una exigencia pedagógica simpar hasta el punto de que, con apenas dos años, la niña ya sabía leer y con tres mecanografiaba con destreza. De ahí pasó a dominar varios idiomas y con trece ya era titulada universitaria en Derecho. No contenta con ello, procedió a matricularse en Filosofía y Medicina. La sed de conocimiento de la muchacha, inculcada desde su más tierna infancia, no tenía freno. Pronto se convertiría en una activa conferenciante sobre feminismo y sexología en tiempos revolucionarios en los que la trampa de la diversidad no estaba en la orden del día.

Abogó por la separación entre deseo y procreación, se afilió a las Juventudes Socialistas y fue una prolífica colaboradora del Socialista, órgano de expresión de un PSOE que terminó por decepcionar a la joven Hildegart. Parecía que todo iba encaminado, salvo ciertas desavenencias de carácter ideológico (su madre y creadora tiraba más hacia postulados anarquistas), la “escultura de carne” que había modelado Aurora respondía grosso modo a los anhelos que su creadora había depositado en ella.

"Con apenas dos años, la niña ya sabía leer y con tres era capaz de mecanografiar con suma destreza"

Su actividad académica fue fecunda, publicó más de una docena de libros como La rebeldía sexual de la juventud, Sexo y amor, Métodos para evitar el embarazo o La limitación de la prole y entró en encarnizadas disputas dialécticas con aguerridos marxistas de la época. Sus escritos interesaron a reconocidos escritores y académicos de la talla de H. G. Wells, quien, impresionado ante la capacidad discursiva de la joven prodigio, no dudó en ofrecerle una beca en Inglaterra con Havelock Ellis, reputado sexólogo que acuñó el apodo de “la virgen roja”.

Pero, ¿qué pasó?, ¿qué fue lo que desencadenó un desenlace tan trágico?, ¿qué llevó a Aurora a acabar con la vida de su criatura? Hackl apunta a un legítimo anhelo de libertad por parte de la joven para explicar el asesinato. La incapacidad por parte de la madre a la hora de retenerla, y la intención de la hija de abandonar sus dominios para aceptar la proposición de Wells, terminaron por resquebrajar –y de qué manera– la simbiótica relación entre ambas. Triste final para Hildegart; concebida para salvar el mundo y asesinada por pedir un poco de autonomía.

Tras el asesinato, vino el juicio, momento en el que quedó al descubierto el desvarío de Aurora Rodríguez. Fue condenada a 26 años de cárcel en 1934 y posteriormente, debido a una agravamiento de su demencia, internada en el psiquiátrico de Ciempozuelos. La Guerra Civil hace que se pierda su pista hasta que 20 años más tarde, el periodista Eduardo de Guzmán, viejo amigo de ambas, recibe una carta de Aurora en la que le informa de que "está viva y bien de salud". Según se ha podido saber, murió de cáncer en el centro psiquiátrico en 1955, a la edad de 76 años.