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Coronavirus alimentación Máximo Torero: "Que la alimentación sea un negocio no es malo, lo que es malo es que se especule con ella"

Máximo Torero,  economista jefe y subdirector general del Departamento de Desarrollo Económico y Social de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación./ FAO
Máximo Torero, economista jefe y subdirector general del Departamento de Desarrollo Económico y Social de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación./ FAO
Alejandro tena

La emergencia del coronavirus está teniendo repercusiones en todas las dimensiones de la economía mundial. También en el sistema alimentario global. Tanto, que las primeras imágenes de la pandemia en España y otras zonas del mundo estuvieron marcadas por las largas colas en supermercados y el temor al desabastecimiento de la población. Máximo Torero, economista jefe y subdirector del Departamento Económico y Social de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), atiende a Público en mitad de la pandemia y explica que sin comida los países no podrán salir de esta situación de emergencia. Desde Roma y por videoconferencia, el dirigente trata de poner en relieve las deficiencias del sistema alimentario global, así como las soluciones que se necesitan para evitar que la pandemia se traduzca en un aumento de las hambrunas en los países en desarrollo.

¿Cree que esta crisis nos pone en la disyuntiva de tener que elegir entre la salud o el crecimiento económico?

Está claro que sí. Se optó por la salud y va a haber un decrecimiento económico, de eso no hay duda. En términos de salud y agricultura, nuestro punto es que necesitamos tener alimentos para garantizar la salud. El sector de la alimentación es esencial y, como ya se está haciendo en algunos países, es esencial que se minimicen los problemas logísticos que han desencadenado con la cuarentena. En cualquier caso, el problema de alimentación es distinto porque depende del producto. En el caso de los productos de alto valor, es decir, frutas, vegetales, carne o pescado, se han visto afectados porque son muy intensivos en mano de obra y la cuarentena ha afectado a la mano de obra de lleno. Además son productos perecederos, lo que aumenta los problemas relacionados con el derroche de comida.

La semana pasada escribió un artículo en el que decía que, sin comida, los países no podrán salir de la pandemia, ¿a qué se refiere con ello?

Quiero decir que si realizamos un confinamiento y una cuarentena en la que se restringen todas las actividades, la situación puede desembocar en una falta de acceso a los alimentos. Italia o el resto de Europa no ha tenido problemas de este tipo, pese a la pandemia. En EEUU sí que están teniendo problemas porque se han demorado mucho en actuar, con lo que es posible que acudas al supermercado de allí y no encuentres carne, pollo y otros alimentos, pero es algo que pueden corregir. El problema está en los países en desarrollo. En África la cosa es muy distinta y se necesita hacer algo para que los alimentos lleguen a la población en cuarentena, porque dependen mucho de las importaciones del norte.

El riesgo de hambre es evidente, pero el desperdicio de alimentos es una realidad. Se estima que cada año se tiran cerca de 400.000 millones de dólares en alimentos, con los que se podrían alimentar 1,26 millones de personas durante un año...

Se desperdician alimentos, sí. Lo que se suele tirar es el denominado lost del productor [el stock que no consigue vender], sobre todo en los países en desarrollo. En los países desarrollados lo que se tira es el denominado waste, que es lo que desperdician las familias.

"No va a haber un problema de disponibilidad de alimentos sino de acceso a ellos"

Más allá de eso, si analizamos lo que va a ocurrir ahora, cuando los países más vulnerables experimenten los efectos de la recesión, veremos que el problema será de acceso a los alimentos. África es el mayor ejemplo. Allí encontramos un grupo de grandes países que viven del petróleo, como Nigeria, Chad o Libia, y su caída va a afectar notablemente a su capacidad de liquidez y, con ello, a sus capacidades para importar alimentos. También hay otros países como Malí, que viven de la exportación de algodón, con lo que la paralización del sector textil afectará a su economía y a sus capacidades de traer alimentos que no tienen. Luego tenemos otros Estados que dependen mucho de los metales, con una demanda que ha caído también mucho. Con todo este contexto, lo que tenemos que entender es que el problema claramente no tiene que ver con la disponibilidad de los alimentos, sino con el acceso a ellos.

¿Cómo va a afectar la recesión al sistema alimentario?

En el caso de los productos de importación, como los frutales, va a haber muchas pérdidas, porque no va a haber mucha demanda y el producto no se va a poder colocar, pero el árbol va a seguir dando esas frutas. Eso va a generar un montón de pérdidas de alimentos. En el caso de vegetales, la producción se volverá más local, pero la fruta no se puede volver local al completo por las necesidades del clima. La recesión es lo que más va a afectar a la hambruna.

