Estás leyendo: Verdú se cobra un cadáver

Público
Público

Verdú se cobra un cadáver

El Atlético cae de forma estrepitosa ante un Espanyol que le sentenció en los 20 primeros minutos

ALFREDO VARONA

Con otro rival que no fuese el Atlético, Verdú estaría en busca y captura. Pero en el Atlético no, porque eso significa cabeza alta y horas de trabajo. Y en el Atlético la motivación es muy chica para hacer locuras. Así que aceptó una vida plana y sin crucigramas. El talento de Verdú le despachó en un momento. A los siete minutos, había establecido un partido amistoso para el Espanyol. En el Atlético, nadie se apenó por ello. Ni siquiera Courtois, que hasta no hace mucho parecía un príncipe encantado. Hoy ya no. Ha aceptado su lugar en esa corte de suicidas. Y como nadie se lo reprocha, a partir de ahora, se trata de ganar jerarquía.

Ante esta gente, el Espanyol se lo pasó bomba. Jugó sin fuego y hasta Romaric, tradicionalmente un hombre de hierro, pareció el príncipe Bel-Air. En el tercer gol se aproximó al área y decidió con una ironía que no cuaja con un futbolista de ese músculo. Ahora bien, si existe barra libre, uno puede hacer abdominales antes de llegar al almacén. Y eso pasó con Romaric que, ante todo, es un tipo listo al que, si se le presta placer con la pelota, no va a rechazarlo. Y anoche fue un partido sin exigencias.

Cada futbolista del Espanyol fue un emperador en su zona, la diferencia entre niños y padres. Y apareció Thievy, cuyo físico amenaza la revolución francesa. Junto a Verdú, es una marca de categoría. Pero no sólo eso. También representa la fidelidad del futbolista que, antes de serlo, fue un fanático. El resto pertenece a su mirada encendida, la que no tienen la gente del Atlético, a día de hoy ejército de oficinistas a los que importa el horario, no el prestigio.

Sólo hubo una opción de que el partido se corrigiese. Fue a la media hora con el gol de Falcao en el que picó piedra con buena nota.

Entonces levantó el puño y cogió el balón con prisa para armar la primera piedra de la revolución. Y el hecho de que saliese Adrián alimentó la capacidad para soñar. Pero antes de que cambiase el lenguaje corporal, el Atlético se destrozó a sí mismo. Entre Miranda y Godin prepararon un error descomunal que Sergio García convirtió en el cuarto gol. Ahí se acabó todo y ya existió poca guerra entre el quiero y el puedo. La pasión estaba en la caja fuerte, no en el campo. Así no se admite la sorpresa.

La segunda parte fue un discreto día en la oficina. El gol del Atlético, casi sin querer, llegó tarde. La esperanza ya no estaba despierta. La bandera blanca vivía en paz, porque en el Atlético se improvisa todo, hasta los horarios de las comidas. Gabi y Mario Suárez son dos aspirantes, a día de hoy, incapaces de ordenar sus agendas. El balón, a su lado, muere tan pronto que no hay tiempo para imprimir la esquela.

El orgullo de Turam no es suficiente porque un futbolista que juega solo es un loco de atar en estos tiempos. Ante ese plan, la solución del entrenador es Assunçao, que tal vez tenga tanto talento que debería aspirar al próximo Balón de Oro. Al menos, en la imaginación de Manzano, que se parece a la de una señora mayor que se deja gobernar por los ojos de los futbolistas y no por sus botas. Así que el Atlético es un equipo de gentes que parecen pasadas de moda en la que Diego es un bohemio y Falcao, para no romper con su entrenador, amenaza con la resignación.