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Frank Sinatra Cesc

La voz desde los 11 metros tenía la intuición de marcar el penalti definitivo

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Otra vez Cesc, como hace cuatro años. Otra vez Cesc, que recuperó el modo más emotivo de vencer. Otra vez Cesc, que se sintió Frank Sinatra, la voz desde los once metros. Otra vez Cesc, que no tuvo miedo a un trabajo sin precio. Otra vez Cesc, que tuvo esa intuición, como hace cuatro años ante Italia. Quizá porque la imaginación gobierna el mundo o porque los héroes tienen esa extraña habilidad de anticiparse al futuro. Por eso le pidió a Grande, el ayudante de Del Bosque, lanzar el quinto penalti para respetar la angustia y respetarse a sí mismo. No sólo fue un acto de futbolista.

También de personaje en una noche en la que España puso precio al corazón. Hasta la prórroga, no encontró a su familia. A partir de ahí, ya sí, arrancó una misión imposible. Volvió la música y el gol encontró el pasaporte, antes de que Cesc patease el penalti definitivo. Volvió esa España que nos hizo mejores, en la que Sergio Ramos ganó un duelo de atletas a Cristiano (minuto 107), que fue como una medalla de oro. Después, Ramos regresó en la tanda de penaltis con la mente limpia y el corazón pacífico. A un futbolista de raza como él ya no se sabe si habrá que recordar el día de mañana por su frialdad o por su pasión. Que Pirlo, con ese talento, se atreva a lanzar un penalti a lo Panenka en medio de la agonía tiene un pase; que lo haga Sergio Ramnos (que, evidentemente, es otro tipo de futbolista) merece el monumento.

Al fondo quedó un partido tremendo, que pasó por todos los estados emocionales posibles. Los primeros noventa minutos se llenaron de dudas salvajes, de un equipo saturado, perdedor en el uno contra uno y muy difícil de corregir. Incluso, la sustitución de Xavi fue como un golpe de Estado a los últimos cuatro años. Pero la decisión de Del Bosque fue lícita, como la vida misma, sostenible en un clima que parecía insostenible. Minutos después de desaparecer Xavi, Meireles dirigió un contragolpe con rapidez y sabiduría para Portugal. Licenció a Cristiano, que no fue un mal Cristiano, pero en esa jugada sí. Su respuesta fue un homenaje al mal gusto o, en cualquier caso, un tiro con el calibre equivocado. Qué horror y qué milagro.

Sin embargo, la prórroga ya fue otra cosa, animó a España y cambió nuestros corazones. Volvió esa hegemonía de los últimos cuatro años. Salió un equipo decidido, incapaz de jugarse su destino a una lotería. Tuvo otro aspecto y fue otra España, una esperanza real con Navas, con Jordi Alba, con Iniesta y con esa carrera de Pedro a la que sólo le faltó cruzar la línea de meta. A esas alturas, ya daba igual que existiese nueve o no. El debate era lo de menos. Lo importante es que la portería de Rui Patricio descubrió la incertidumbre. Y, en ese escenario, España fue el único equipo que no se resignó a los penaltis, todo lo contrario que Portugal que hasta entonces fue un rival lícito. Jugó con dureza y organización.

No se sintió inferior en ninguna parte. Supo lo que hacer con la pelota a la que ofreció el precio justo. Jamás renunció a nada, ni siquiera a ganar el partido en el último minuto, pero en la prórroga ya sí. Entonces se resignó al esfuerzo de sus centrales, al valor de su portero, que le sacó un balón a Iniesta casi imposible, pero.... A la larga, sólo retrasó el principio del fin para Portugal que murió en la orilla, en la zona más misteriosa y cruel y en la que los perdedores siempre pueden acusar al fútbol de ser el deporte más injusto, pero... lo cierto es que, desde el punto de penalti, Cesc ha construido una reputación. Cuatro años después, reapareció ‘La Voz' desde los once metros.