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China Xulio Ríos: "No hay signos de apertura en China, ni se esperan"

Xulios Ríos
Xulio Ríos. Jorge Meis

Desde diversos frentes, el director del Observatorio de la Política China, Xulio Ríos (Moaña, Pontevedra, 1958), continúa su inagotable análisis del mundo desde Galicia. Una mirada excepcional que transmite como nadie su fascinación por la China actual, sus claves y contradicciones, sus conflictos y grandezas, y que le ha valido el Premio Casa Asia en la modalidad de Cultura y Sociedad, que le fue entregado ayer En su última publicación, Pepe Castedo. Vida y azares, Ríos es capaz de unir sus grandes pasiones vitales y geográficas a través de la biografía de un gallego inefable en la China de Mao como maestro de una generación de hispanistas. La fascinación por China es ya parte del ADN de Ríos, uno de los analistas más lúcidos e informados sobre la potencia asiática, un viajero incansable con mirada de microscopio y anteojos, de periodista e historiador. Pocos como él para penetrar en las razones de la política que diseña el Partido Comunista Chino ( PCCh) de Xi Jinping con espíritu poderoso, amenazante y fiel al pasado, y mentalidad de un gigante que ha despertado y camina.

Pasa por ser hoy uno de los analistas de referencia sobre China, pero, ¿como nació ese interés por el país?

Siempre me sentí atraído por lo internacional y con cierta fascinación por la cultura oriental. Recuerde que el Instituto Gallego de Análisis y Documentación Internacional (IGADI) surge en 1991 en buena medida a consecuencia de la Perestroika y la Glasnost y de la necesidad de acompañar los procesos de transformación de las economías planificadas en economías de mercado. Ahí estaba el espacio exsoviético pero también la experiencia asiática, especialmente la china, en marcha desde incluso antes de que empezara la política gorbachoviana.

Ha escrito que el marco de actuación de Mao estaba dictado por la consolidación de la Revolución, el de Deng Xiaoping por el desarrollo económico y el actual, de Xi Jinping, por un Estado de Derecho. ¿Que camino están haciendo para alcanzar este objetivo?

Acostumbro a hablar de «Estado con pleno derecho» para diferenciarlo del Estado de Derecho, tal y como nosotros lo entendemos (división de poder, pluralismo político, reconocimiento de derechos y libertades, etc.). No es lo mismo. El planteamiento de Xi Jinping atiende a la definición de las bases de una nueva legitimación del poder del PCCh, en este caso a través de una gobernanza basada en la ley. Se aprecia en el mandato de Xi un mayor empeño en procesos que ya se habían iniciado con Hu Jintao (2002-2012) alrededor de la vigorización de la Constitución, del definitivo abandono de aquel aserto chino que decía «mandan los hombres y no las leyes». Atendiendo a las corrientes filosóficas tradicionales, Xi es más lexista que confuciano. Pero en ningún caso está sobre la mesa una evolución de signo liberal que homogeneíce el sistema político chino con el occidental. Muy al contrario, esta evolución pretende, deliberadamente, impedir a otra.

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Por lo tanto, ¿no ve signos de cambio en el PCCh en lo que se refiere a libertades políticas, apertura mediática y derechos humanos?

Ni los hay ni se esperan. El signo de la reforma política en curso abunda en el fortalecimiento de la condición hegemónica del PCCh ante una fase de su proceso que se considera crucial. Están blindándose y cerrando filas para evitar derrapes ahora que tienen al alcance de mano la superación de los defectos históricos que precipitaron al país al abismo. Los conceptos que cita son considerados por el PCCh como arietes de los países occidentales para trabar su desarrollo para impedir que los adelante. Hay un esfuerzo ingente por trazar una vía propia. El tiempo dirá si habrá la oportunidad de incorporarlos sistémicamente, en cualquier caso tamizados, para adaptarlos a la idiosincrasia china.

