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Salarios La devaluación salarial se cronifica: las ganancias empresariales empiezan a superar a los sueldos

El beneficio bruto de las sociedades ya supera algunos trimestres el coste de las nóminas ante la congelación de las segundas de manera simultánea al aumento de la ocupación, la productividad y la rentabilidad, esta última especialmente en sectores como el bancario, el inmobiliario y el primario.

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Tanto los salarios como los beneficios empresariales acumulan cuatro años de lenta pero sostenida subida en el sector de la construcción. PXHERE

Las empresas empiezan a ganar más de lo que pagan, en un cuadro en el que los efectos de la devaluación salarial iniciada hace unos años con las reformas laborales convive con un aumento de la productividad y las ventas que está situando los beneficios de las sociedades por encima de los niveles previos a la crisis, como viene reseñando la Agencia Tributaria desde hace un tiempo, mientras los sueldos siguen congelados con la excepción de los más bajos, afectados por la subida del SMI (Salario Mínimo Interprofesional) de finales del año pasado, aunque el aumento de la ocupación tira al alza de la masa salarial del país.

Los últimos datos sobre la Contabilidad Nacional que este lunes ha hecho públicos el INE (Instituto Nacional de Estadística) confirman cómo en dos de los últimos diez trimestres el excedente bruto de explotación, que registra las ganancias brutas de las empresas, ha superado en cuantía a los salarios, cotizaciones incluidas.

Esa situación, que hasta hace poco podía considerarse una anomalía, se ha dado en el último trimestre de 2017 y de 2018, en el primero de ellos con un margen de más de 2.600 millones de euros a favor de los beneficios y en el segundo con apenas 600.

Lo que sí dejan claro los datos del INE es que en la última década se ha dado una contracción entre esos dos indicadores en la que parece clara la influencia de la devaluación salarial ejecutada al socaire de las reformas laborales, especialmente la de 2012, a pesar de que los crecimientos de ambos han mostrado un ritmo similar desde los ‘brotes verdes’ que comenzaron a registrar las variables macroeconómicas a partir de 2014.

En el lustro 2014-2018, la masa salarial del país (cotizaciones incluidas) creció en 77.058 millones de euros mientras las ganancias brutas de las empresas lo hacían en 76.860, con mejoras, respectivamente, del 16,5% y del 16,9%.

Sin embargo, esos crecimientos han tenido dos repartos muy distintos: el número de ocupados ha crecido un 12,8% con casi 2,2 millones de incorporaciones al mercado laboral (de 17,13 a 19,32), según la EPA (Encuesta de Población Activa), en un aumento que coincide con el de los asalariados, que se incrementaron un 15,4% (de 14,06 a 16,23).

Eso significa que los sueldos apenas mejoraron en ese periodo, ya que el aumento de la masa salarial prácticamente coincide con el del número de personas que se la reparten. Por el contrario, la cifra de empresas con asalariados únicamente crecía un 1,82% (de 1,46 a 1,49 millones) en ese mismo periodo.

Sueldos congelados o en retroceso

Organismos como la Agencia Tributaria llevan tiempo señalando que “en 2017 se habrían recuperado los beneficios previos a la crisis” mientras que, por el contrario, la “subida salarial [se encuentra] muy alejada de la que se contemplaba en el escenario macroeconómico” de bonanza.

El Boletín de la Negociación Colectiva del Ministerio de Empleo ofrecen en este sentido, dos datos reveladores sobre la evolución de las relaciones laborales con los brotes verdes: el coste laboral real estuvo congelado en 2014 y 2015 y cayó entre un 0,2% y un 1% en los tres años siguientes, antes de dispararse un 1,2% en los primeros meses de este año como consecuencia de la subida del SMI.

Por el contrario, la productividad creció entre un 0,1% y un 0,3% en esos cinco años para caer cuatro décimas en los primeros nueve meses de este.

