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"La vida se nos ha ido, y también
nos ha venido, a través de los bares"

El periodista y escritor gallego Juan Tallón publica 'Mientras haya bares' (Círculo de Tiza), volumen que aglutina gran parte de sus colaboraciones para diversas publicaciones.

El escritor gallego Juan Tallón.- J. L

JUAN LOSA

MADRID.- Juan Tallón (Vilardevós, 1975) reivindica en Mientras haya bares (Círculo de Tiza) un espacio físico decisivo en la educación sentimental de los españoles. Un lugar en el que, como dijo en su día Claudio Magris, “la soledad se verifica en medio de los demás”. Es ahí, en ese despegarse de lo ordinario donde surge la mirada certera y lúcida de Tallón, empeñada en iluminar lo que acontece a través de las minucias de lo cotidiano.

“A veces el escritor tiene que desnudarse de alguna manera”, confiesa este ourensano curtido en la velocidad y la desesperación de la crónica política. Un plumilla que pasó de ser la sombra de Fraga a empalabrar los discursos del que fuera ministro de Justicia, Francisco Caamaño. Fue así como parió El váter de Onetti (Edhasa) —su primera novela en castellano—, fruto de esa cura de tiempo que encontró al margen de las redacciones. Le siguieron Manual de fútbol y Libros peligrosos (ed. Larousse), y ahora regresa con Mientras haya bares, donde recopila su trabajo para diversos medios junto a entradas de su blog descartemoselrevolver.com

El bar como refugio pero también como excusa desde donde contar la realidad…

El bar es una experiencia, una construcción literaria, un espacio, un refugio vital pero también literario. Así es como lo trato en el libro, como educación sentimental, todos podríamos reconstruir buena parte de nuestras vidas evocando los relatos que hemos presenciado o protagonizado dentro de los bares; ya sea en una cafetería, una cantina, un pub o una discoteca. La vida se nos ha ido, y también nos ha venido, a través de los bares.

Vertebra muchos de sus artículos a través de escenas domésticas o cotidianas. ¿Son su debilidad?

Siempre he tenido interés en fijar el foco en las cosas aparentemente anodinas y, como bien dices, absolutamente cotidianas. Creo que a veces son reveladoras; todos tenemos facilidad para observar el bulto, como si nuestra mirada estuviera imantada por él, pero a veces, más allá de ese volumen, surgen detalles minúsculos que tienden a esconderse y que permiten entender algunas cosas.

Fijarse en lo que nadie se fija te permite hacer cosas diferentes, esto es algo que el escritor argentino César Aira repite continuamente: “No es tan importante que escribas algo bueno, a fin de cuentas, después de tantos siglos de literatura muchos han escrito ya algo bueno, como que escribas algo nuevo”. Y la novedad está, a veces, en aquello en lo que no reparas.

Miserias personales, pequeñas obsesiones… En ocasiones usted mismo es el blanco de sus diatribas, ¿no le da cierto pudor?

Sí, es cierto, lo he hecho, pero quiero pensar que ha sido una etapa, lo que no significa que de vez en cuando no lo siga haciendo. En cualquier caso, no creo que revelar ciertos fantasmas personales vaya a dejarte necesariamente en mal lugar, a veces el escritor tiene que desnudarse de alguna manera y dado que procuro no tomarme demasiado en serio, puedo exhibirme hasta más allá de lo que puede ser lo normal.

Citas y más citas. Muchas de sus columnas están hilvanadas sobre frases célebres de autores y extractos de sus novelas. ¿Cómo da con ellas?

Entiendo que la explicación a este modo de trabajar tiene que ver con la forma más o menos sucia que siempre he tenido de leer. Aun venerando y teniendo el máximo respeto por el libro desde el punto de vista físico, me acerco a ellos de una manera muy agresiva; tiendo a subrayarlos, doblo sus hojas y no me importa partirle el lomo porque del libro lo que busco es extraer un trofeo. Cuando un libro es bueno, te da algo, te obliga a parar continuamente. Los libros que se leen sin detenerse porque todo transcurre a gran velocidad, pese a que en ocasiones he incurrido en ellos, lo cierto es que al final no me aportan demasiado. Sin embargo, los libros que me interesan son aquellos que me hacen tropezar, levantar la vista, maldecir al autor y subrayar una frase determinada. El hecho de haber subrayado los libros y anotado sus frases en libretas me ha permitido después, en el momento de escribir, tenerlas mucho más presentes, como si dispusiera de un montón de luces encendidas a mi alrededor.

Las pequeñas anécdotas a las que haces referencia permiten a veces ir de lo particular a lo general, lo que por otra parte creo que es de mucha utilidad pues una pequeña historia que ilumina un instante permite a veces comprender mucho mejor que con una explicación más abstracta, ese debe ser el cometido de la anécdota, que provoque una explosión y que ilumine de repente.

Más allá de las grandes obras de los grandes autores, se percibe en su literatura un cierto regusto por la trastienda literaria, por el anecdotario de autor.

Me interesan en especial los diarios, supongo que tiene que ver con la trascendencia que le doy a la insignificancia, a las pequeñas cosas de las que está compuesta la vida. Las pequeñas vicisitudes diarias son la forma en que la vida se va atando. Los grandes acontecimientos son fáciles de evocar, pero al final suelen ser el resultado de esos pequeños acontecimientos en los que no habíamos reparado.

¿Hasta qué punto su formación como filósofo le influye a la hora de escribir?

Creo que el hecho de haber estudiado y leído filosofía a lo largo de cinco años ha acabado dejando un sedimento en mi literatura. Tal vez se manifieste con esa actitud de buscar un porqué a esas pequeñas cosas que pasan desapercibidas, ese modo de ahondar en los hechos, incluso en los más nimios, puede ser un efecto de la carrera, de esa búsqueda de respuesta que atosiga siempre al filósofo.

Da la impresión en muchos cronistas gallegos que no os tomáis demasiado en serio a vosotros mismos y, por ende, a la realidad que narráis.

Creo que es una actitud común que consiste en tomar una cierta distancia sobre lo que acontece a tu alrededor. El hecho de haber vivido entre gallegos en periodos como la adolescencia y la primera juventud, te va forjando un carácter determinado. A fin de cuentas, nadie puede huir de una sombra, siempre acaba superándote. También es cierto que vivimos en una época en la que esa supuesta galleguidad se va diluyendo porque hemos tendido al mestizaje. El gallego ya no es un individuo que vive en una sociedad aislada, pese a que Galicia sigue teniendo un componente rural importante, no cabe duda de que éste es mucho menor que hace cincuenta años. Digamos que hemos estado demasiado en contacto con no gallegos como para pensar que seguimos siendo gallegos del todo, esa mezcla ente el gallego que siempre fuimos y siempre seremos con otro tipo de caracteres es lo que ha producido este fenómeno.

¿Cómo convive el columnista con el narrador? ¿De qué manera condicionan las distancias cortas de la tribuna cuando se escribe novela?

De un modo muy natural, como si te convirtieras en otra persona. Puede parecer imposible pero el hecho de tener muy claro ante qué te sitúas, te convierte en otro Juan Tallón. Cuando te pones a trabajar para escribir una columna para determinado medio sabes que tienes que jugar en otro terreno y con unas reglas de juego diferentes. Todos los días escribo novela y casi todos los días he de escribir alguna pieza periodística. En la novela apenas tengo reglas, salvo aquellas que yo mismo me invento para llevar el texto por donde quiero llevarlo. En cambio, en la columna o en el texto cultural no puedo funcionar así.

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