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La vanguardia al servicio de la vida

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Un irrefrenable deseo de cambio sacudió el mundo del arte a finales del siglo XIX. De repente el arte bajó de las vidrieras, renegó de las liturgias y salió pitando de los museos para inmiscuirse en lo cotidiano.

Los libros infantiles, las postales, el material de oficina y hasta los botes de soda tendrían ahora también el privilegio de convertirse en objetos artísticos. Lo importante ya no era tanto representar la realidad, sino transformarla desde un nuevo ideal que privilegiaba la libertad del artista. De esa nueva mirada a lo ordinario versa la exposición La vanguardia aplicada (1890-1950) que inaugura hoy la fundación Juan March y recoge obras de 250 artistas de 28 países.

'La exposición es un festín de formas y signos bailando entre sí', explica Manuel Fontán del Junco, director de la exposición. Con cerca de 700 obras cedidas por dos coleccionistas privados —el estadounidense Merrill C. Berman y el empresario de Santander José María Lafuente—, la muestra pone el acento en la experimentación en la tipografía y el diseño gráfico—hasta ese momento disciplinas poco relevantes— a través de un recorrido por bocetos, fotomontajes, carteles, revistas o postales de la época.

Un muestrario de soportes heterogéneo que define un movmiento que se desarrolló ajeno al canon. En este sentido Fontán reniega de la tradicional división entre las bellas artes y las artes aplicadas. '¿Por qué el papel o el cartón no pueden entrar en la historia del arte?, ¿por qué este ámbito es exclusivo de la madera noble, el mármol o el lienzo?'

 El deseo de cambio

 'Sois los amos de todo lo que rompáis', clamaba solemne el poeta francés Louis Aragon en el acta fundacional del Dadaísmo. La necesidad de salir del corsé artístico precedente pasó a convertirse en un objetivo irrenunciable para estos creadores. Las crecientes tensiones europeas que desembocarían en la Primera Guerra Mundial abonaban un escenario plagado de claroscuros donde el progreso científico hacía tangible el sueño de modernidad.

'Si el arte tiene que ver con algo es con el mundo de los sentidos, y es precisamente en aquella época esfervescente en lo social cuando más se criticaba los sentidos heredados', explica Fontán. Bajo ese runrún prebélico, de profunda catarsis, los Marinetti, Ródchenko, Kokochska y compañía fueron dando forma a sus particulares ismos impregnando de vanguardia ámbitos como la propaganda, la publicidad, la arquitectura o la fotografía. 'Es como si llegado el momento los creadores hubieran dicho basta, hemos de devolver el arte a la vida para transformarla'.

Quizá por lo novedoso de sus planteamientos el vanguardismo ha quedado en una situación ambigua. Si en su orígen rehuía de los museos y pretendía transformar la vida, lo cierto es que sólo en parte ha alcanzado sus objetivos. 'Está claro que no logró transformar el mundo con la radicalidad que lo intentaba, pero es obvio que sí ha transformado los modos de comunicar', zanja Fontán.