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Un hijo de los Juegos del 92

Albert Soler, 45 años, es el nuevo secretario de Estado para el deporte

IGNACIO ROMO

Albert Soler, como dirigente deportivo, nació del fuego olímpico. Fue uno de los miles de personas que hicieron posible el éxito organizativo de los Juegos de 1992. Trabajó en el área más querida por el público: el de los voluntarios.

Un día, ya después de los Juegos Olímpicos, Pasqual Maragall le dijo que aquel espíritu no podía morir. Entonces nació la asociación Voluntaris 2000, que Soler presidió durante seis años y que sigue aglutinando a los voluntarios olímpicos y paralímpicos en acontecimientos deportivos de Barcelona.

El barcelonés Albert Soler comenzó a estudiar la carrera de INEF en 1988. La interrumpió en 1991 para trabajar en el COOB un año antes de los Juegos. En 1993 comenzó a trabajar en el Ayuntamiento de Barcelona, donde llegó a ser director de deportes y estuvo hasta 2008 cuando fue reclamado en el Consejo Superior de Deportes por Lissavetzky.

Soler es un experto en promoción deportiva, en todo aquello que no es deporte de alto nivel. En el Consejo ha alumbrado el Plan A+D, que incluye deporte de base, promoción, mayores, discapacitados y acciones de inclusión social.

Su experiencia como deportista se centra en el waterpolo y el rugby. Jugó en la Primera División de waterpolo en el CE Mediterrani. Posteriormente fue entrenador (y jugador) de otro equipo, el Martinenc. También jugó al rugby durante tres años, en el Universitari. Estos dos deportes, el del balón ovalado y el del balón de piscina son sus favoritos para ver.

Soler, casado y padre de una hija de 11 años y un hijo de seis, suele confesar que las motos son su otra pasión. "Como aficionado, prefiero las motos a la Fórmula 1. Veo siempre la MotoGP".

Como practicante, compite todos los años en la Marató de Barcelona (tiene 2h58' como mejor marca) y actualmente piensa en probar suerte en el triatlón. Reside en la Residencia Blume del INEF de Madrid y acostumbra a pasar los fines de semana con su familia en Barcelona.

Soler, como director general, era el número dos del CSD hasta ayer. Siempre fue el candidato que Lissavetzky propuso al presidente Zapatero. Tiene ante sí apenas un año para sacar adelante la Ley del Deporte Profesional y seguir bregando con los problemas del fútbol profesional. También están sobre la mesa las operaciones de dopaje. En esto último ya es un especialista. A la fuerza.