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David P. Sañudo: "El activismo no es igual en el País Vasco que fuera, no tiene las mismas consecuencias"

El director David P. Sañudo junto a la actriz Patricia López durante el rodaje.
El director David P. Sañudo junto a la actriz Patricia López durante el rodaje.

David P. Sañudo debuta con Ane, coescrita junto a Marina Parés. Premio al Cine Vasco en San Sebastián, la película es una historia comprometida y política de conflicto entre una madre y su hija, que reflexiona sobre la forma en que el contexto social influye en lo privado.

El conflicto social y el doméstico reunidos, la lucha de la maternidad en un entorno obrero, la idiosincrasia de barrio, el descontento social, el paro, la idea de progreso y las formas de activismo heredadas de otros tiempos –"esto podría ocurrir en cualquier lugar, pero ocurre aquí"– conviven en la ópera prima de David P. Sañudo, Ane, una película inteligente, comprometida y llena de virtudes que se alzó con el Premio al Cine Vasco en el 68 Festival de San Sebastián y que profundiza en nuestro cotidiano de ahora mismo.

Coescrita junto a Marina Parés, la película está protagonizada por Patricia López Arnaiz, eléctrica y poderosa en la interpretación de una mujer, Lide, que tiene que frenar forzosamente. Arrastrada por la lucha diaria, sola y con un trabajo precario, un día debe parar su frenética rutina para encontrar a su hija adolescente desaparecida. Guarda de seguridad de las obras del Tren de Alta Velocidad, descubre que su hija Ane es una de las activistas en contra de este proyecto y de la inminente expropiación de algunas viviendas del barrio.

La película está ambientada en Vitoria en 2009, ¿qué resuena hoy de aquel conflicto?

En general el pensamiento crítico hacia determinadas infraestructuras está muy vigente y se da de una forma notoria en el universo vasco. El Tren de Alta Velocidad es un proyecto costoso, exige recursos cada vez mayores y es el cuento de nunca acabar. Es una problemática universal, la idea de progreso como mejora de las infraestructuras es cuestionable, sobre todo cuando la piel sobre la que se generan esas obras es el medio ambiente. En torno a esto se puede desarrollar algo sobre la comunicación.

Es inevitable pensar en una forma de activismo hoy que se ha heredado de otros tiempos cuando se habla del País Vasco.

La película trata de desviar el tema del conflicto vasco en su mayor significado. Es verdad que hay diferencias entre la desobediencia civil en el universo vasco y fuera, principalmente porque no tiene las mismas consecuencias, lo hemos visto en el caso de Alsasua. Eso le da un carácter de peligrosidad, de tenebrosidad a lo que hace el personaje de Ane. Pero hacer una conexión directa es peligroso, hay que entender que en el activismo hay aristas, distintas maneras de comunicar, de sentir y de expresar y la generación de todo es ETA de esos años... la película es una crítica también a eso. ¡Cuidado que no se puede meter todo en el mismo saco!

Por supuesto que todo no es ETA, pero ¿existe esa herencia?

Claro que hay una herencia y una sociedad que está tremendamente implicada e involucrada y que conoce lo que es ser activo porque te toca, si no es dentro de la familia, en alguien cercano o en la vecindad. Esto podría ocurrir en cualquier lugar, pero ocurre aquí. Es una problemática mayúscula, universal, pero es verdad que hay atributos que se corresponden en el mundo vasco que le dan a la película un significado especial. Ni la desobediencia civil ni el activismo son iguales ni tampoco las consecuencias, sobre todo.

Mikel Losada y Patricia López Arnaiz, en 'Ane'.- SYLDAVIA

El título es el nombre de la hija, pero ésta es la historia de la madre, ¿por qué entonces el título?

Hay un proceso de madurez de Lide que tiene que ver con la relación con su hija. Gracias a algo tan oscuro como una desaparición, la madre puede iniciar viaje hacia la madurez, a lo que le corresponde por deber natural y social. Es irónico el título.

