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La reina de la piscina: "Soy una 'amateur'; aún no considero nadar como mi carrera"

La estadounidense Katie Ledecky, considerada como la mejor nadadora del momento a sus diecinueve años, copa portadas en EEUU y aspira en Río a cuatro medallas, pero mantiene los pies en el suelo y la cabeza fría. Una vez al mes da de comer a sin techo y repara bicicletas para los países subdesarrollados

La nadadora estadounidense Katie Ledecky durante su rueda de prensa previa a debutar en los Juegos. /AFP

Ha hecho saltar por los aires once récords mundiales y es la gran dominadora mundial de la natación desde hace tiempo. Y aún ni lo considera su carrera. “Soy una nadadora amateur; aún no considero nadar como mi carrera”, insiste con los pies en el suelo, desde los dedos al talón, Katie Ledecky en una entrevista reciente con Público con motivo de los premios Laureus. Y sólo cuenta diecinueve años.

La corta vida de Ledecky (Washington, 1997) ha sido desde los Juegos de 2012 una montaña rusa que sólo sube y que amenaza con no descender en mucho tiempo. Aquel año, con quince primaveras, dejo su rostro de niña en el vestuario, abandonó el túnel de vestuarios y apareció ocultando sus ojos con unas gafas, una toalla blanca colgada de sus hombros y las manos temblorosas. Pero no por los nervios. Nada en ella, desde luego, transmitía esa sensación. Simplemente calentaba sus extremidades. Como colofón, añadía una boca casi cerrada, que sellaba apenas dos segundos después mientras caminaba hacia su poyete. Parecía una veterana.

En los últimos cincuenta metros sacaba casi tres cuerpos a su más inmediata perseguidora. Tras tocar la pared, se quitaba el gorro, sumergía su cabeza como dándose un baño de realidad y al fin descubría su mandíbula. Una sonrisa incrédula de quien acababa de agarrar el oro en la final de los 800 metros libres con el segundo tiempo más rápido de la historia. Después deja escapar alguna lágrima. Porque, claro, sólo tenía quince años.

Entre aquella epopeya y ahora, la colegiala se ha convertido en reina. Ha pasado de nadar carreras de fondo a saber también ganar en competiciones de velocidad, como ya demostró en los Mundiales de Kazán del año pasado. Entonces, además de en los 400, los 800 y los 1.500, venció también en las finales de los 200 y los 4x200, la primera en la historia en lograr tal hazaña. Se ha convertido una nadadora tan completa que sus rivales y medio mundo se preguntan cómo ha adquirido tal dominio. “Su fuerza no reside en ningún atributo físico. Ni siquiera en ninguna técnica en particular. Está en su abrumador deseo de hacer lo que necesite para mejorar”, estimaba en Vogue Bruce Gemmell, su entrenador. Aunque más tarde, en ESPN, explicaría que Ledecky “agarra del agua y tira de ella como si fuera una escaladora”.

Ella lo achaca a su sacrificio: “Entreno duro. Creo que, al menos según mi experiencia, el éxito en la natación se obtiene a través de ello, además de estableciendo objetivos y tratando de alcanzarlos”. Así creció Katie, poniéndose marcas. En 2013, junto con su preparador, se propusieron varias mirando hacia Río. “Desde entonces hemos tenido que ir añadiendo algunas cosas”, decía en un amplio reportaje para Vogue la chica de ciento ochenta centímetros estilizados pero sin apenas músculo. ¿Cuál es entonces el techo de la joven estadounidense, que ha acumulado catorce oros desde Londres? “Sólo deseo seguir trabajando duro, encontrar la manera de seguir mejorando. Continuaré nadando, siempre y cuando tenga salud y siga disfrutando de este deporte tanto como lo hago ahora”, es todo lo que puede pronosticar en una entrevista con este diario.

No hay en su ya madura cabeza rastro alguno de añoranza de una infancia o una adolescencia corriente. “La recuerdo con mucho cariño, llena de diversión. Crecí en una gran comunidad en la que recibí una gran educación e hice muchos amigos. Siento que he tenido una juventud muy normal, llena de felicidad y de amistad y sin dificultades. Fui a la escuela con normalidad y tenía compañeros que se preocupaban, y amigos y compañeros de equipo que me trataban del mismo modo en que lo harían con cualquier otra persona”.

Los medios estadounidenses ya la han abrazado como la mejor atleta de su país y como el presente y el futuro de la natación. La revista Time la ha incluido entre como las cien más influyentes de 2016. Pero ella no siente para nada esa presión. Ni siquiera la del día a día. La de la tremenda rutina que le obliga a levantarse a las cuatro de la madrugada para ir a nadar miles de metros en una piscina de Maryland. En la soledad del agua, que para los nadadores suele ser un oasis en el desierto. “A veces me centro en mejorar alguna técnica en particular o en hacer un tiempo parcial determinado. A veces simplemente compito con mis compañeros de equipo. A veces puede que tenga una canción en mi cabeza. A veces puede que no esté pensando en nada”, revela.

Su brutal rutina aún le deja espacio para servir comidas a sin techo una vez al mes y para recoger y reparar bicicletas para los países subdesarrollados. Su mirada, su rostro, su carácter y su madurez dirían que roza la treintena y sólo tiene diecinueve. Su más que probable monopolio en los Juegos Olímpicos de Río comienza este sábado con las eliminatorias de los 4x100. Después, los 400 metros libres, en los que es favorita junto con la prueba que la lanzó a la fama, los 800 libres. También se lanzará a por los 200 libres, en la que tiene muchas opciones de colgarse el oro, y en los 4x200. Luego, en otoño, comenzará a estudiar en la Universidad de Stanford. “Espero que a medida que continúe con mi educación, encuentre mi futura carrera”. La natación parece sólo un divertimento para la reina de la piscina.