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África opta por un peligroso tratado de libre comercio en pleno auge del proteccionismo mundial

Apoderándose del discurso panafricanista, los líderes continentales impulsan la creación de la mayor zona de libre comercio del mundo cuyos efectos son por ahora más cosméticos que prácticos para la mayoría de la población.

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Un trabajador verifica una tarjeta electrónica que muestra datos del mercado durante una sesión de negociación en la Bolsa de Valores de Nairobi en Nairobi./REUTERS

Pese a la entrada en vigor del tratado del Acuerdo de Libre Comercio Continental Africano (AfCFTA) esta misma semana, transportar un coche de Costa de Marfil a Etiopía seguirá siendo, al menos de momento, tres veces más caro que hacerlo desde Japón. Y continuará requiriendo mucho más tiempo: la media de espera para los contenedores de mercancías en África sub-sahariana es de dos semanas, frente a la semana que emplean los puertos más importantes de Asia, Europa o América Latina.

La unión comercial, ratificada por 23 de los 52 países que han suscrito el acuerdo (todos los del continente menos Benín, Eritrea y Nigeria), es una potente declaración de intenciones en un momento en el que la geopolítica internacional liderada por Donald Trump se encamina hacia el proteccionismo. El continente, cuyo PIB conjunto es similar al de potencias como Francia o Reino Unido, necesita mejorar sus rendimientos comerciales: los tráficos internos suponen apenas el 20% del total, frente al 62% de la Unión Europea.

El nuevo acuerdo viene a intentar resolver el problema. Según la Comisión Económica de Naciones Unidas para África, permitirá aumentar en más de un 50% el comercio interno del continente para 2022. “Impulsar el comercio intraafricano es la forma más efectiva de llevar el crecimiento y el desarrollo al continente”, defendía hace unos meses uno de los portavoces de la Unión Africana (AU) Kwesi Quartey.

La organización africanista, a espejo de la propia UE, aspira a crear en el futuro un mercado común sin aranceles para todos los estados del continente. Sin embargo, lo firmado hasta el momento solo compromete a eliminar tasas al 90% de los artículos, lo que en la práctica podría llevar a que los productos estratégicos mantengan su tasa arancelaria actual.

"Dejar que se siga protegiendo el 10% de los productos puede, en la práctica, invalidar gran parte de los beneficios del acuerdo al permitir a cada país elegir estratégicamente los productos que van a seguir protegiendo. El impacto de estas excepciones podría reducirse colocando la limitación del 10% al valor comercial y no a los productos e incluyendo disposiciones para liberalizar el 10% restante en periodos de implementación más largos”, subraya un informe del Policy Center for the New South.

“El tratado no habría sido posible sin una concesión de este tipo. Y a pesar de todo, supone un cambio gigantesco. Es un momento crucial en la historia de África postcolonial. Aunque todavía queda mucho trabajo por hacer para conseguir que lo acordado en el papel sea una realidad, el AfCFTA muestra que el desarrollo económico en África no es un ‘juego de suma cero’, sino que cooperando entre los países se pueden obtener mejores resultados para todos. Esto es especialmente relevante a nivel regional dados los numerosos casos de oportunidades perdidas en proyectos de cooperación en infraestructuras”, replica el analista del Wilson Center, Terence McNamee.

Hasta la fecha, ejemplos de tratados bilaterales como los suscritos por Angola y Zambia se han revelado ineficaces para mejorar los intercambios comerciales: más que los aranceles, las dificultades para el continente nacen de la corrupción que lastra cada transacción y, sobre todo, de la falta de infraestructuras: en 2015, el 75% de las carreteras del continente no estaban pavimentadas. En Busia, una de las principales arterias del tráfico comercial entre Kenia y Uganda, apenas hay una carretera asfaltada, una inmensa línea recta, por la que no paran de circular camiones y furgonetas cargadas con productos hortofrutícolas. Transportarlos desde y hasta las aldeas solo se puede hacer a pie o en moto cuando los caminos dejan de estar embarrados.

Consciente de las carencias, la AU promueve desde hace una década Programa de Desarrollo de Infraestructuras para África (PIDA, por sus siglas en inglés), más de 360.000 millones de dólares de inversión para instalar 37.200 kilómetros de autopistas, 30.200 de vías férreas y 16.500 de líneas eléctricas, así como generar 54.150 megavatios de electricidad a través de centrales hidroeléctricas y aumentar la capacidad de los puertos africanos en 1.300 millones de toneladas. Hasta 2040 calculan que no habrán logrado mitigar la brecha de desarrollo del continente.

¿Y las personas? Tapiwa, lleva y trae productos entre Zimbabue y Sudáfrica desde hace más de un lustro, pero no puede residir legalmente en Ciudad del Cabo. “Al menos mis hijos sí, ellos tiene nacionalidad sudafricana”. En paralelo al Tratado de Libre Comercio, también está en marcha la ratificación del Protocolo de Libre Movimiento que permitirá la libre circulación de personas, la protección del derecho de residencia y empleo de los africanos en cualquier región del continente. Pero todavía queda un largo camino para lograrlo.

