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Del Piero y al 'catenaccio'

La Juve se adelantó con un gol del ilustre italiano y Ranieri ordenó levantar barricadas. Para cuando el Madrid quiso espabilar, el resultado se le empinó de manera casi irremediable (2-1)

ÁNGEL LUIS MENÉNDEZ

A tipos como Del Piero les brillan los ojos de forma especial cada vez que atisban una cita grande. Son viejos depredadores, acostumbrados a manejarse sin estridencias entre jóvenes fieras con hambre de gloria. Son veteranos sin colmillo retorcido, caballeros de fina estampa y gruesa inteligencia que, a la mínima, asestan bellos golpes como el fabricado ayer por el mítico diez del Juventus. Cuando el elegante Alessandro cazó el balón ya había levantado la ceja. Sabía que Casillas estaba adelantado, así que sacó de su desgastada maleta una parábola de derechas que, tras acabar en la escuadra izquierda, reivindica la calidad de un súper clase.

El partido apenas había nacido, así que el Madrid tenía tiempo para rehacerse. Sobre todo porque el equipo italiano, lejos de rematar al herido rival, jugó a lo que sabe. A defender. Rainieri ninguneó al artista Del Piero que, también listo en eso, simuló dormir. Se salió de la escena y cedió todos los focos a sus compañeros.

Sin rubor, nunca lo ha tenido, el técnico italiano se desgañitaba en la banda pidiendo a sus hombres que se replegaran. Con gestos ostensibles, le pidió que formasen una especie de doble fila entre su área y el centro del campo. Y a fe que sus obedientes discípulos lo consiguieron. Al atasco provocado por los italianos se sumó el colapso involuntario de los bloqueados futbolistas de blanco, y el tapón fue total.

El fútbol del Madrid es inescrutable. La extraña amalgama entre centrocampistas con vocación de delanteros y atacantes a quienes les gusta dejarse caer para crear jugadas no acaba de estar clara. Como resultado, Van Nistelrooy parece el holandés errante cada vez que se acuesta, o le acuestan, en la banda izquierda, y el equipo fía casi toda su pegada a los juiciosos cañonazos de Van der Vaart.

Para cuando Schuster puso orden, el resultado era un horror. Porque el Juventus, sin hacer nada, había marcado un segundo gol, otra vez a los cinco minutos de arrancar, en este caso la segunda parte. De nuevo fueron los buenos, en este caso Nedved y Amauri, los que rescataron a Ranieri. Por supuesto, Claudio, confeso cabezón, no se ablandó. Celebraron el tanto, les dio unas palmaditas y, aún con más "razón", de nuevo par atrás.

Esta vez, con un Madrid más lógico, el asunto fue peliagudo. El Olímpico, edificado sobre las ruinas del mítico Comunale, revivió una noche de puro catenaccio. De presión, golpes y patadones a la italiana, con el descaro del que nació para ello. Un tiro al palo de Robben, cuya presencia revolucionó el partido, anunció la emoción. Y, poco después, la perenne aparición letal de Van Nistelrooy, certificó un final angustioso y heroico, no se sabía entonces muy bien para quién.

El Madrid encerró al Juventus, le sometió a un asedio sin tregua que quizás mereció el premio del empate, objetivo poco ambicioso desde el punto de vista blanco teniendo en cuenta la situación anímica y deportiva con la que aterrizaron unos y otros a la cita. Pero ni eso.

Las acometidas de los españoles murieron en las botas de los zagueros albinegros. El Olímpico rugía como en los viejos tiempos, los más veteranos aficionados se frotaban los ojos soñando con glorias pasadas. Les bastaba con asistir a la rácana versión de un equipo que sólo necesitó poner en la balanza kilos de casta y unos valiosos gramos de calidad.

El conjunto madrileño, desesperado, se fue descomponiendo. Salieron a relucir los viejos defectos que tanto mal le han hecho en Europa, y hasta Casillas se comportó, en el reino de Buffon, como un desconocido. A los defensas les temblaron las piernas, los centrocampistas se formaron mil y un líos, y al final todos acabaron buscando una fugaz acción particular, sin conexión ninguna. Cuarenta y seis años después, el Madrid no pudo romper su mal fario ante la Juve en Turín. D