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Petróleo Alaska Las grandes petroleras temen la rebelión social de perforar el crudo de Alaska

Han esperado largas décadas la decisión de la Casa Blanca de explorar y percutir el rico subsuelo petrolífero del llamado Refugio Salvaje de Alaska. Pero las nuevas reglas inversoras, que priman los llamados criterios ESG de respeto al medio ambiente, truncan un balón de oxígeno para sus deteriorados ingresos en la era de la pandemia.

Bomba de extracción de crudo en un campo petrolífero en Texas (EEUU). REUTERS/Angus Mordant
Bomba de extracción de crudo en un campo petrolífero en Texas (EEUU). REUTERS/Angus Mordant

DIEGO HERRANZ

El pistoletazo de salida para la exploración y perforación de las inmensas reservas de crudo de Alaska, consideradas durante más de medio siglo oficialmente como estratégicas para EEUU, no parece que vaya a provocar una carrera de velocidad contrarreloj para las grandes petroleras. Las conocidas como supermajors han esperado sin escrúpulos y haciendo uso de sus influencias y de sus grupos de presión, entre bambalinas, largos decenios para lograr el permiso que acaban de recibir del republicano Donald Trump en las últimas semanas de su primer mandato.

Pero las licencias de actuación inmediata podrían verse sometidas a una larga cuarentena. Pese a que el deprimido precio del crudo que ya antecedió a la pandemia, y que llevó a una cotización del barril de petróleo en valores negativos en el mercado americano durante varias jornadas de la crisis sanitaria, sigue un 30% por debajo del precio, según los analistas del mercado, que cada vez añaden más dudas a un despegue de su valor que, en gran medida, dependerá del cambio de paradigma económico hacia modelos energéticos con emisiones netas cero.

Precisamente la lucha contra el cambio climático y la proliferación de catástrofes naturales es uno de los factores que sopesan las grandes petroleras para eludir sus acciones inminentes en territorio de Alaska. Un asunto que, hasta ahora, había sido motivo de confrontación con movimientos ecologistas y que se ha saldado con duras batallas contra las intenciones de gran parte de la sociedad civil de EEUU contraria a abrir la espita del crudo de su territorio más septentrional.

La concienciación social ha tomado ventaja en el inicio de la mercantilización del petróleo del Refugio de Alaska. Al menos, de momento. Bajo los efectos de estados como California, sometida a calor extremo, desprendimiento de terrenos o fuertes incendios. Las altas temperaturas en el suelo californiano han hecho despuntar la demanda de energía eléctrica hasta el punto de llegar a colapsar el suministro de sus mayores operadoras. También a los daños colaterales del huracán Isaias, que recorrió la semana pasada la costa este estadounidense, se suman a los crecientes impedimentos sociales por la crisis del coronavirus. La llamada a la neutralidad energética y la apuesta por las energías renovables empieza a formar un dique de contención contra la política permisiva con las emisiones de CO2 y proclive a la vieja industria petrolífera de la Administración Trump. A escasas semanas de la contienda electoral de noviembre.

Grandes firmas de inversión e, incluso 'hegde funds', advierten a grandes multinacionales sobre sus carencias y déficits en sus estrategias de emisiones cero

Los ejecutivos de las grandes petroleras americanas han pedido un tiempo muerto. Quizás sólo a la espera de conocer el resultado de los comicios presidenciales. Pero su estrategia puede acabar siendo más errática en el tiempo. Porque las toneladas de petróleo que yacen en el subsuelo de Alaska, valorado en miles de billones de dólares, empiezan a ser un argumento de peso entre los inversores que escogen entre los activos de sus carteras de capital a compañías defensoras de los denominados criterios ESG. Con un predicamento cada vez más importante entre firmas de inversión como BlackRock, cuyo CEO, Larry Finck, ha proclamado -a través de misivas a los presidentes de multinacionales de todos los sectores- la conciencia inversora verde a la hora de decidir sus estrategias de inversión, que manejan más de 7,4 billones de dólares en activos en todo el planeta.

