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Marta Mangué: "Es triste la situación a la que ha llegado el país y el estado de muchas familias"

ENTREVISTA. La selección femenina de balonmano es un fijo para luchar por las medallas en Río. Su capitana aguarda los Juegos para retirarse con honores. "Muchas viven del amor al balonmano, porque creo que una buena parte ni cobrará", denuncia.

Marta Mangué, durante un partido con la selección española. JAVIER SORIANO / AFP

MADRID. -Tengo el tendón fastidiaillo —revela con el gesto algo torcido, pero sin perder la alegría de su rostro ni el brillo de sus ojos.

Marta Mangué (Las Palmas de Gran Canaria, 1983) se sienta en uno de los bancos de madera del modesto pabellón y le retiran lentamente, con mucho mimo y cuidado, el vendaje que protege su pie izquierdo. Hace unos diez minutos que ha acabado un intensísimo entrenamiento con la selección femenina de balonmano en el complejo del Consejo Superior de Deportes, al noroeste de Madrid.

“Nos dijeron que acabaríais antes de las once”, le decimos. “Nunca acabamos antes de la hora. Jorge nos tiene al límite hasta el final”, responde entre un par de resoplidos. La práctica se inició hace ya dos horas y ha finalizado sin tregua y con flexiones por parte de medio combinado; el que ha perdido el partidillo final.

“Las chicas están cansadas porque vienen de viaje”, concede Jorge Dueñas, el seleccionador nacional. No se nota en exceso. “Creo que estamos en un momento físico bastante bueno, jugando bastante bien, aunque el Mundial no salió como esperábamos”, opina la canaria. En diciembre, el equipo que acostumbró en los últimos años a España a colgarse medallas, cayó apeado del torneo en octavos por Francia. Demasiado pronto. Este verano, el reto se antoja mayúsculo: lograr presea en los Juegos Olímpicos de Río.

Brasil, sin embargo, no está aún en la cabeza del preparador: “Río no me preocupa ahora”. Sí en la de sus pupilas, que sueñan, al menos, con emular el exquisito bronce de Londres. Mangué, rompedora de récords, fantasea con algo más. Un color que le haga poner el freno de mano con postín. “Mi ilusión es el oro, porque no tengo ninguno. Ojalá sea en este campeonato, porque puede que sean mis últimos Juegos. Ya tengo 33 años y sería la guinda”.

Puede presumir ahora la jugadora de origen ecuatoguineano de dos platas europeas, un bronce mundial, otro olímpico, récord de goles y de partidos con la selección. Pero pudo haber sido cualquier cosa si hace años alguien de la federación de balonmano no le hubiera dado un ultimátum: “O vienes o te descartamos”. Tenía diecisiete años y había estado desde los ocho compatibilizándolo con el atletismo.

A ella le picó el balonmano en su colegio, donde era el deporte rey en un país hasta la bandera de fútbol. “Y en el barrio en el que vivía, o hacías deporte o hacías otra cosa. Y para hacer otra cosa y dedicarte a la mala vida…”. Podía haber sido cualquier cosa. En su club grancanario su entrenador le vio un futuro en el lanzamiento de jabalina y de disco. Un porvenir repleto de contradicciones que ella no compartía: “No me gustaba nada, no me llenaba, pero se me daba bien”. Entrenaba en el recreo y una hora antes del balonmano. A veces sola. Era tan buena que fue una vez campeona de España de jabalina y dos de disco. Pero no podía luchar contra su verdadero deseo. “Si me hubiera acabado decantando por el atletismo, no sé si ahora seguiría compitiendo”.

Sin embargo, al disco y a la lanza les debe algo. Dieron a sus lanzamientos con el esférico algo especial. Puede que sin la jabalina y el disco que tanto odiaba no hubiera sido la estrella del balonmano que es ahora, la capitana. Ya antes de estrenar la mayoría de edad iba para rock star: debutó con la absoluta y compitió un mismo año por esta selección, por la juvenil y por la junior.

-Eso no lo habrán conseguido muchos.

-Creo que no lo ha hecho nadie.

Responde con orgullo la guerrera de las trenzas de oro, a la que le dio tiempo de hacer un curso de auxiliar en enfermería, y que con 23 primaveras dejó España para irse a la aventura danesa. Sola y sin saber ni pizca de inglés. Dio el salto unos años antes del gran éxodo provocado por la crisis. “Hoy en día, tal y como está España, aconsejo salir. Si te dan mejores condiciones y te valoran más fuera, tendrás que irte”.

En Dinamarca 'flipó' con la profesionalización del balonmano y se deprimió con el estilo de vida y el clima. “Es triste y frío, todo cierra a las cinco y en invierno, a las tres de la tarde es noche cerrada”. Demasiado para ella, acostumbrada a la calidez canaria, aunque no fueron la oscuridad ni las lluvias lo que la desplazaron de allí. Problemas económicos con su club la llevaron a Serbia y después giró hacia Francia, desde donde actualmente observa el deterioro en España de todo el deporte, como el suyo, y las miles de vidas rotas por la crisis. Incluida, durante un tiempo, la de su familia. “Hubo momentos complicados porque es algo que afecta a todo el mundo. Y mis amigos también lo han pasado bastante mal. Es triste la situación a la que ha llegado el país y el estado de muchas familias. Ojalá salgamos ya pronto de esta”.

Aunque ahora no hable con sus compañeras de vestuario en el Brest Bretagne sobre política, todos saben la que está cayendo en España desde hace tiempo y que las jugadoras que pueden se marchan en cuanto se les presenta la ocasión. “Al deporte femenino le toca sufrir aún más. Muchas viven del amor al balonmano, porque creo que una buena parte ni cobrará ni tendrá contrato”. Si Río le concede el deseo del oro, se retirará con honores la guerrera canaria y se pasará al banquillo. “El espíritu de guerrera siempre lo tuve. No sé cómo se me dará ser entrenadora, pero lo intentaré”.