“El acuerdo de libre comercio va a ser una prueba importante para saber hasta dónde es posible la integración africana. Si sale bien, entonces es probable que se inicien conversaciones más serias para establecer una cooperación política, militar -sugerida ya por la AU en 2017 con la creación de una policía continental- y monetaria. Pero para eso falta mucho todavía”, insiste McNamee.

La coaptación del panafricanismo

La creación de un mercado continental único de bienes y servicios, una unión aduanera con libre circulación para capitales y viajeros de negocios, es el primer paso del ambicioso proyecto impulsado por la Unión Africana. Posteriormente se abordará la liberalización de los servicios, las medidas no arancelarias, las inversiones y los derechos de propiedad intelectual. El último paso serán las personas.

El contrato social propuesto por la AU retoma el sueño panafricanista al que puso voz en 1963 el entonces presidente de Ghana, el doctor Kwame Nkrumah, en su celebre discurso ante la Organization of African Unity (OAU):

“Creando una verdadera unión política de todos los Estados independientes de África, podremos abordar cada emergencia, cada enemigo y cada complejidad (…) Sin sacrificar necesariamente nuestras soberanías, grandes o pequeñas, podemos, aquí y ahora, forjar una unión política para Defensa, Asuntos Exteriores y Diplomacia, y una Ciudadanía común, una moneda africana, una Zona Monetaria Africana y un Banco Central Africano. Debemos unirnos para lograr la libertad plena de nuestro continente”.

Pero tiñéndolo de una pátina neoliberal. Un proceso, apunta desde el despacho de la Universidad de Ciudad del Cabo el profesor de psicología Wahbie Long, que se remonta al mandato del presidente sudafricano Thabo Mbeki quien a principios del nuevo siglo abanderó el discurso de un renacer africano, el bautizado como ‘African Renaissance’ tomado del libro del pensador senegalés Cheikh Anta Diop. Un discurso que, subraya Long, se convirtió “en el pegamento ideológico que racionalizó la exportación de la economía de libre mercado en África”.

El aplaudido presidente de Ruanda, Paul Kagame, capaz de convertir el país en un ejemplo de reconciliación tras el genocidio y cuidado medioambiental, pero acusado también de silenciar cualquier voz opositora, es el gran valedor actual del panafricanismo liberal. Bajo su liderazgo, la Unión Africana emprendió las reformas necesarias para ablandar las fronteras del continente y acercar el sueño del mercado único.

Lo que ocurre, replica en un artículo la antropóloga Brenda K. Kombo, es que “históricamente la agenda neoliberal no ha sido buena para el continente”. El fracaso de los programas de ajuste (SAP) impuestos por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional entre los 80 y los 90 está todavía muy presente en la memoria de los intelectuales africanos. “De hecho”, continúa Kombo, “estos programas debilitaron el sector público, devastaron los servicios sociales, aumentaron la desigualdad y tuvieron un impacto en las mujeres que a menudo se vieron obligadas a soportar la carga provocada por unas redes de asistencia social debilitadas”.

“En el contexto africano hay un miedo entre los países más pequeños de que los más poderosos, como Sudáfrica, no vayan a jugar respetando las reglas"

Un temor que vuelve a reaparecer con la puesta en marcha del tratado de libre comercio. La perdida de recaudación fiscal en un sector público que enfrenta un crecimiento demográfico descontrolado con el incremento en el coste de los servicios sociales aparejado y la presión sobre los salarios, así como la destrucción de empleo a causa de la pérdida de competitividad de algunos sectores concentran las advertencias de los expertos.

“La idea detrás de cualquier acuerdo de libre comercio es que, teóricamente, todos ganan, pero ciertamente en el contexto africano hay un miedo entre los países más pequeños de que los más poderosos, como Sudáfrica, no vayan a jugar respetando las reglas”, reconoce el analista del Wilson Center.

Economías industrializadas, como Sudáfrica o Kenia, serán las más beneficiadas por este acuerdo, llevándose por delante proyectos incipientes en países más pequeños que se verán obligados a reforzar su papel agrícola. A este respecto, llama la atención la negativa de Nigeria, una de las potencias económicas del continente, a sumarse por el momento al acuerdo.

“Nigeria es un gigante frágil cuya preocupación primordial hoy en día es mantener el país estable y unido. El AfCFTA supone un “cambio” en la forma en la que las economías de África funcionan y este “cambio” asusta a mucha gente poderosa en Nigeria”, asegura McNamee. Los grandes empresarios, industriales pero también agrícolas, temen que sus productos sean superados por los de países vecinos, como Ghana o Costa de Marfil, con economías más innovadoras, y prefieren por ahora mantenerse al margen.

No obstante, las autoridades de la Unión Africana confían en vencer en poco tiempo las reticencias del país más poblado del continente y confirmar así el camino inexorable hacia la unión comercial de toda África.