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Crisis del coronavirus La pandemia intensifica la precariedad y expulsa del mercado laboral a 300.000 jóvenes que no estudian ni trabajan

La convulsión del mercado laboral con el desplome de la actividad y las restricciones se ceba con los menores de 30 años, cuyo ritmo de salida de la ocupación triplica al que les correspondería por su peso en las plantillas.

Varios jóvenes pasean por una calle de Logroño.
Varios jóvenes pasean por una calle de Logroño.

EDUARDO BAYONA

La pandemia ha intensificado los efectos de la precariedad laboral en la juventud española y ha expulsado del mercado de trabajo a casi 300.000 jóvenes en lo que va de año, en un fenómeno de destrucción del empleo que coincide con un incremento, superior incluso, de los menores de treinta años que no estudian ni trabajan, ese amplio grupo de muchachos al que despectivamente se dio en llamar ninis al comienzo de la anterior crisis.

"La pandemia ha llegado cuando llevábamos años denunciando la fragilidad del empleo juvenil, con unos niveles de paro muy elevados que no eran de larga duración porque la gente iba encadenando contratos unos meses después, pero ahora esa situación se ha visto potenciada y multiplicada", explica Luis Quintana, responsable de Juventud de CCOO en Aragón.

Los datos de la EPA (Encuesta de Población Activa) publicados este martes por el INE (Instituto Nacional de Estadística) despejan cualquier duda acerca de dónde se están concentrando los daños del mercado laboral con la crisis desatada a raíz del coronavirus: 292.400 de los 820.000 empleos destruidos en lo que va de año, algo más de uno de cada tres (35,6%), estaban ocupados por trabajadores menores de treinta años, cuyo peso en las plantillas no llega al 14% (2,77 millones entre 19,96 en diciembre).

Eso significa que menos de la séptima parte de los ocupados soporta más de un tercio de la merma de la ocupación, con una intensidad de pérdida de empleo que no anda lejos de triplicar la que les correspondería por su presencia en ese mercado laboral. Esta última, por otra parte, se ha reducido en casi un punto en lo que va de año, al caer del 13,88% al 12,93%.

Donde la precariedad impide llegar al ‘escudo social’

Esa intensa destrucción de empleo juvenil ha provocado un repunte de los menores de treinta años que no trabajan ni estudian, un registro que, con algo más de 1,34 millones, retrocede a los niveles de 2014 y 2015, al comienzo de la última recuperación de las variables macroeconómicas y de una progresiva reducción debido a que los estudios se convirtieron en un refugio para este sector de la población.

Los datos de la EPA indican cómo en los últimos nueve meses la cifra de jóvenes inactivos que no estudian ha pasado de 401.100 a 559.300 y la de desempleados que tampoco cursan ningún tipo de enseñanza crecía de 613.800 a 782.700.

Hace unos años se les llamaba ninis, en una estigmatización culpabilizadora que tenía como objetivo enmascarar la precariedad y la vulnerabilidad en la que viven: los primeros están oficialmente fuera de la población activa, en muchos casos porque sus cortas carreras de cotización les impiden acceder a la condición de parados, mientras que los segundos pasan en esa situación el corto periodo de tiempo que sus breves vidas laborales previas les permiten.

"Miles de jóvenes se han quedado fuera de las medidas del escudo social  porque estaban en la precariedad y ni siquiera han llegado a ser incluidos en los ERTE", anota Quintana, que destaca cómo la hostelería, uno de los sectores que con mayor intensidad está sufriendo los efectos de la pandemia, se había convertido en uno de los principales refugios laborales para los menores de treinta años. "Cerca del 20% de la juventud encontraba allí un empleo", indica. Ahora los pierden en cascada, como indican los datos de la Seguridad Social y de Trabajo.

Mientras tanto, el espacio de los jóvenes en las plantillas continúa achicándose. "No es que estén viéndose afectados por ERE y por recortes de empleo colectivo, sino que cada vez es más frecuente que no se renueven los contratos temporales y que las empresas vayan cerrando esa contratación eventual", explica Quintana. "A eso se le suma que las jornadas se van recortando pata quienes tienen contratos parciales", añade.

Las dificultades para poder estudiar

La crisis derivada de la pandemia, y de las medidas adoptadas para contenerla, ha puesto sobre la mesa una retahíla de averías en el sistema económico español, desde la fragilidad del turismo al declive de la industria pasando por la inconsistencia de su mercado laboral, cuyas carencias sufren de una manera especialmente intensa los sectores más jóvenes de la población.

Esa tendencia se había visto enmascarada en parte por el trasvase a la enseñanza que en los últimos cinco años habían ido llevando a cabo hasta 700.000 jóvenes, que optaron por refugiarse en los estudios a la espera y/o la búsqueda de un futuro más halagüeño.

Sin embargo, eso también se ha frenado en seco con la pandemia. "Este año ha habido dificultades para entrar en la universidad por la falta de planificación, por las dificultades que conlleva el telestudio y también por el coste, que es algo que viene de lejos por lo bajo de los salarios de los jóvenes y lo elevado del coste de las matrículas", señala Quintana, que recuerda cómo, al mismo tiempo, "hay un exceso de demanda en FP que no se resuelve. No hay planificación".

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