En la película aparece el tema del aborto para subrayar la responsabilidad de la maternidad y paternidad.

Marina Parés y yo somos hijos de profesores y eso nos marca la autoridad. La familia es el primer orden jerárquico, pero también el colegio. Es curioso que justo cuando alguien tiene que irse de casa para educar a los hijos de los demás, desocupa su hogar. No es casual que Lide sea vigilante nocturna y que justo cuando está vigilando lo de fuera, desatiende su hogar. Toda la película pivota en torno a la ausencia de comunicación, de responsabilidad y el deterioro de ciertos valores. Ane, para nosotros, constantemente camina hacia la llamada de atención. No se puede entender el activismo sin la llamada de atención.

¿Usted cree que esta sociedad es así, sin comunicación ni responsabilidad y con deterioro de valores?

No creo que lo que mostramos en la película sea metafórico del conjunto de sociedad, queríamos hacer vivir un tipo de historia que se repite y se da en ciertos casos, no tiene por qué ser la norma, pero está presente. El contexto social influye en lo privado. En lo doméstico uno encuentra las huellas de lo inmediato que vive, del barrio, la clase social, económica...

Hoy vivimos un contexto social de odio y tensiones, ¿nos afecta como sociedad y como individuos?

Creo que estamos en un lugar acomodaticio y servil y que arrastra las consecuencias de modelos de Estado muy serviles. Y eso se traslada en la ausencia de movilización de la sociedad civil. La distancia que hay entre Estado y ciudadano creo que es amplísima... y la desconexión que hay, y creo que tiene que ver con el modelo, con lo cuestionable que es no elegir a tu jefe de estado, con una separación de poderes en entredicho y con que no haya representatividad de forma técnica... Claro que eso tiene consecuencias en la lejanía que siente el ciudadano hacia la política porque sabe y siente que no puede controlarla, no tiene mecanismos suficientes para derribar a sus supuestos representantes. Ahora mismo se suma el desconocimiento que hay de forma global y que lo políticos seguramente también lo estén sufriendo, pero la sensación de no poder creerte nada, de no saber a dónde vamos yo creo que va a traer consecuencias muy negativas, pero también muy positivas, igual hay que tocar fondo en cierto sentido para que se produzcan cambios de mayor calibre.

Patricia López Arnaiz, en la película.- SYLDAVIA

Las protagonistas de esta historia son mujeres, podrían haber sido hombres. Hay una elección.

Marina Parés ha aportado mucho. Además, mi madre es un personaje con conexiones con la protagonista. Y yo formo parte de un grupo de investigación de la Complutense, Género, Estética y Cultura Audiovisual (GECA), dirigido por Francisco A. Zurian, y él me ha sensibilizado con el cine dirigido por mujeres, con personajes femeninos muy fuertes y había un deseo de hacerlo así. Hay algo de la responsabilidad y el compromiso de uno mismo con lo que hace.

Al final, esta película ¿no es la historia de la despedida inevitable cuando una hija empieza a vivir su propia vida?

Sí. Y la historia de cómo el conflicto social y doméstico se unen y cómo esto se puede contar con una imagen. Todo concluye de modo pesimista, hay una separación, porque no hay un bien común en este tipo de situaciones. La propia obra del Tren de Alta Velocidad como de la autopista tiene detractores y tienen forofos. Dar una respuesta positiva, optimista, hubiera sido traicionero cuando nosotros no lo pensamos. La reconciliación está, pero no se da de forma física.

Esta película nació en el laboratorio de la Escuela de Cine de Madrid, La Incubadora. ¿Cómo ha sido la experiencia?

Llegamos en la fase media de desarrollo. Te ponen una marca de calidad porque ya ha habido un filtro y eso nos permitió usarlo. Te ayuda a convencer a los agentes de que entren en la película. Ya no tienes que buscar, si no que ellos vienen a interesarse por ti. Aprendimos mucho, más allá de ayudarnos a levantar la película, la red de contactos se mejora. Lo fundamental ha sido el aprendizaje que ahí queda.