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El Atleti llama al caos

Los rojiblancos se dejan llevar por la anarquía ante el Racing

ALFREDO VARONA

 

La noche fue un laberinto para el Atlético, incapaz de sacar las cosas de su sitio. Fue un partido discreto y de poco corazón, en el que el Racing se aplicó estupendamente en defensa. Y detrás del mostrador apareció su portero, Toño, que ha ganado muchos juicios. De alguna manera es la tradición de toda la vida en el Racing. Sus porteros están por encima de los futbolistas de campo. Hoy es Toño, pero ayer fueron Damas, Alba, Liaño o Ceballos los que teñían esa portería de color betún.

El Atlético tuvo una vida más con Agüero, ayer capitán y que siempre está en pie de guerra. Pero, al final, se quedó sin conversación ante Torrejón, que salió muy reforzado del Calderón. Acabó ganando los duelos a Agüero con limpieza total. Fue entonces cuando la noche ofreció un buen papel a Diego Costa, una cita a solas con la incertidumbre. Fueron momentos muy puntuales en los que, sin embargo, al delantero le cuesta un mundo. A ultimísima hora, se saltó las reglas y sacó de la nada un cabezazo que exigió la máxima inspiración de Toño. Pero hasta entonces, Diego Costa fue un discreto delantero que se manejó a paso lento, una orquesta de pueblo para tipos de ciudad como Henrique o Torrejón, acostumbrados a vivir en la agonía.

Agüero siempre intentó aportar una vida más, pero no pudo con Torrejón

El partido engorda la crítica para el Atlético, al que sólo le queda una excusa: la lesión de Tiago a los veinte minutos. Sin su mano, había enormes opciones de que triunfase la anarquía, y fue lo que pasó. Raúl García ni siquiera encendió el buzón de voz y salió a palos del césped, incomprendido por la hinchada. Raúl García, en realidad, fue uno de los espejos del Atlético lleno de desorden. Al final, las maletas se perdieron por el aeropuerto y cada uno lo intentó a su manera. El más sensato quizá fue Filipe, que amenazó con alguna causa por la izquierda. Ujfalusi lo intentó por la otra banda por lo civil o por lo criminal, a la fuerza ahorcan. Y hasta Koke pagó la entrada y se sumó a la fiesta. Tuvo algún latigazo que lo podría haber colocado hoy en primera página. Pero quizá hubiese sido demasiado botín para un Atlético que hizo de la confusión un estado de vida.

El Racing no fue más. O, incluso, fue menos. En realidad, administró su propiedad y sólo salió de la gestoría al final cuando despertó a sus delanteros que estaban en la hora de la siesta. Salió Munitis y le acompañó Adrián, que originó detalles de muy buen gusto con la zurda. Rosenberg se adjudicó, en ese estado, una ocasión noble, pero no parece el más puntual de la clase. O quizá tuvo más culpa De Gea, que sacó el pie de debajo de la hierba, porque ya hubiese sido lo último que el Atlético perdiese.

Toño cumple con la tradición de Santander: otro gran portero

Pero en una noche tan equivocada se arriesgó hasta a eso el equipo de Quique, que dedicó los últimos diez minutos a tirar bengalas al cielo. Y todos, como si fuesen prisioneros de guerra, se acercaron al área de Toño. Hasta Valera puso nombre a la voluntad y tuvo su ración para llenar de importancia su nombre. Pero anoche el destino estaba en la camiseta de Toño, un portero que no se cansa de aprender. Quizá por eso cada año que pasa gana más puntos para el Racing.