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Cómo echar a una afición del campo

Otro partido bochornoso del Atlético ante el Málaga (0-2) desilusiona al Calderón

LADISLADO JAVIER MOÑINO

El Atlético se enciende y se apaga con la facilidad de la llama de un mechero. Se calienta en la Copa y en plena euforia de su afición, por olisquear la posiblidad de ganar un título, se apaga en la Liga. Ya no se sabe si la cacareada dinámica del equipo y del club es una montaña o una ruleta rusa.

A Quique le dio por dejar de inicio a Agüero y Reyes en el banco, pero este equipo no está para rotaciones porque no le sobra nada. Ni puntos, ni goles, ni jugadores y mucho menos fútbol. Los males del Atlético ya no son una mera cuestión de resultados. La derrota se ha convertido en habitual, el problema es el cómo. Los bodrios y la falta de competitividad de los futbolistas son indignos del escudo y la camiseta.

Por eso los aficionados se marchan del Calderon faltando media hora y los que se quedan lo hacen para señalar culpables. El primero fue Antonio López, al que Gámez reventó a la carrera antes de asistir a Duda en el primer gol. Una jugada muy similar a la que propició el gol de Manu en Getafe. Un centro raso que se pasea por la frontal del área pequeña y que nadie acierta a despejar. Tampoco Simao a cerrar ante la ausencia de Ujfalusi, atendido en la banda.

El otro gran señalado fue Perea. Este siempre está en las apuestas de los posibles a increpar antes de los partidos, pero él mismo suele postularse y concretarse como gran favorito cuando echa a rodar el balón. Le dio por hacer una acrobacia cuando despejó el centro de Baha que generó el segundo tanto del Málaga. Se tiró en plancha y giró el cuello para despejar el balón hacie el punto de penalti cuando lo más normal era haber dirigido recto el rechace, hacia la banda, no hacia su área.

La asistencia la aprovechó Javi López, uno de los diez canteranos que Muñiz ya ha hecho debutar esta temporada. Un jugador de banda derecha con más fútbol e intenciones que cualquiera que pudiera tener ayer enfrente. De ganas, mejor no hablar.

El divorcio del Atlético con el balón es tan manifiesto que su mejor pase del primer tiempo fue un saque largo de De Gea que peinó Ibra y voleó Forlán a las manos de Munúa. Este Atleti ni quiere ni sabe qué hacer con la pelota. La trata mal y la entrega peor, sin ninguna intención más allá de lo que le dé individualmente a cada uno, que es poco y discontinuo. Menos todavía si Agüero está en el banquillo. A él y a Reyes recurrió Quique en el descanso.

El técnico sentó a Ibra, que estuvo más digno que Forlán, para darle entrada al argentino. Por lo menos el chico corrió para mostrarse. Al uruguayo ni se le vio. La presencia de Agüero esta vez no revolucionó al equipo más allá de un par de arrancadas. Sin fútbol, no puede hacer milagros todos los días. Ni tampoco la afición soportar una hora y media de no se sabe qué.