¿Acaso corrió peligro el poder político cuando los sucesos de hace treinta años en Tiananmén? ¿Qué nota tomó de aquello?

La de 1989 fue una crisis muy importante, si bien son muchas las interpretaciones de lo ocurrido. Se acostumbran a señalar los efectos nocivos de las reformas iniciadas a finales de los 70, tras la muerte de Mao: la corrupción, las desigualdades, etc. Por arriba, el PCCh se reafirmó en la importancia de prestar atención a esos fenómenos y, en paralelo, a la necesidad de modernizar el Estado perseverando en la línea del socialismo con peculiaridades chinas. Aun así, la injusticia social sólo ahora está en vías de ser corregida. Con todo, la lección mas importante fue la de persistir en la hegemonía del PCCh, en el mantenimiento de su unidad y en el fortalecimiento de una institucionalidad singular que hoy está un tanto agitada por el tipo de liderazgo ejercido por Xi Jinping, con trazos que nos remiten a un tiempo pasado.

Xulio Ríos. Jorge Meis

¿De qué trazos habla?

Se modificó la línea anterior instituída por Deng Xiaoping, quien, por ejemplo, llevó a cabo una sucesión más consensuada, no liderada directamente como sí había hecho antes Mao Zedong con Leí Biao, a quién escoge aunque luego cae en desgracia. Deng Xiaoping apostó por una dirección más colectiva y ahora Xi Jinping vuelve a una mayor autocracia, centralización y a un menor colectivismo. Deng Xiaoping fue muy descentralizador y Xi Jinping está en otra posición, exigiendo una fuerte lealtad al núcleo del poder. La clave está en que este núcleo, un PCCh con 90 millones de afiliados, más que la población de Alemania, se está comportando como esas legiones romanas en formación de tortuga, cubiertas de escudos e impermeables al exterior. Después de un siglo China ve que puede ser la gran potencia mundial, económica, política y militar. Tiene su objetivo al alcance de la mano y en un lustro o en una década lo va a alcanzar. Así, no quiere que nada la distraiga de ese objetivo. Esto también explica que los EUA traten de ponerle palos en las ruedas y atascar la marcha china.

Entonces, ¿como prevé esas relaciones entre los EUA y China?

Incluso sin Trump parece que sólo admiten la conflictividad... Graham Allison nos habla de la Trampa de Tucídides. En los últimos 500 años, en doce de los dieciséis casos estudiados en el relevo de la hegemonía global, hubo conflicto. EUA designó a China como su principal rival estratégico consciente de que, en la década que se inicia, la pugna será decisiva. Eso explica la guerra comercial, las tensiones en el Mar de la China meridional, el papel de los EUA en Xinjiang, Hong Kong, Taiwán, etc. Pompeo aprovechó el reciente aniversario de la caída del muro de Berlín para recordarnos que la mayor amenaza comunista en el mundo actual es el PCCh. Washington claramente pasó de la contención a la confrontación y en eso están de acuerdo demócratas y republicanos. Está en juego a hegemonía estadounidense.

Una cuestión no sé si muy sencilla o muy difícil: ¿de qué hablamos cuando hablamos del sistema económico y político chino?

Yo acostumbro a hablar de hibridismo sistémico y de eclecticismo ideológico. Nosotros queremos verlo todo siempre en blanco y negro, y pocas veces las cosas son así. Donde nosotros vemos contradicción, los chinos ven complementariedad. Esa perspectiva, filosófica y cultural, facilita mucho las cosas. En la China de hoy hay mercado y propiedad privada pero también hay planificación y propiedad pública. Acostumbro a hablar también de economía con mercado, no de mercado porque, en efecto, se trata de un mercado gobernado por el PCCh, que es muy consciente de que si pierde el control de la economía (por eso, entre otros, los grandes sectores estratégicos están en manos del sector público), es cuestión de tiempo que pierda todo lo demás. Los comunistas chinos son marxistas, leninistas, maoístas, denguistas, xiístas, lexistas y confucianos, y todo a la vez y cada cosa en su justa medida. En la China, importan mucho los matices, las tendencias y el sentido de la perspectiva.