¿Cree que para evitar esa situación de hambre y desperdicio es necesario que los Estados sean más independientes?

"Hay muy pocos países en África que comercien entre sí, de modo que son muy vulnerables a lo que ocurre en el norte"

No. Eso sería un error porque eso sería ir en contra del comercio y hay países que no pueden producir lo que consumen. Es importante tener en cuenta siempre el dilema entre el consumidor y el productor. En los países en desarrollo hay muchos productores agrícolas pequeños que nutren a gran parte de la economía del país y sus exportaciones. Si haces que estos lugares se vuelvan autosuficientes hay un riesgo de que los campesinos pierdan eficiencia. Creo que la solución pasa por buscar un mercado diferente. Si nos fijamos de nuevo en los países de África, exportan hacia cuatro o cinco estados del norte; Holanda, Francia, España, EE.UU y China. Todos ellos han entrado en recesión, por lo que se va a perder la demanda habitual. Lo ideal sería buscar una demanda adicional en el comercio interregional. Es decir, ahora mismo hay muy pocos países en África que comercien entre sí, de modo que son muy vulnerables a lo que ocurre en el norte.

¿En el sistema actual la alimentación es un derecho o más bien un negocio?

El alimento es un derecho, pero claramente hay un negocio detrás, que además no se esconde. Es un negocio a todos los niveles, para los productores grandes, medianos y también para los pequeños. Que la alimentación sea un negocio no es malo, lo que es malo es que se especule con ella.

¿Cómo se puede evitar que se especule con el alimento?

Hay dos formas. Una consiste en dar información al mundo, de tal forma que la gente sepa lo que ocurre. Otra tiene que ver con la creación de instituciones de regulación que sean fuertes en los países. Hoy en día, nuestro trabajo ha sido poner al mundo la información de qué es lo que hay en términos de stock y qué es lo que hay en términos de producción. Eso lo hacemos a través del Sistema de Información sobre los Mercados Agrícolas (AMIS), que se creó  en el G20 de Francia. Está herramienta ha sido muy exitosa porque muchos países han empezado a retroceder y poner restricciones para evitar especulación durante la crisis.

Se habla de las posibilidades de reinicio de las economías que trae la pandemia, ¿cree que se puede revertir este modelo agroalimentario y avanzar hacia la sostenibilidad?

"Debemos empezar a tener en cuenta el coste de las externalidades en la producción de alimentos"

La única forma de avanzar hacia eso es tomando la dimensión de desigualdad. El modelo económico actual aumenta las desigualdades y lo que tenemos que buscar es un sistema que nos permita reducir las desigualdades. Creo que la forma de reducir la desigualdad es a través del acceso a mercados. ¿Cómo generar un modelo con menos desigualdades que permita que más gente se beneficie en el mundo, pero a la vez asegurarnos de que el planeta siga con vida para mañana? Para ello, debemos empezar a tener en cuenta el coste de las externalidades en la producción de alimentos. Es decir, si exporto una fruta porque tengo mucha agua para producirla, el coste no recoge el valor del agua que lleva dentro el producto. Esto es algo que se debería incorporar en el precio para que aquella persona que lo termine comprando pague también el agua que el agricultor está utilizando. Algo parecido ocurre con las emisiones de CO2 asociadas a los productos. Lo mejor no es dejar de producir, sino ir hacia un modelo más eficiente y, con las ganancias, ayudar a aquellos países que no producen alimentos eficientemente a que lo hagan. Este es el denominado mercado de emisiones que se intentó poner en práctica con el protocolo de Kioto y que no se consiguió sacar adelante en la última Cumbre del Clima.

Las organizaciones sociales y ecologistas hablan de pasar de la distopía del coronavirus a la utopía de la soberanía alimentaria, ¿cree que es una opción viable a gran escala?

No. Pongamos de ejemplo a un país en desarrollo como Kenia. Para que sea autosuficiente tendría que empezar a producir su propio ganado y no tiene tecnología para hacerlo de manera eficiente y sin aumentar las emisiones de CO2. La idea es que un país eficiente, por ejemplo Noruega, produzca ese ganado sin emitir tanto CO2 y que ayude a Kenia a mejorar su economía. Prefiero eso a un mundo en el que todos produzcamos de todo, pero lo produzcamos mal.