Esa pujanza de los resultados empresariales a costa de los salarios se da en un país cuya economía comienza a presentar claros síntomas de enfriamiento tras una recuperación que no ha sido aprovechada para paliar las desigualdades, como prueba el hecho de que España vuelva a batir su récord de trabajadores pobres.

Esas tendencias resultan extremas en algunos de los sectores productivos clave del país:

La brecha que se estrecha en la industria

Con la excepción del repunte del año pasado, y pese a encadenar cuatro años de aumento de la masa salarial, la industria es uno de los sectores en los que con más claridad se observa el desplome de la masa salarial, que sigue a más de 3.000 millones de euros de los registros del inicio de la crisis mientras las ganancias brutas de las empresas hay aumentado más de un 25% en la última década.

Si se toma como referencia 2012, que es el ejercicio con el peor resultado, la mejora supera el 30%, mientras la masa salarial no comenzó a crecer hasta 2015, para acumular un 13,3% en cuatro años. Otra cosa será la evolución de los próximos años ante los síntomas de crisis que presenta este sector.

Los beneficios de la construcción

Los beneficios brutos de las empresas de este sector superan a la masa salarial en ocho de los diez años de la serie. Las excepciones son 2010 y 2011, en pleno estallido de la burbuja inmobiliaria, para comenzar a abrirse la horquilla a partir de 2014 y alcanzar en los cuatro últimos ejercicios los mejores resultados de la década.

Llama la atención cómo la masa salarial de la construcción encadena cuatro años de mejora, lenta al principio y con avances superiores a los 1.500 millones de euros en los dos últimos años, lo que parece un indicio de que el ramo se anima cuando comienza a enfriarse el resto de la economía.

La desmesurada rentabilidad del negocio inmobiliario

La diferencia entre las ganancias brutas y el gasto en salarios del sector inmobiliario solo ha bajado de los 100.000 millones de euros en uno de los últimos ocho años (2015, y solo por 18 millones), con una horquilla que solo cayó por debajo de esa magnitud en los primeros años de la crisis.

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La reanimación de las ventas de vivienda, la subida de los precios de las casas con los primeros indicios de recuperación y el recalentamiento del mercado del alquiler con la irrupción de los fondos buitre tras la indigestión de ladrillo que la banca se autoinfligió en los años de la crisis a base de desahucios y ejecuciones hipotecarias aparecen como los factores clave para esos resultados en algo que no deja de consistir en hacer negocios con un bien de primera necesidad como son las casas.

Los 90.000 despidos de la banca bajan la nómina

La masa salarial de las entidades financieras y las compañías de seguros ha caído en picado en la última década, en la que las primeras se deshicieron, según los datos del Banco de España, de 91.119 empleados. Eso fue entre 2008 y 2018, en un proceso al que en unos meses se les sumaran otras 6.000 bajas con los EREs de Santander, CaixaBank y Unicaja.

Entre 2009 y 2018, esos recortes de plantilla, que afectaron a 82.293 trabajadores, le han supuesto a la banca un ahorro de 3.572 millones de euros (15,2% del total) en sueldos que, aunque sus crecientes beneficios se encuentren claramente por debajo de los del inicio de ese periodo, le han permitido invertir la relación entre masa salarial y beneficios brutos. La banca ya gana más que paga.

La elevada productividad de una agricultura cada vez más industrializada

La industrialización de la agricultura y de la ganadería, esta última especialmente con la proliferación de las macrogranjas de porcino desplegadas con la vista en la exportación y que están arrasando las estructuras familiares del campo, está disparando los resultados del sector, que han aumentado un 42% en una década sin que la nómina de los empleados se incrementara más de un 17,3%.

Esas magnitudes ofrecen un cuadro de rentabilidad que, aunque con menores márgenes, ofrece algunos paralelismos con el sector inmobiliario: la atracción de los fondos de inversión y la lucrativa intervención de intermediarios, a menudo en detrimento del agricultor, en un negocio con otro bien de primera necesidad como es la comida.