¿Qué claves hay que tener en cuenta para analizar lo que está sucediendo en Hong Kong? ¿Será posible mantener el principio de «un país, dos sistemas»?

Ese principio fue una genialidad de Deng Xiaoping. No estaba pensado inicialmente para Hong Kong sino para lograr la reunificación con Taiwán. El PCCh pactó con las élites de la excolonia, pero esto no parece bastante y se dieron tensiones de todo tipo que no fueron bien atendidas. Los problemas surgieron apenas un lustro después de culminarse la retrocesión. Las nuevas generaciones temen que se anteponga un país a los dos sistemas y no quieren perder las libertades de que disfrutan, muy superiores a las del continente. La impaciencia de Xi alentando políticas recentralizadoras, diluidoras, y debilitando la autonomía de esta región administrativa especial, muestra contraindicaciones severas.

En relación a lo anterior, otro foco de conflicto constante es la difícil perspectiva de un Taiwán independiente, oficialmente reconocido por todo el mundo.

El asunto de Taiwán puede provocar una guerra y en ella puede dirimirse el signo de la hegemonía en el siglo XXI. Hoy apenas es reconocido por quince países en todo el mundo, pero el compromiso de los EUA con su soberanía de facto ha crecido exponencialmente. El soberanismo antichino puede volver a ganar las elecciones y eso pondrá en apuros también a Xi, que pretende acelerar el proceso de reunificación con la mirada puesta en 1949. Para China es otro símbolo de una decadencia que debe ser reparada: había sido cedida en 1895 a Japón por el tratado de Shimonoseki. Las implicaciones estratégicas del control del estrecho de Taiwán son grandes teniendo en cuenta su importancia para Japón y Corea del Sur. China aboga por la reunificación pacífica pero sin renunciar a la guerra. Hoy, la mayoría de la población taiwanesa prefiere el statu quo y rechaza tanto la unificación como la independencia.

Xulio Ríos. Jorge Meís

En el campo internacional, ¿cómo ve el creciente poderío económico chino, ya no solo en África, donde se nutre de materias primas, sino en el propio Occidente a través de compañías o equipos de fútbol? ¿Tendremos que acostumbrarnos la esta realidad?

Sin duda. China es ya una potencia global en numerosos ámbitos y hace falta hacerle un sitio, cosa que no es fácil su tamaño. En los últimos años creó su propia red de acrónimos (desde los BRICS –Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica– a la Organización de Cooperación de Shanghai) para saltar los muros que Occidente dispone para contener su emergencia. Se da la curiosa paradoja de que muchas empresas públicas privatizadas en los países occidentales acaban por ser compradas por empresas públicas chinas… Muchas de ellas estratégicas. Si culmina con éxito el tránsito de la «fábrica del mundo» al «centro tecnológico mundial», será imparable.

¿Debemos ver ese poderío como una amenaza o con resignación ante este país que será la primera potencia mundial?

Creo que debemos alegrarnos de que China haya progresado, obviamente. Son 700 millones de personas que salieron de la pobreza en los últimos 40 años. Debemos huir de maniqueísmos, pero también estar atentos a su evolución. La lógica oriental es diferente de la occidental. No es un problema de discurso sino de cultura. Lo vemos en las actitudes de unos y de otros ante las crisis internacionales. Aquí no hay mesianismos. China dice apostar por una comunidad de destino compartido y condena los hegemonismos, abogando por la multipolaridad y el multilateralismo. Los hechos deben corroborar esa voluntad.

Dejemos de lado logros y cifras. ¿Qué nos aportan en la comprensión de lo que está sucediendo la historia y mentalidad del pueblo chino?

