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Soderling derroca a Nadal en Roland Garros

Söderling apea a Nadal en octavos de final, antes de que el torneo entre en su segunda semana. El número uno cae en la tierra batida por 6-2, 6-7, 6-4 y 7-6 parisina tras cuatro títulos y 31 victorias consecutivas

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Nadal se estira en el partido de ayer en busca de una bola de Söderling.  - REUTERS

Expulsado de casa, despedido sin remisión del paraíso. En la segunda semana, sin esperarlo, todo será diferente, como si Roland Garros se hubiese detenido y caminase confuso, sin un futuro cierto, desnortado. Rafael Nadal, el intocable, perdió en París. Su tío, en una entrevista previa al torneo, ya advertía de que alguna vez Rafa terminaría derrotado. Sonaban sus palabras a la cautela habitual del mentor del número uno, igual que ese mantra que dice que hay que ir partido a partido. Pero no sonaba a premonición.

Los expertos no concebían antes del torneo que Nadal pudiese sucumbir, acostumbrado como estaba a ganar con insultante superioridad en la arena de Roland Garros. De hecho, el biotipo del rival que estaba llamado a ganar al rey era el más alejado de Robin Söderling.

Algunos entrenadores, poco antes del torneo, creían casi imposible la derrota y, si se diese, sólo concebían que un jugador resistente, aferrado a la tierra, maestro de las artes defensivas, podía desafiar la dictadura del balear. Todo lo contrario, el que apeó del sueño a Nadal es un sueco larguirucho, con más potencia que táctica, un pegador de éxito moderado que no parecía suponer un obstáculo en el camino del español hacia la normalidad, la victoria, la gloria.

Los pronósticos fallaron; el sueco no aceptó el papel de víctima que le aguardaba en la central. Se dedicó a improvisar y terminó desbaratando el guión marcado para convertirse en héroe de la pista Philippe Chatrier, el escenario de los mejores momentos de Nadal y, también, de la mayor sorpresa del año, una salida prematura, aún en octavos.

Si la pregunta es qué pasó para que sucediese el imposible, las respuestas deben mirar a Nadal. No en vano es el número uno y era, hasta la derrota de ayer, el único favorito en París. El problema estuvo en él, sus bolas fueron cortas y no consiguió darles el peso que habitualmente le distingue, caminaba errático sobre la pista, desconocido, lento de piernas. En definitiva, no se pareció a Nadal, no al menos el que hasta ayer habían contemplado los ojos de los parisinos, una y otra vez victorioso, como un martillo de rotundidad histórica. Söderling aprovechó la coyuntura, sacó de lujo y adecuó sus armas ofensivas para hacer sufrir hasta la extenuación al español.

El dolor de la derrota es doble, Söderling es uno de los jugadores con los que Nadal mantiene una peor relación en el circuito, una mala sintonía que surgió hace dos años en Wimbledon, tras un maratoniano partido que duró cinco sets y tres días en el que finalmente ganó Nadal. Al terminar el encuentro el sueco arremetió contra las formas en la pista del español, su rencilla pasó a ser parte del panorama del tenis mundial.

Con la derrota, además, se diluyen algunos sueños más. Ya no habrá Grand Slam, al menos no este año, ni se romperá el récord de títulos consecutivos en Roland Garros que comparte con Borg, uno de los pequeños sueños que tenía el equipo del balear este año. Ahora el cuadro queda huérfano, dispuesto a ser aprovechado por alguno de los tenistas que quedan . Alguno que, antes del partido, no podía soñar con levantar la copa de los mosqueteros.

Tras las derrotas de Nadal y Djokovic la oportunidad parece propicia para Federer. El suizo puede cumplir todos sus sueños de una tacada, ganar en París, su único territorio inexplorado, e igualar a Sampras, pero su tenis en la primera semana tampoco ha dado muestras de que eso vaya a ser fácil.