Hasta el punto de afear conductas como la del presidente de Iberdrola, Ignacio Sánchez Galán, por no abordar con canales directos, abiertos y transparentes las demandas de los inversores minoritarios de la multinacional energética, que acaba de superar a Inditex como la mayor empresa hispana por capitalización bursátil. O de que poderosos hegde funds como TCI Fund Management, del milmillonario británico Chris Hohn, el más rentable de 2019, hayan adoptado tácticas similares a favor de empresas sostenibles.

Hohn también ha hecho uso de las cartas personales masivas para impulsar los criterios ESG (Environmental, Social & Governance) y las inversiones verdes. Como la que dirigió a comienzos de año a Rafael del Pino, presidente de Ferrovial, grupo de infraestructuras que gestiona, entre otras actividades, aeropuertos como el de Heathrow, en la que alertaba a la compañía hispana de que sus objetivos medioambientales podrían ser aún más ambiciosos y les instaba a apoyar medidas como un impuesto al carbón y un mandato claro para fomentar entre las líneas aéreas la utilización de combustibles verdes en un futuro próximo como gestor global de aeropuertos. Eso sí, después de valorar de forma positiva el avance hacia la descarbonización del conglomerado español y, en concreto, de su meta de reducir a la tercera parte sus emisiones para 2030.

Parada y marcha atrás

Las petroleras americanas disponen de la tecnología para perforar el Refugio Ártico. En tiempos de urgencia de ingresos y liquidez. Incluso en una situación de emergencia financiera para ellas, como la actual. Un análisis de mercado de Bank of America es elocuente en este sentido. Porque -dicen en una nota oficial para inversores- los resultados del segundo trimestre para las firmas petrolíferas "son los peores en una generación" por la profunda recesión mundial y el descenso de los precios del crudo. El instrumental tecnológico que atesoran está en condiciones de abrir el subsuelo de Alaska. Pero temen que cualquier alteración en sus trabajos pueda perforar el permafrost o capa que mantiene congelado su territorio y que ha ocasionado enormes cráteres en la tundra siberiana por la acción de sus rivales rusas. Amén de por efecto del calentamiento global y la combustión de carburantes fósiles como el crudo.

La contestación social las llevaría a un escenario de pérdida reputacional casi irreparable en el tránsito hacia las energías limpias. A pesar de que EEUU se resiste a seguir la estela de Europa, que acaba de proclamar su objetivo de convertir al viejo continente en el primer territorio del planeta libre de gases contaminantes y de establecer una hoja de ruta, hasta 2050, con escalas intermedias, para alcanzar emisiones cero. La llegada a la Casa Blanca del demócrata Joe Biden ayudaría a que la primera economía mundial se uniera a la causa verde. El Green New Deal de un nutrido club de los aspirantes a ser carteles electorales en las primarias del partido ha acabado por forjar una estrategia ecológica que transforme el patrón de crecimiento estadounidense. Aunque Biden haya sido una de sus voces menos entusiastas.

Desde Bank of America aseguran que el caramelo de Alaska se le puede atragantar a las grandes petroleras. "Es una especie de cóctel de desincentivos para su propio negocio". Así califica los permisos habilitados por Trump. Una especie de manzana envenenada, que podría tentarlas a extraer las reservas petrolíferas del refugio de Alaska ante "los pobres retornos de beneficios" a sus arcas, y a sus accionistas ante el "creciente fervor entre los inversores hacia los activos con sello ecológico y proyectos corporativos con neutralidad energética".

Mientras, el consumidor de EEUU ha emprendido ya esa senda ecologista. Al margen del persistente negacionismo hacia el cambio climático que mantiene el dirigente republicano. Empresas como Sunrun, explican en Business Insider, estudia una fusión con Vivint Solar por 3.200 millones de dólares para alcanzar el 15% del boyante mercado de paneles solares, diversificado y ramificado por Estados, ante la ausencia de normas federales que favorezcan la implantación y sostenibilidad de las energías renovables.

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