La historia y la cultura son las claves para la comprensión de China. Eso explica su insistencia en la negativa a formar parte de las redes de dependencia de Occidente, se llamen G8-1 o G2. China encara su reemergencia como un proceso de recuperación de aquella normalidad de tantos siglos atrás donde desempeñó el papel de centro del mundo. Si el PCCh resiste al frente del poder es también en buena medida porque supo adaptarse, evolucionar y completar una ósmosis de gran calado con la identidad del país. El nacionalismo, la recuperación de la grandeza perdida, es el motor de la China contemporánea. Y el PCCh conforma la primera dinastía orgánica de su milenaria historia.

Vinculémonos ahora a China a través de su libro Pepe Castedo. Vida y azares (Teófilo Comunicación, 2019), en el que recupera la figura de un insólito personaje de origen gallego.

Pepe Castedo es una figura de gran interés que hace falta reivindicar. Vivió en primera persona toda la Revolución Cultural después de perder la Guerra Civil y exiliarse en Francia. En buena medida, encarna el siglo XX, con sus grandes tragedias y ambiciones, con sus grandes ideales y grandes decepciones.

Un buen amigo vinculado a China fue otro ferrolano, el escritor y traductor Fernando Pérez Barreiro-Nolla. Ahora que se cumplen diez años de su muerte, ¿qué destacaría de su figura?

En China encontramos otro elemento de convergencia de nuestros intereses, desarrollado en paralelo por ambos. Fernando estaba más interesado en la lengua, como sabe. Ahora bien, tenía una cosmovisión del país y de sus circunstancias que compartíamos a menudo. Era una mente preclara, siempre abierta y creativa, original y admirable. Pero tristemente marginada en el propio país, a fin de cuentas.

Otro intelectual heroico con el que usted conecta es Plácido Castro como director de su fundación. ¿Què proyecto estás desarrollando para dar a conocer su legado?

Plácido Castro es una figura muy especial e injustamente desatendida. Otra rara avis, que son quienes a mí me interesan y con quienes más me identifico. La talla intelectual de Plácido está fuera de duda. Pero era un alma libre e independiente. Eso en Galicia, ayer y hoy, se interpreta como un desacato en toda regla, tanto en el mundo oficial como paraoficial. La fundación persiste en su recuperación desde hace veinte años confiando en que gota a gota logremos dignificar su memoria.

Usted fue fundador y mantiene la Presidencia de Honor del Instituto Galego de Análisis y Documentación Internacional (Igadi). ¿Cuál es la valoración del trabajo hecho por este insólito think tank y qué líneas de acción podría llegar a desarrollar con un apoyo decidido?

El Igadi nació para interpretar el mundo desde aquí y aprovechar el nuevo tiempo que se abría ante nosotros, para alentar una mayor universalización de Galicia. Hay en él mucho trabajo, ilusión y empeño. Pero también mucho desamparo. Es un fenómeno original que ya habrían querido en otros lugares, donde disfruta de mucho más reconocimiento que en la propia Galicia. Ahora encara un relieve generacional y estoy convencido de que experimentará un nuevo impulso.

En relación al poder político en Galicia, ¿se ha aprovechado la acción exterior para alcanzar algo más valioso, en lo económico o incluso en la aproximación fraternal, que un saco de votos?

El poder político actual es un lastre en Galicia para desarrollar una acción exterior ambiciosa. Hasta Fraga lo hacía mejor. Es bien lamentable. Hemos ido hacia atrás. Pero no es sólo cosa del poder político. En otros ámbitos, en teoría con sensibilidades más avanzadas, somos muy conformistas y las inercias pueden con nosotros.

Este artículo se publicó originalmente en gallego en la revista 'Luzes'. Ahora 'Público' lo reproduce como parte de un acuerdo de colaboración con la revista. Aquí puedes encontrar más artículos de 'Luzes' en 'Público'.